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El olvido del recuerdo

En el espacio que hoy ocupan el Museo de Santa Cruz, la antigua Biblioteca Pública del Miradero, y los conventos de Santa Fe y la Concepción Francisca, construyó el rey Al-Mamún en el siglo XI los llamados Palacios de Galiana. Es en estos palacios donde se ubica la famosa leyenda por la cual el rey Alfonso VI conoció la manera de reconquistar Toledo.

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EL REY DE LA MANO HORADADA
(Sobre relato de Rubén Armendariz Castro)

Cuando Sancho II de Castilla arrebató a su hermano Alfonso el reinado de León, éste solicitó residencia en Tolaitola al monarca musulmán Al-Mamún, quien con gran hospitalidad se la dio en su lujoso palacio de Galiana. La amistad entre el árabe y el cristiano se remontaba a años atrás, y a pesar de las diferencias políticas y religiosas, su afecto estaba por encima de todo. Pero como no todos los integrantes del gobierno de Al-Mamún confiaban en la estancia del desterrado en tierras toledanas se hubo de firmar un pacto; el cristiano tendría todo cuanto necesitara durante su estancia en Tolaitola, y a cambio ofrecería su lealtad desestimando reconquistar la ciudad en caso de que recuperara su trono de León.

Alfonso llevaba una vida tranquila y placentera, dedicado a sus aficiones favoritas entre las que se encontraban la caza en los montes de los alrededores y la charla con los personajes más eruditos e importantes de Tolaitola, con los que entabló gran amistad.

Para fraguar esta amistad el exiliado invitó a todos estos personajes a un banquete en el palacio de Galiana, y entre los invitados también se hallaba, naturalmente, el rey Al-Mamún. La comida ofrecida por el anfitrión fue deliciosa, pero el plato fuerte llegó tras el almuerzo, cuando todos los invitados se pusieron a departir sobre la ciudad y su invulnerabilidad. Los árabes estaban convencidos de que Tolaitola no podría ser conquistada jamás por ningún ejército por muy numeroso que fuera, pero el joven monarca exiliado encendía sus ánimos discrepando sobre ello. La discusión poco a poco fue subiendo de tono, y el prudente Al-Mamún instó a los suyos a salir a dar un agradable paseo por los jardines y así enfriar los exaltados ánimos.

-Os noto preocupados. ¿Es que acaso creéis posible lo que dice Alfonso? –preguntó a los suyos Al-Mamún-.

-Es totalmente imposible –contestó uno de ellos-.

-La seguridad de la ciudad está garantizada –dijo otro-.

-Existe una posibilidad –añadió un tercero-, pero es necesario disponer de numerosos hombres, y sobre todo mucha paciencia.

-¿Y cuál es esa posibilidad? –preguntó intrigado el monarca musulmán-.

-Tolaitola es inviolable en el interior de sus murallas, pero su abastecimiento procede de la vega que se encuentra extramuros. Si un ejército lo suficientemente numeroso asedia la ciudad y devasta su vega tiene grandes posibilidades de hacerse con la ciudad.

Todos asintieron al escuchar tal teoría, pero no le dieron mayor importancia considerando la magnitud necesaria de hombres y armas.

Mientras tenía lugar esta conversación, Alfonso, que había quedado solo en el interior del palacio, salió al jardín, y percatándose de la importancia de aquella charla se tumbó tras un pretil desde donde escuchó todo el debate y lo anotó mentalmente para tiempos posteriores. Cuando los musulmanes dieron por concluida su tertulia y se disponían a volver al palacio fue cuando descubrieron a Alfonso tumbado sobre la hierba durmiendo, o al menos aparentándolo. Inquietados por la trascendente conversación que habían mantenido decidieron comprobar si el leonés se hallaba o no realmente dormido. Para ello Al-Mamún ordenó, en voz lo suficientemente alta como para ser escuchado por Alfonso, que le echaran plomo fundido sobre una de sus manos.

