Existe constancia de que la iglesia de El Salvador estuvo antes dedicada al culto mahometano que al cristiano. Incluso después de la Reconquista de la ciudad por Alfonso VI se permitió mantener el culto en ella a los musulmanes. Pero años después, ya con Alfonso VII en el trono, fue adaptada como iglesia de un modo un tanto peculiar.

Cierta tarde se hallaba de paseo por aquellos lugares la esposa del monarca, doña Berenguela, cuando inesperadamente se levantó una furiosa tempestad. El viento arreciaba violentamente, y una furiosa lluvia dejó paso a una no menos recia granizada. Por eso se vio obligada la reina a guarecerse junto con su séquito en el interior del templo árabe.

Desde su interior se oían los ensordecedores truenos y el ronco sonido que los pedriscos producían al chocar contra el suelo. Y tanta impresión causó a la atemorizada reina que hizo una promesa; cuando todo acabara se encargaría de que en aquel templo sólo se adorara a Dios y a su hijo Jesucristo.

Así lo hizo. Pocos días después obtuvo la autorización de su esposo, y la antigua mezquita se convirtió en templo cristiano puesto bajo la advocación de “el Salvador”.

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