El Castillo de San Servando

Un poco de historia

Su procedencia se remonta a época árabe, hecho supuesto y probado pero del que no existe constancia documental. Tenemos que remontarnos a los años posteriores a la Reconquista para tener datos puntuales sobre la fortaleza. El 11 de Marzo de 1088 el monarca Alfonso VI fundó en este lugar un monasterio dedicado a los santos Servando y Germano, dotándolo de importantes donaciones y privilegios.

Los monjes se vieron obligados a abandonar el monasterio entre el 1099 y el 1010, debido a los constantes ataques musulmanes facilitados por su situación extramuros. La reina doña Urraca cedió el edificio en 1113 al arzobispo don Bernardo, perteneciendo a la Catedral como mínimo hasta principios del siglo XIII. Desde esta época hasta fines del siglo XIV no sabemos los avatares sufridos por el monasterio, hasta que entre 1380 y 1389, tras las intestinas guerras entre Pedro I y su hermano ilegítimo Enrique de Trastámara, fue reconstruido por el arzobispo Pedro Tenorio.

No permaneció en buen estado mucho tiempo, ya que en el siglo XVI parece ser que volvió a presentar estado de ruina, no siendo restaurado pero sí utilizado para distintas funciones, como consta la de polvorón en 1857. En 1873, a causa de su deplorable estado, salió a subasta por precio inferior a 3.500 ₧ (21 €), lo que originó que interviniera en 1874 la Comisión Provincial de Monumentos declarando al castillo Monumento Nacional, siendo el primer castillo en la península en recibir tal denominación. Distintos trabajos arqueológicos realizados en 1920 descubrieron varias tumbas medievales.

El edificio fue cedido en 1945 a la Delegación de Juventudes, quien restauró el castillo para fines propios. En la actualidad es utilizado como albergue y residencia universitaria.

Dos leyendas tradicionales, con idéntico título:


EL FANTASMA DE SAN SERVANDO 

(Sobre relato de Leopoldo Aguilar de Mera)

Numerosos son los avatares que ha sufrido el Castillo de San Servando desde su remota construcción, allá en época árabe. Alfonso VI, tras la reconquista de Toledo, considerando su importancia estratégica, lo restauró cediendo su custodia a Rodrigo Díaz de Vivar el Cid, siendo destinado años más tarde al cobijo de los Caballeros Templarios. La historia que sigue a continuación ocurrió precisamente en esta etapa, cuando la fortaleza estaba custodiada por dichos caballeros.

Era una gélida noche de noviembre marcada por la ventisca y la lluvia, que no había cesado desde el amanecer. En los campanarios de la ciudad retumbaron diez campanadas, y el silencio de la noche sólo era roto por los súbitos y violentos golpes de viento. Todos los inquilinos de la fortaleza yacían en profundo sueño, a excepción de los vigías y de don Nuño Alvear, el viejo caballero al que tocaba hacer guardia esa madrugada. El centinela pasaba la vigilia en su angosta habitación, calentada por una débil hoguera en la chimenea, en espera de caminantes que al llegar tarde a la ciudad encontraran sus puertas cerradas y necesitaran albergue donde pernoctar.

Se hallaba don Nuño Alvear inmerso en sus pensamientos, medio adormecido por el monótono chisporroteo de la chimenea, cuando unida al soplo del viento creyó escuchar una tenebrosa y estremecedora voz. El viejo hidalgo no distinguió palabras, pero sí un susurro que le llenó de terror.

Poco tiempo después oyó al pie de la torre la caracola de los peregrinos, seguida de dos fuertes aldabonazos en la puerta que le hicieron sobresaltarse y dirigir una asustada mirada hacia el lugar donde se encontraba el vigía. Lo más seguro es que se tratara de algún necesitado, pero no había que confiar en los que andaban errantes a tan altas horas.

Don Nuño, intranquilo, escuchaba tras la puerta al recién llegado, que dialogaba con los soldados de la entrada suplicando albergue. Su voz tenía un acento cascado, que se confundía con el fuerte azote del viento.