Se desconoce si Alfonso oyó o no esta orden, pero lo real es que no movió la mano un solo milímetro. Los sirvientes trajeron el plomo fundido, y sólo cuando la primera gota tocó su piel fue cuando el leonés aparentó despertar entre alaridos de dolor. Este comportamiento del cristiano tranquilizó a los musulmanes, que desde aquel día comenzaron a llamarle “el de la mano horadada”.

Años después, cuando murió Al-Mamún y recuperó su trono Alfonso, consideró éste que su pacto de no agresión quedó nulo, y aquel anecdótico sufrimiento le sirvió para conocer la forma de conquistar la preciada ciudad.

Se da por cierto que en esta ubicación es donde nació uno de los reyes más célebres y destacados de la historia; Alfonso X conocido como “El Sabio”. Personaje muy importante para la historia de la ciudad no solamente por haber sido toledano de nacimiento, sino por ser el creador de la célebre Escuela de Traductores de Toledo, y considerarse su reinado como el cúlmen de la discutida convivencia de las Tres Culturas en la corte toledana.

Para rememorar el nacimiento de tan notable personaje, el 23 de Noviembre de 1921 con motivo del séptimo centenario de su nacimiento, la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias históricas de Toledo colocó una lápida en el Paseo del Miradero en el que podía leerse la siguiente inscripción:  “En estos que fueron Alcázares reales nació en 23 de noviembre de 1221 Don Alfonso el Sabio. En igual día de 1921 le erige esta lápida la Real Academia de Bellas Artes”.

Nos habla el historiador Rafael del Cerro Malagón de los actos celebrados aquel día, que comenzaron con una misa en la Catedral, celebrada por el obispo auxiliar, y en la que participaron representantes de casi todas las instituciones (a excepción de la municipal). Desde allí desfiló una comitiva desde la Puerta del Reloj hasta el Paseo del Miradero, en donde fue descubierta la placa. Por la tarde continuaron los actos literarios y musicales en el Ayuntamiento.

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La placa que se colocó aquel día continúa allí dando testimonio del nacimiento del monarca en aquel lugar, aunque la pátina del tiempo y el paso implacable de los años la han deteriorado de manera que apenas se puede distinguir el texto. No estaría mal que alguien tomara cartas en el asunto y se retocara aquel recuerdo que ha caído en el olvido.

La Huella del Artista

A lo largo de los siglos son muchas las maneras en las que los artesanos han querido dejar su impronta en sus creaciones y construcciones. Sin ir más lejos, todos conocemos las famosas marcas de los canteros en las piedras de diferentes monumentos como puede verse en los exteriores de la Catedral de Toledo.

Sin embargo puede ser que pase más inadvertido una original fórmula que algún artista utilizó en la Iglesia de Santiago el Arrabal. ¿Alguna vez te has fijado en un recuadro que existe sobre el óculo de la fachada norte, tras la Puerta de Bisagra?

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Si miramos más de cerca observaremos que se trata de la huella de una mano, una forma diferente con la que el autor quiso firmar su obra.

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Hay algunos autores como Enrique Lorente Toledo, Pilar Morollón Hernández, Juan Blanco Andray y Alfonso Vázquez González, en su obra Rutas de Toledo, que afirman que se trata de la Mano de Fátima: “(…) en el muro del crucero norte, sendos pequeños recuadros sobre los rosetones contienen la Mano de Fátima, talismán islámico de protección del edificio”. Que dista de la versión anteriormente citada, y facilitada por Ángel Santos Vaquero y Emilio Vaquero Fernández-Prieto en Fantasía y Realidad de Toledo“¿Te has fijado querido visitante, en los pequeños recuadros que hay sobre los óculos de la fachada norte en los que aparece la impronta de una mano?. Es la firma de los constructores o artífices del edificio, que no tuvieron una manera más plástica de hacerlo que esta que aquí contemplas”.

