Durante el reinado de Alfonso VII vivía en Toledo un hombre llamado Pedro de Solarana, que era uno de los personajes más queridos y conocidos de su época. Pero si Pedro era conocido no era por su afabilidad y simpatía con sus vecinos. Ni siquiera por ser sordomudo de nacimiento. Pedro era conocido por el suceso que referimos a continuación:

Nuestro protagonista tenía por costumbre asistir todos los días a orar en el templo que se levantaba donde hoy se alza la Catedral, suplicándole fervorosamente a una imagen de la Virgen su imposible curación. Con este propósito acudía al templo un 21 de abril cuando se vio sorprendido por un fuerte resplandor.

¿Me estará mirando el señor? –se preguntó a sí mismo Pedro-.

Continuó penetrando en el templo y su sorpresa fue en aumento cuando vio que la imagen que él iba a adorar no estaba en su altar, y su lugar lo ocupaba una doncella hermosísima, de aspecto y color más bellos que la nieve y grana. En el mismo altar celebraba un sacerdote la misa según el rito romano. La doncella hizo señas al sordomudo para que se acercase, y éste así lo hizo de inmediato. Después, la doncella hizo la misma indicación al sacerdote, invitándole a poner sus manos sobre el recién venido.

Pedro no acertaba a comprender aquello. No era un sueño ni una ilusión, pues se sentía más despierto que en ningún otro momento de su vida. Aquello, pues, tenía que ser realidad, realidad que se desarrollaba ante él y de la que no podía escapar. Profundas emociones comenzaron a embargar su corazón, y tuvo que pedir fuerzas al Cielo para poder resistirlas.

Escena de la imposición de la Casulla a San Ildefonso en la Puerta del Perdón

El presbítero, siempre obedeciendo las indicaciones de la doncella, se acercó hasta Pedro, que esperaba arrodillado el desenlace del suceso, y puso sus manos sobre los oídos del sordomudo, que al punto recuperó la escucha.

La doncella, que había sido testigo de lo ocurrido con una sonrisa en los labios, preguntó a Pedro.

¿Sabes quién soy?.

Pedro no sabía que hacer. ¡Claro que sabía quién era aquella resplandeciente doncella!. Pero en toda su vida había pronunciado palabra, y pensaba que aquel momento no iba a ser una excepción. La doncella volvió a insistir sin perder aquella pacificadora sonrisa:

Dime, Pedro: ¿sabes quién soy?.

Tú eres la Madre de Dios –contestó Pedro casi sin darse cuenta-, la que ha escuchado a su siervo y le ha dado a conocer su gracia.

En aquel preciso instante entraban en el templo fieles devotos que acudían a misa y fueron testigos de lo que ocurría. Ante el altar de la Virgen pudieron ver al sacerdote y a Pedro, al que conocían de toda la vida y nunca habían oído pronunciar palabra, hablando con alguien que escapaba a su vista.

¡Milagro, milagro! –salieron todos gritando del templo-.

Entre ellos había algunos judíos y sarracenos que se convirtieron al cristianismo al presenciar aquel maravilloso prodigio. La noticia corrió de boca en boca propagándose rápidamente por toda la ciudad.

A partir de aquel día no ha faltado en el lugar donde ocurrió aquel milagro de Santa María un altar que recuerda la grandeza de la Madre de Dios.

Sobre relato de Juan García Criado. Revista Toledo nºs 75 y 76. 1917

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