Pocos minutos después se presentó en la cámara del Templario un viejo canoso de larga y blanca barba. Sus manos sarmentosas sostenían a duras penas el báculo de peregrino, y sus pies descalzos se arrastraban penosamente por las losas del pavimento. Don Nuño, sobrecogido, se levantó de su asiento dirigiendo su temerosa mirada al anciano, que le dijo:

 – Por fin me presento ante vos.

– ¿De dónde venís y a dónde os dirigís? –preguntó el anfitrión con voz temblorosa-.

– De dónde vengo es un enigma, pero allí he de regresar de nuevo.

El centinela del castillo no acertaba a comprender las palabras del visitante. Se encontraba aturdido a causa del miedo, hasta el punto que llegó a frotarse los ojos creyendo que soñaba. Viendo que no era sí, preguntó de nuevo al anciano:

– Decidme, ¿quién sois y a qué habéis venido?.

– A por vos. O mejor aún, a por vuestra alma, que escapa de vuestro pecho como el humo escapa de la llama. Ahora estáis en mis manos. ¡Soy vuestra muerte!.

Un escalofrío recorrió el cuerpo del Templario, que aterrorizado cogió una trompa para llamar a sus guardias.

– Es inútil –le advirtió el anciano-. En vuestro pecho no queda fuerza para el más leve soplo. Debéis afrontar vuestro destino.

– ¡Os lo ruego –suplicaba don Nuño-, dejadme!.

– De nada sirven vuestros ruegos ante los testimonios de los que os acusan ante Dios. ¡Mirad, mirad!.

Entonces, entre las llamas de la chimenea, comenzaron a reflejarse multitud de rostros marcados por el dolor que le hacían muecas de trágica burla. Don Nuño reconoció todos y cada uno de ellos. Se trataba de los numerosos desdichados que habían sufrido a manos del cruel Templario. Entre ellos se encontraban los innumerables musulmanes que había hecho crucificar por leves delitos, las jóvenes doncellas que fueron arrojadas por un precipicio al negarse a satisfacer sus sucios deseos, los pacíficos peregrinos que huían humeando en carne viva al serle derramado aceite hirviendo desde lo alto de las torres del castillo. Todas las escenas fueron revividas por don Nuño, que cayó al suelo echándose las manos a los ojos sintiendo que le ardían las entrañas. Todo esto ocurría bajo la atenta mirada del anciano peregrino, que permanecía imperturbable ante el horrible sufrimiento del Templario. Poco después se le nubló la vista, el corazón comenzó a agitársele bruscamente y un zumbido atronó en su cerebro.

Al despuntar el alba uno de los soldados se dirigió a la cámara de don Nuño, comprobando con espanto que éste se hallaba muerto en el suelo, con el pelo más blanco, y con abundante sangre manando de su nariz, boca y ojos.

Del misterioso peregrino no supieron nada.


EL FANTASMA DEL CASTILLO DE SAN SERVANDO

(Sobre relato de Vicente Mena Pérez)

Sin duda aquella fue una época en la que surgieron en Toledo numerosos hidalgos que serán recordados por todas las generaciones por su valor y arrojo. No en vano las cuantiosas campañas militares que tan a menudo se desarrollaban facilitaban enormemente la labor a todos aquellos que ansiaban hallar la gloria en poco tiempo.

Uno de estos insignes caballeros era don Lorenzo de Cañada, protagonista de nuestra historia, uno de los más afamados nobles de la ciudad. Ya no gozaba del privilegio de la juventud, pero sus pretéritas hazañas en Flandes al servicio de Felipe II le habían otorgado un puesto de confianza al frente de la guardia de la ciudad. Se encontraba en su cámara del Alcázar una fría noche de invierno cuando el jefe de la guardia del Puente de Alcántara irrumpió repentinamente. La brusca entrada del centinela sobresaltó a don Lorenzo, pues ya hacía por lo menos dos horas que se había dado el toque de queda y la interrupción de su subordinado no podría deberse a nada bueno:

– ¿Qué es lo que pasa?. ¿Es que ocurre algo en el Puente? –preguntó-.