Nada más al respecto citan otros autores de prestigio como Sixto Ramón Parro, Amador de los Ríos o el Vizconde de Palazuelos en sus conocidas obras.

Resultaría un tanto extraño que se tratara de la Mano de Fátima, al ser su representación habitual de forma más simétrica.

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O si se asemejan más a la forma de una mano convencional, como en este caso, las encontramos elaborados de forma más esmerada, incluso en otros edificios del mismo Toledo.

manos-fatimaLa imagen nº 1 corresponde a una Mano de Fátima existente en los sótanos del nº 12 de la Calle Cardenal Cisneros (ver más información en el recomendable Blog Ciudad de las Tres Culturas Toledo).

La imagen nº 2, que podría asemejarse a lo que vemos en la Iglesia de Santiago, está en la Alhambra de Granada, pero como se puede comprobar presenta una mayor elaboración.

Y la imagen nº 3 corresponde a una representación muy habitual también de la Mano de Fátima, que se solía utilizar como aldaba en la puerta de entrada de los edificios.

En este caso, y visto lo rudimentario de la elaboración del recuadro sobre el óculo de la toledana iglesia, parecería más probable y acertada la visión facilitado por Ángel Santos y Emilio Vaquero, tratándose posiblemente de la impronta del autor.

El Adoquín blanco del Cristo de la Luz

En la subida del Cristo de la Luz, justo en la entrada de la mezquita del mismo nombre, podemos ver entre el adoquinado que conforma la empinada pendiente un adoquín blanco que destaca entre el resto. No existe prácticamente nadie en Toledo que no sepa cuál es el motivo de ese elemento diferente, y para ello nos basamos en varias de las más populares leyendas de la ciudad. La primera es tal vez la menos conocida, y que surgió probablemente por la inquina racial que años atrás existió en la mal llamada Ciudad de las Tres Culturas.

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Sirva esta primera leyenda para ponernos en precedentes.

EL CRISTO DE LA LUZ (I)

Que la mezquita del Cristo de la Luz es uno de los monumentos más antiguos y emblemáticos de Toledo es conocido por todos. Pero son pocos los que conocen la historia que tuvo como escenario la célebre aljama. Ocurrió cuando Toledo era una ciudad musulmana, y tanto cristianos como judíos se hallaban sometidos bajo el poder árabe. A pesar de esta circunstancia, entre ambos grupos existía una enemistad manifiesta, como prueba el presente relato.

Los tolerantes mahometanos permitieron a los numerosos cristianos residentes en Toledo mantener sus antiguos cultos. Para ello los cristianos habilitaron la parte trasera de la mezquita musulmana de Valmardón, reuniéndose en gran número allí todas las tardes adorando la imagen de un Crucificado. Tras las celebraciones litúrgicas besaban los pies de la imagen, y después se retiraban a sus casas con profundo fervor. Pero sucedió que cierto día un malvado judío se camufló entre los devotos cristianos con un perverso plan. Aparentando fervor se acerca a la imagen y unta sus pies con un potente veneno, deseando acabar con la vida del mayor número posible de cristianos.

Al poco tiempo entra en el templo una anciana que a duras penas puede tenerse en pie, y con gran dificultad se arrodilla ante la imagen del Cristo musitando una piadosa oración. El ruin judío, observando desde su rincón, se muerde las uñas aguardando con impaciencia ver cumplidas sus crueles intenciones. Por fin la anciana finaliza su oración, y levantándose costosamente se dirige a la imagen disponiéndose a besar sus pies como era costumbre. Pero en el momento en que la anciana acercó sus labios al Crucificado ocurrió un hecho inesperado que tanto la mujer como el judío vieron con desconcierto. ¡Cristo ha retirado el pie!. Todos los cristianos entran apresuradamente en el templo al oír las voces de la anciana, que entre lágrimas cae al suelo de rodillas dando gracias a Dios sin saber que había salvado la vida.

