La Roca Tarpeya

En el mismo lugar donde hoy se alza el museo de Victorio Macho existió hace una veintena de siglos una cárcel pequeña, pero contenedora de una gran crueldad en el interior de sus gruesos muros. Era aquella prisión un lugar que aterrorizaba sólo con nombrarlo. Sus húmedos pasillos, y sus reducidos y oscuros calabozos, atemorizaban al más valiente que hubiese osado visitarlos en alguna.

Aquél era el lugar donde los romanos encerraban a los condenados a muerte hasta que llegara el momento de lanzarlos con violencia y crueldad por la llamada “Roca Tarpeya”, donde se deshacían en pedazos al chocar con sus rocosos salientes.

Aseguraban que hubo en aquella terrible cárcel un calabocero fanático del culto a los dioses adorados por Roma, motivo por el cual maltrataba a una hija suya que se ocultaba para rezar, no ante los ídolos que él veneraba, sino ante una pequeña cruz de madera que solía esconder entre sus vestiduras. El cruel padre se torturaba tratando de averiguar quien había infundido aquellas ideas en su hija sin llegar a descubrirlo. Sólo la idea de pensar en el incitador del culto cristiano de su hija alimentaba su sed de venganza, pero a pesar de maltratar a su hija, y agobiarla con pesados interrogatorios, no conocía respuesta a su curiosidad.

roca-tarpeya-2

Sin que sepamos exactamente los motivos cayó en aquellos días bajo el poder del pretor toledano un hombre que ingresó en la cárcel destinado a ser arrojado desde la Roca Tarpeya. Los escasos días que estuvo el reo incomunicado en su calabozo los pasó rezando y manoseando un crucifijo que había logrado introducir sin que se percataran sus carceleros, los cuales estaban completamente asombrados de la tranquilidad que mostraba el condenado a pesar de conocer la cercanía de su muerte. No hace falta decir que esta circunstancia sirvió para encender aún más si cabe el odio del cruel carcelero hacia el reo cristiano.

¡Reza, reza! –se burlaba su calabocero-. Veremos si las oraciones a ese crucificado tuyo te sirven para algo. ¡Cómo no le reces al César no sé yo quien puede salvarte!.

 Pero el joven hacía caso omiso a su carcelero, continuando fervorosamente con sus oraciones.

 – ¡Mírale! –decía el carcelero-. Piensa que su Dios va a librarle de la muerte.

No rezo para que Dios me libre de la muerte –contestó el condenado-. Al contrario, rezo para que tras mi muerte pueda comenzar mi verdadera vida y pueda contemplar su rostro.

Llegó el momento en el que el condenado era conducido a la roca para ser arrojado. Al cruzar la cárcel, camino de su ejecución, tuvo la fortuna de encontrarse a la joven hija de su verdugo, con la que intercambió tiernas y románticas miradas que tuvo que reprimir al ser testigo el padre de tan hermosa flor.

Con el rostro descompuesto por la emoción continuó su camino, dio un débil suspiro y se dirigió con paso firme al lugar desde donde sería arrojado.

El calabocero quedó pensativo. ¿Sería tal vez aquel hombre el causante de las ideas que habían nacido en la mente de su hija?. Nunca lo pudo saber con certeza.

Pero se cuenta que la joven hija del calabocero, al presenciar aterrorizada como despeñaban al condenado, cayó fulminada al suelo muriendo en el acto.

Antes de sepultarla el carcelero cogió de entre sus vestidos la cruz de madera y la guardó consigo. Dicen que desde aquel día dejó de adorar a sus ídolos, convirtiéndose al cristianismo y viviendo indiferente a todo cuanto le rodeaba.

Con particular predilección comenzó a cuidar unas flores que su hija plantó tiempo atrás al pie de la Roca Tarpeya, y rogó a Dios que jamás faltaran de aquel lugar aquellas flores que él creía viva imagen de su hija.

Esta es la tradición que se conoce de aquel lugar y así ha llegado hasta nuestros días. Si es cierta o no, ¿quién puede saberlo?.

Lo que sí es cierto es que no hace muchos años el dueño de un huerto que existe en aquel lugar, al comenzar su trabajo plantando arbustos, descubrió junto a la Roca Tarpeya alrededor de treinta fosas de dimensiones regulares cuyo origen siempre se ha atribuido a aquella cruel y siniestra cárcel.

(Sobre relato de Juan Moraleda y Esteban)