El soldado, que apenas podría articular palabra a causa de la precipitación con la que había acudido ante la presencia de su señor, comenzó a explicar atropelladamente:

– Señor, se trata del Castillo de San Servando. Hace un buen rato que hemos comenzado a oír fuertes voces y a ver como sus centinelas corrían de un lado a otro de sus almenas. Desconocíamos el motivo de tal alboroto y por eso he mandado a diez hombres para comprobar lo que ocurría.

– ¿Y ya han vuelto?.

– Así es.

– ¿Y que es lo que han averiguado?.

– Pues que el motivo de tal alboroto es la extraña muerte del alférez Valdivia, al que han hallado poco después de la media noche con evidentes signos de violencia.

– ¿Y habéis capturado al asesino, supongo?.

– No hemos podido –dijo el soldado avergonzado-.

– ¿Y cuál es el motivo que os lo ha impedido?.

– Pues veréis, señor –prosiguió el centinela-, tras numerosas indagaciones hemos comprobado que en el momento de la muerte de Valdivia todos los inquilinos del Castillo, sin excepción, se hallaban reunidos en el salón principal, por lo que ninguno de ellos ha podido ser el asesino. Al contrario, todos ellos han podido escuchar con terror los desesperados gritos del alférez suplicando ayuda.

– Habéis inspeccionado todo el Castillo por si era algún indeseable que se hubiera ocultado entre sus muros?.

– Sí señor. Examinamos el Castillo piedra a piedra, y os aseguro que en su interior no se hallaba nadie más.

Tras oír la explicación de lo ocurrido don Lorenzo dio permiso a su centinela para marchar, no sin antes ordenarle que convocara a todos los jefes de guardia para una reunión urgente en el Alcázar.

Al día siguiente, poco después de salir el sol, los responsables de todas las guarniciones se hallaban reunidos en el Alcázar, pero lejos de alcanzar un acuerdo discutían acaloradamente sobre que resolución tomar. Finalmente, por imposición del alcaide, Ferrán Cid, se decidió dejar el castillo sin vigilancia, repartiendo su guarnición por los puntos más débiles de la ciudad. Pero esta decisión no fue aceptada de buen grado por los hombres más veteranos, especialmente don Lorenzo, quienes veían en esta resolución más muestra de cobardía que de prudencia por tratar de evitar nuevas víctimas.

Pasaron varias semanas desde el trágico suceso y en lugar de extinguirse su recuerdo era cada vez más comentado en la ciudad, pues eran innumerables los testigos que afirmaban haber visto en las proximidades del Castillo de San Servando la sombra de la figura de un descomunal guerrero ataviado con una resplandeciente armadura que exhalaba terroríficos alaridos.

Tal circunstancia provocó que nadie se atreviera a transitar por las cercanías del Castillo, situación que causó en lógico desasosiego entre los componentes de la guardia de la ciudad, que no se atrevían a tomar ninguna medida. Tuvo que ser nuestro valiente caballero, don Lorenzo, quien tomara la iniciativa para acabar con aquellos temores.

Cierta noche, tan fría y solitaria como aquella en la que murió el alférez Valdivia, el valiente hidalgo dirigió sus decididos pasos hacia el Castillo, dispuesto a acabar con el misterio de tan trágicos sucesos. Con gran determinación cruzó el Puente de Alcántara, y con paso firme llegó hasta el pie del Castillo. Una vez allí quedó extrañado, pues halló su puerta cerrada cuando sus antiguos vigilantes la habían dejado abierta de par en par. Sin dudarlo se puso ante ella, dando dos fuertes aldabonazos que retumbaron en el interior del siniestro y solitario edificio.

Apenas unos segundos después, sin que mano humana interviniera, la puerta comenzó a abrirse con un chirrido estridente y aterrador. Pero don Lorenzo, lejos de acobardarse, se acomodó su capa de manera que no pudiera estorbarle, y desenvainando su espada se adentró en el Castillo trazando círculos de derecha a izquierda rememorando viejos tiempos gloriosos.

Nunca se supo lo que ocurrió después en el interior de San Servando, pero lo ciento es que nunca volvió a verse el aterrador fantasma desde que nuestro valiente protagonista se enfrentó a él.