El judío, mientras tanto, aprieta sus dientes con rabia, viendo sus planes frustrados, pero no por ello se da por vencido. Pacientemente aguarda escondido a que la anciana y el resto de cristianos abandonen el templo, y cuando lo hacen se acerca a la imagen arrojándola salivazos. No contento con ello saca una afilada daga, y con toda su ira la descarga violentamente contra el Cristo. Un lamento ultraterreno y sobrecogedor es escuchado solamente por el hebreo, quien arranca el Crucificado con la intención de hacerlo desaparecer. Con la imagen oculta bajo sus ropajes sale del templo y emprende camino hacia su casa. Una vez allí cava una profunda fosa en el corral y lo entierra.

Al día siguiente, los desconcertados fieles, echan de menos la imagen de su devoción, pero llama su atención un reguero de sangre en el suelo. Siguiendo su rastro llegan hasta la casa del hebreo, y su sorpresa va en aumento cuando descubren un potente halo de luz procedente del corral. Intrigados comienzan a cavar en el lugar de donde procedía el deslumbrante resplandor, y con asombro e indignación descubren al poco tiempo la imagen del Cristo con la herida todavía sangrante. Irritados por el despiadado sacrilegio apresan al judío, apaleándole en público como escarmiento.

Temiendo por la integridad de la imagen de su devoción optaron por empotrarla en el muro trasero de la mezquita, encendiendo a su lado una lamparilla de aceite.

(Sobre relato de Pablo Gamarra)

No encontramos hasta ahora, en la anterior leyenda, una explicación al enigma del adoquín blanco del que estamos hablando. Explicación que sí vamos a encontrar en la referida a continuación, y que es sin duda la más conocida leyenda referida a la histórica mezquita.

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EL CRISTO DE LA LUZ (II)

Cuando Alfonso VI reconquista Toledo, el 25 de mayo de 1085, cruza la muralla y junto a su séquito encamina sus pasos al interior de la antigua joya sarracena para conocer sus nuevos dominios. Dejando atrás el Arrabal del Norte sube la empinada cuesta que conduce hasta la puerta de Valmardón, y tras cruzarla dan vista a la mezquita del mismo nombre. Allí se detienen un instante, comentando el monarca la belleza de tan pequeño templo a sus acompañantes, entre los que se encontraban Rodrigo Díaz de Vivar y don Bernardo, obispo de Palencia. Coinciden todos en el comentario del rey y se disponen a reanudar su marcha, pero he aquí que un hecho insólito imposibilitó sus intenciones. El caballo de Alfonso se ha arrodillado súbitamente, y lo mismo hacen al poco tiempo Babieca, el del Cid, así como el del obispo. En vano tratan de levantarlos para reanudar su marcha, pues cuando uno se pone en pie el otro se arrodilla. Desconcertados no saben que hacer, hasta que el prelado piensa que el sobrenatural hecho puede ser una señal divina procedente de aquel lugar. Así lo creyó también Alfonso, quien ordena hacer un minucioso registro del templo que dio rápido resultado.

Por una pequeña grieta existente entre dos piedras localizan un leve destello luminoso que carecía de explicación lógica, por lo que proceden a retirar las piedras y descubrir el misterio que encerraban. Una vez hecho, descubren con asombro que allí escondida se encontraba la imagen de un Crucificado, ahumada por una lamparilla que había permanecido junto a ella durante cuatro siglos sin que nadie la alimentase. Por tal motivo, y a partir de aquel día, la antigua mezquita musulmana es conocida como la del “Cristo de la Luz”.

Para recordar tal suceso, en el lugar en donde se arrodillaron los caballos, se colocó un adoquín blanco que permanece en la actualidad llamando la atención de todos los que desconocen este relato.

(Sobre relato de Pablo Gamarra)

Ya tenemos el motivo por el que, según la tradicional leyenda, nos encontramos con esta peculiar piedra blanca en la entrada de la Mezquita del Cristo de la Luz. Pero no acabaremos sin comentar otro relato más reciente, que se remonta a la época de la invasión de las tropas napoleónicas, referida también a tan singular elemento.