Son muchos los que cuando veían a don Lorenzo paseando por Zocodover le interrogaban acerca de lo ocurrido en aquel misterioso enfrentamiento, pero nuestro valiente caballero, atusándose su poblado mostacho, sólo esgrimía una amplia sonrisa como respuesta.

Misterios que se cuentan

Con toda la historia de la que los muros del Castillo han sido testigos, y protagonizar las leyendas citadas entre otras, no podía escapar este edificio a historias actuales de fenómenos extraños e inexplicables. No son tan llamativos y espectaculares como en otros lugares de Toledo, pero afirman algunos de los estudiantes que allí se han alojado, concretamente en la habitación T4, que por la noche resulta bastante difícil conciliar el sueño. Hablan de voces y ruidos inexplicables, cuando el resto de estancias del albergue están desocupadas. Y afirman que los empleados del Castillo, para evitar problemas, intentan siempre que es posible no asignar esta habitación a ningún huesped.

Hasta la fecha me ha sido imposible contactar con ningún testigo directo de estos fenómenos, por lo que me ciño a informaciones extendidas por la ciudad, a la espera de poder conocerlo más detalladamente de primera mano.

La Dama de los Ojos sin Brilo

Leyenda tradicional sobre relato de Rafael Carrasco

El increíble relato referido a continuación ocurrió poco tiempo después de que Felipe II le arrebatara la Corte a Toledo, cuando el hecho de celebrar un festejo se convirtió en algo inusual y que por tanto reunía a gran número de

Por entonces dieron ciertos condes, cuyo nombre no alcanza desgraciadamente mi memoria, un suntuosos festín con motivo de la visita a la ciudad de cierto personaje de sangre real. Los asistentes al evento difícilmente podrían olvidarlo, no sólo por el buen gusto con el que los anfitriones habían agasajado a sus invitados, sino por la variedad de personajes de alta alcurnia allí congregados.

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Uno de los que más llamaban la atención era don Luis Álvarez, encargado personal de las finanzas del monarca y su hombre de confianza. Andaba el altivo joven deambulando de un lado a otro del salón, revoloteando entre las damas como una abeja de flor en flor, cuando su mirada fue a centrarse en una misteriosa y bella damita que al contrario de las demás se agazapaba en un rincón como ajena a la fiesta. No pudo don Luis contener su curiosidad, extrañado de la actitud de la joven, y sin dudarlo se dirigió al lugar donde se encontraba. Llegando a su lado, y extendiendo su mano galantemente, dijo:

– ¿Cómo es posible que una flor tan bella prefiera estar apartada del jardín?. ¿Me darás el placer de concederme este baile?.

La joven no contestó, pero en cambio tomó la mano del caballero acompañándole al centro de la sala aceptando así la invitación al baile.

– ¿Cómo te llamas?. ¿Eres de Toledo? –preguntó él, pero la dama parecía no darse por aludida, haciendo oídos sordos a las preguntas de su pareja de baile.

Cuando acabó la pieza, la misteriosa joven se deslizó de los brazos del caballero haciendo ademán de abandonar el salón. Don Luis, más intrigado todavía, optó por acompañarla, descendiendo juntos la corta escalinata de mármol que conducía a la calle. Una vez allí preguntó él educadamente:

– ¿Me permites que te acompañe hasta tu casa?.

Pero la dama, como en las ocasiones precedentes, sólo dio el silencio por respuesta. Ignorando las palabras de su educado acompañante comenzó a caminar calle abajo, y don Luis, aturdido, decidió acompañarla en silencio. Apenas habían dado unos pasos cuando ella, con un susurro ronco y extraño, dijo:

– ¡Qué frío!.

No hizo falta que dijera más para que el cortés caballero se desprendiera de su capa de terciopelo rojo y la pusiera sobre los hombros de la damita, que continuaba caminando impávida. Tras recorrer unas cuantas callejuelas, y llegar cerca del Miradero, la joven se volvió hacia su acompañante, y con la misma extraña voz de antes susurró:

– Os ruego que no sigáis un solo paso más conmigo, pues de hacerlo me sentiré gravemente ofendida. Mañana podéis pasar a recoger vuestra capa en la casa de los condes de Orsino.