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EL CRISTO DE LA LUZ (III)

Hacía poco tiempo que las tropas napoleónicas habían invadido la Península cuando dos oficiales franceses hacían una inspección nocturna por las calles de Toledo. Por casualidad pasaron por delante de la mezquita del Cristo de la Luz, y sintieron curiosidad por saber lo que en aquel templo se guardaba y cuál era el significado de una piedra blanca que destacaba entre el resto de adoquines.

En ese momento pasaba por allí un niño que trataba de conseguir algún alimento para llevarse a su casa. Los franceses cogieron al pequeño con bruscos modales y le exigieron que diera respuesta a su curiosidad.

– ¡Respóndenos, maldito crío!. ¿Qué es este edificio y qué significa este adoquín blanco que resalta entre los demás?.

– Esta iglesia –contestó el asustado niño-, es donde el rey Alfonso VI encontró al Cristo de la Luz tras varios siglos oculto en la pared. Y esta piedra blanca es el lugar donde el caballo del rey se arrodilló al pasar por la puerta del templo.

El pequeño, revolviéndose nerviosamente tras dar respuesta a sus interrogadores, pudo escaparse hábilmente sin que éstos trataran de impedírselo. Los dos oficiales entablaron conversación pensando que nadie les escuchaba:

-¿Qué te parece lo que nos ha dicho el niño? –dijo uno de ellos-. En España todo es superstición.

– Hay que ver para creer cómo son estos dichosos españoles –repuso el otro-.

– Tenemos que acabar con todas estas cosas. Hay que imponer nuevas leyes, costumbres, creencias… ¡Todo!.

– Sí, pero no es tarea de pocos días.

– Se me está ocurriendo –dijo el primero-, que podemos empezar por arrancar esta piedra.

– Deberíamos hacerlo para demostrarles que estamos por encima de sus absurdas creencias –repuso el otro-.

Interrumpió entonces su conversación un toledano, envalentonado por los efectos del vino, que pasaba por allí. Navaja en mano y con los ojos desorbitados les gritó:

– ¡Arrancad del suelo esa piedra si tenéis valor!.

Y puesto en medio de la calle les mostraba amenazante su navaja. Los militares, entre incrédulos y burlones, se miraron entre sí desenvainando sus espadas. Entonces el toledano se acercó a ellos dispuesto a morir en defensa de la piedra que tanto valoraban sus paisanos. Los militares a una, aterrorizados por el valor de aquel hombre, salieron corriendo hasta perderse por las calles, dejando dueño de la calle al borracho que gritaba satisfecho:

– ¡Aquí esta y seguirá estando la piedra blanca del Cristo de la Luz!.

(Sobre relato de Juan Moraleda y Esteban)

 

El Cementerio de La Misericordia

Existe hoy en día extramuros de Toledo, ante la conocida ermita del “Cristo de la Vega”, un peculiar edificio que suele pasar desapercibido para toledanos y visitantes. Se trata del actual “Centro Cultural San Ildefonso”, propiedad de la Diputación Provincial de Toledo, y que se destina a albergar exposiciones y diferentes actos culturales, aunque no con demasiada frecuencia. El edificio rectangular cuenta con dos plantas, y está rodeado por un típico muro de piedra laminada al que se accede por una portada que no tiene nada que envidiar a las de algunos palacios y monumentos del resto de la ciudad. En un lateral, una puerta de hierro forjado permite vislumbrar el interior del recinto.

Centro Cultural San Ildefonso

Centro Cultural San Ildefonso

Todo el conjunto fue restaurado en la última década del pasado siglo XX para cumplir la función que ya hemos comentado.