Quedó nuestro protagonista más extrañado aún si cabe, pero como era caballero ejemplar no puso inconveniente, y se despidió de la dama con una gentil reverencia.

Llegado don Luis a su alojamiento no logró pegar ojo, atormentado por el recuerdo de aquella singular señorita de la que no sabía ni siquiera el nombre. Pero al menos el día siguiente podría averiguarlo, yendo él personalmente a recoger su capa.

Así lo hizo, y con incontenibles deseos de conocer algo más sobre su acompañante de la noche anterior acudió poco antes del mediodía a la casa indicada. No le costó encontrarla, pues los condes de Orsino eran muy conocidos en la ciudad, y preguntando llegó enseguida a un amplio pero modesto caserón.

Una vez ante la puerta la golpeó decididamente con la recia aldaba, y al poco la abrió un anciano sirviente vestido de negro haciendo chirriar sus goznes.

– Buenos días, señor. ¿Puedo hacer algo por vos?.

– Buenos días –contestó don Luis-. Vengo a recuperar mi capa, pues anoche se la presté a una joven dama que me indicó que viniera a recogerla a este lugar.

El sirviente se encogió de hombros, pero invitó al caballero a entrar acompañándole hasta una rancia estancia del interior del caserón. Allí se encontraba sentada una señora de distinguido porte, que al punto se levantó en dirección al recién llegado.

– Bienvenido seáis a mi modesto hogar –dijo-. ¿Qué puedo hacer por vos?.

Don Luis, algo cohibido, le explicó lo acontecido la noche anterior a la señora, que escuchó el relato con interés. Y cuando hubo terminado el caballero, contestó:

– Pues sin duda debe haber algún malentendido, pues aquí sólo vivimos mi marido, yo y unos pocos sirvientes. ¿Podríais darme alguna descripción de tal joven?.

– Veréis –respondió él temiendo haber importunado a la elegante señora-. Se trataba de una hermosa jovencita de unos veinte abriles y con una rizada cabellera rubia. Era alta y esbelta, y su pálida piel se asemejaba al color de la luna llena. El rasgo más característico eran sus ojos, grandes como luceros pero carentes de brillo, como si estuvieran apagados por algún sufrimiento.

Mientras don Luis daba su explicación la anfitriona se dejó desplomar sobre el butacón del que se había levantado, y con la voz ahogada replicó:

– Sin duda alguien se ha burlado de vos, pues la dama que habéis descrito es mi desafortunada hija, a quien hace ya dos meses que enterramos.

El consejero de Felipe II sintió un sudor frío, y excusándose mil veces ante la sorprendida condesa se giró dispuesto a abandonar la habitación. Pero justo en ese momento sus sorprendidos ojos se detuvieron en un enorme cuadro en el que se representaba una linda jovencita. Todo coincidía con su acompañante de la noche anterior: la rizada cabellera rubia, la estilizada figura, la palidez de su piel… ¡y sus ojos sin brillo!.

– ¡¿Quién es ella…?! –preguntó el alterado caballero a la condesa-.

– Os lo acabo de decir –respondió ésta-. La desdichada hija que me fue arrebatada hace un par de meses.

– ¡Os juro que es ella!. ¡Es la dama con la que estuve anoche!.

– Sin duda habéis enloquecido, o tal vez anoche abusarais del vino.

El joven, confundido y presa de espanto, abandonó atropelladamente el caserón de los condes sin detenerse hasta llegar a su alojamiento, donde pasó varios días en cama a consecuencia de unas fuertes fiebres producto de la impresión.

Cuando al fin pudo levantarse, y cuando se hallaba sentado a la mesa recuperando fuerzas, llegó un corchete portando aquella capa roja que días atrás había prestado a la misteriosa dama.

– Creo que esta capa es vuestra –dijo el corchete-. La he reconocido por vuestras iniciales bordadas.

– ¿Dónde la has encontrado? –preguntó don Luis levantándose y cogiéndola nerviosamente-.

– La encontré en el cementerio, sobre la tumba de la condesita de Orsino.