Hace varios siglos este terreno fue ocupado por la antigua Basílica de Santa Leocadia, que se extendería hasta la ermita del “Cristo de la Vega”, y posiblemente algo más. La tradición afirma que en esta basílica fue enterrado San Ildefonso, antes de que se trasladaran sus restos a Zamora, por lo que dentro de la propia basílica se construyó una ermita dedicada al santo toledano para servirle de sepultura. Y se piensa que aquel pequeño santuario se levantaba precisamente en este pequeño espacio, hasta el siglo XIII, como afirma el Vizconde de Palazuelos en su “Guía Artística de Toledo”.

Centro Cultural "San Ildefonso". Portada

Centro Cultural “San Ildefonso”. Portada

Antecedía a la ermita un pequeño cementerio en el que eran enterrados todos los fallecidos en el Hospital de la Misericordia y otros establecimientos de beneficencia, teniendo constancia de su última utilización para tal fin en el año 1885, en que se declaro en Toledo la última epidemia de cólera. A partir de aquel año solo se enterraron en aquel cementerio a las religiosas de la Caridad que ayudaban en los diferentes hospicios, motivo por el cual comenzó a conocerse de forma más coloquial como “el cementerio de las monjas”

En este caso lo traigo a Misterios de Toledo por una curiosa inscripción en el dintel de la puerta junto a unas ilustraciones bastante gráficas que dejan bien patente la función del edificio. La inscripción reza “Año de 1710. Teme la ora (sic)”, flanqueada por dos calaveras que están cruzadas por sendas tibias.

Centro Cultural "San Ildefonso". Detalle inscripción

Centro Cultural “San Ildefonso”. Detalle inscripción

No encierra gran misterio este detalle, si nos atenemos al lugar en el que está situado. Aunque resulta curioso el mensaje tan explícito e ilustrado.

También resulta curioso, como chascarrillo final, que en este centro cultural se haya instalado en los últimos años una oficina auxiliar para la presentación de la declaración de la renta, por lo que muchos toledanos que hemos acudido a este lugar, borrador en mano, hayamos sentido un escalofrío al cruzar esta puerta y realmente haber temido la hora.

Suceso escrito en piedra

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Siempre me ha llamado la atención una pequeña lápida que hay en la parte exterior del torreón de salida del puente de San Martín, que reza así: “Aquí mataron una muger (sic). Rueguen a Dios por ella. Sucedió a 2 de feb. de el año de 1690”.

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Nada he encontrado al respecto en los escritos de los habituales eruditos toledanos que más datos nos facilitan sobre la ciudad y sus monumentos. Tan sólo el Vizconde de Palazuelos en su “Guía artística de Toledo”, cita esta inscripción sin dar más detalles de los que saltan a la vista: “… junto a la puerta de salida, una pequeña lápida empotrada en la fábrica, en que se indica haber sido muerta en este sitio una mujer en 2 de Febrero de 1690, sin otra noticia del caso“.

Nos quedaremos por tanto sin conocer si aquella mujer fue asesinada, víctima de una ejecución, o cuáles fueron las causas de su muerte. Aún así, aquel suceso hoy desconocido para nosotros, ha quedado grabado en piedra aguantando el paso de los siglos.

Es buena ocasión, sin embargo, para recordar la conocida leyenda sobre la construcción de este bello puente:

EL PUENTE DE SAN MARTIN

(Sobre relato de Eugenio de Olavarría y Huarte)

 

A mediados del siglo XIV comenzó la guerra civil que enfrentó a don Pedro I con su hermanastro don Enrique de Trastámara, hijo bastardo de Alfonso XI. Pese a que todo el territorio peninsular estaba involucrado en la contienda, Toledo jugó un papel muy especial, ya que fue el lugar elegido por el de Trastámara para firmar un pacto de alianza con Francia. Pedro I, que tenía el centro de su gobierno en la ciudad, no veía con buenos ojos que su hermano hiciera uso de ella para pactar con el país vecino, lo que propició duras y sangrientas batallas en Toledo. Don Pedro logró hacerse enseguida con el control de la ciudad, pero no pudo evitar los continuos ataques de su enemigo. Como defensa estratégica decidió minar el arco central del puente de San Martín con una bastida, e impedir de esta manera la entrada del enemigo por el Este de la histórica ciudad.

Fruto negativo de esta contienda civil fue la masiva destrucción de monumentos, entre los que se encontraban el castillo de San Servando, la puerta del Sol y el puente de San Martín.

Tres décadas después, ya con la paz restablecida, el arzobispo don Pedro Tenorio, obsesionado por reparar todos los monumentos deteriorados, se propuso reconstruir el viejo puente. Para ello hizo llamar a un arquitecto de renombre, afamado por su capacidad de reconstruir edificios ruinosos, y le encomendó la misión de volver a dar al puente el uso que reclamaban los vecinos. Acordado el precio y la duración de la obra, el artista se comprometió a construir la obra con esmero y en el plazo más breve establecido.

Pasaron los primeros meses de la obra y el adelanto era palpable, pero el afamado arquitecto, alegre y comunicativo por lo general, había perdido su buen humor y aparecía más huraño de lo que en él era habitual. Cuando por la oscuridad de la noche no podía continuar su trabajo volvía a su casa sin que nadie pudiera arrancarle una palabra, y mucho menos una sonrisa. Sus amigos le preguntaban acerca del cambio de su carácter sin obtener respuesta satisfactoria. No acertaban a explicárselo, ya que la obra avanzaba a pasos agigantados y no era lógico que un hecho tan próspero le produjese tal pesar. Sin embargo su preocupación se acrecentaba día a día.

Posiblemente nunca se hubiera sabido el motivo si el célebre arquitecto no hubiera tenido una mujer que, día tras día y noche tras noche, le preguntara qué era lo que le ocurría. Esta mujer amaba a su marido, y por ello veía con inquietud la tristeza que se había apoderado de éste y la impotencia al tratar de consolarle.

La ingrata historia no nos ha dejado el nombre de esta dama, pero si no hubiera sido por su empeño no conoceríamos el problema de su marido. Encontró muchas negativas, pero sus lágrimas fueron más fuertes que la terquedad del arquitecto, quien al final confesó el motivo de su malestar con la vergüenza en su rostro y lágrimas en sus ojos:

-No sé cómo contártelo –decía sin atreverse a alzar la vista-, pero al trazar el puente he tenido un enorme error en mis cálculos. ¡Yo que nunca me equivoco!. Varias veces e intentado subsanarlo, pero no encuentro la forma de hacerlo. Noches en vela he tratado de encontrar la respuesta, pero es demasiado tarde. Cuando sea retirado el armazón de madera que sostiene el arco central toda la obra vendrá abajo. ¿Sabes que quiere decir eso?. ¡Quedaré deshonrado para siempre!. Y lo que es peor aún, ¡posiblemente me condenen a la cárcel por mi ineptitud!.

La mujer, que escuchó atentamente las explicaciones del artista, trataba de consolarle y prometió ayudarle buscando un medio para evitarle el mal trago que supondría el derrumbamiento del puente. Viendo la desazón de su marido, le dijo:

-No te preocupes, ya verás como encontramos una solución entre los dos.

El hombre, que hasta ahora no había levantado la cabeza, miró fijamente a su esposa, y haciendo un enorme esfuerzo para mantener la mirada dijo:

-¡La muerte, la muerte es mi única esperanza contra el deshonor que me espera!.

Habían pasado algunas noches de esto y los toledanos dormían en plácido sueño. La oscuridad se había hecho dueña de la ciudad, contrastada únicamente por una silueta que portaba una tea encendida. Aquella figura se dirigió al puente en reconstrucción y cruzó por los andamios de madera hasta llegar al arco central. Se trataba de la mujer del arquitecto, que semejante a un fantasma se movía con rapidez aplicando la tea al andamiaje y alejándose después de aquel lugar con paso veloz.

Ardió el maderamen con toda facilidad, se reflejó un resplandor anaranjado en las aguas del río, se oyó un fuerte crujido y se derrumbó el armazón de madera arrastrando consigo el arco que sostenía, quedando el monumento tal y como estaba meses atrás.

Al amanecer toda la población se agolpaba en las dos orillas para contemplar lo que todos achacaban a un accidente fortuito. Entre los observadores se encontraban el arzobispo don Pedro Tenorio, el arquitecto, y su mujer, que sonreía a su esposo con complicidad. Se acercó el arzobispo al arquitecto y le comunicó que las obras deberían comenzar otra vez, con el mismo empeño y en el precio convenido.

Aprendida la lección de su error, el arquitecto reparó todos los defectos que contenían sus primeros cálculos, y abrió el puente al servicio de los vecinos poco tiempo después.

Una vez concluida la obra, la esposa del arquitecto, víctima del remordimiento, pidió una audiencia a don Pedro Tenorio para confesarle la verdad de lo ocurrido. Y el arzobispo al escucharla la perdonó y alabó por el sacrificio realizado para salvar a su esposo.

Y como recompensa, para perpetuar la memoria de tal dama que podía servir de ejemplo a las mujeres de su época, hizo poner sobre la clave del arco central del puente la imagen en piedra de la protagonista de tan fantástica historia.

Si nos fijamos detenidamente en la figura del arco central del puente nos daremos cuenta que corresponde más a la representación de un obispo, posiblemente Pedro Tenorio, que a la de una mujer. Pero la belleza de la leyenda produce que queramos mantener la duda sobre a quién representa, en honor de aquella mujer que tanto arriesgó por proteger la reputación de su marido.

La Posada de la Hermandad

Hay algunos acontecimientos que quedan grabados a fuego en la mente de las personas que pueden tergiversar totalmente la realidad de los hechos. Y un claro ejemplo es el relacionado con la Posada de la Hermandad. Hace bastantes años, si la memoria no me engaña a finales de la década de los 80 o principios de la de los 90, fue el escenario para una exposición de antiguos instrumentos de tortura. Muchos de aquellos instrumentos eran atribuidos a las torturas propias y de la Santa Inquisición, por lo que desde entonces ha venido relacionándose y confundiéndose con la Santa Hermandad, propietaria en tiempos pretéritos de esta conocida como “Posada de la Hermandad”. Lo cierto es que la Santa Hermandad vino castigando también a sus reos con horrendas torturas, pero poco o nada tenía que ver con la Inquisición, más ocupada en asuntos de supuesta índole religiosa.

Un poco de historia

La llamada Hermandad Vieja fue una agrupación de los ganaderos y leñadores de los Montes de Toledo, en tiempos de Alfonso VIII, con el propósito de defenderse de los bandidos o “golfines” que en aquella época plagaban la zona. Fernando III autorizó e institucionalizó esta agrupación dotándola de jurisdicción propia para poder luchar contra los bandidos que actuaban entre el Tajo y el Guadiana, pudiendo juzgarlos y ejecutarlos. Los miembros de esta Hermandad Vieja eran también conocidos como “cuadrilleros”.

En el año 1476 los Reyes Católicos reestructuraron esta institución y la extendieron por todo su reino, denominándose desde entonces “Santa Hermandad”, aunque algunos autores como Martín Gamero sostienen que esto ya ocurrió con Fernando III. El año 1835 Isabel II decidía suprimir definitivamente esta Santa o Vieja Hermandad.

Con el propósito de disponer de sede propia, y poder encarcelar a todos aquellos maleantes se construyó en el siglo XV el edificio que hoy vemos. En el año 1958 se convirtió en “Museo de la Ciudad”, viniéndose a utilizar en los últimos años como centro cultural con diversos actos y diferentes exposiciones.

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Curiosidad:

Parece ser que el célebre Edgar Alan Poe se inspiró en las tenebrosas mazmorras de la Posada de la Hermandad para situar en ella su obra “El Pozo y el Péndulo”, que narra los pensamientos y angustias de un reo que espera su trágico desenlace, y que reproduzco a continuación.

EL POZO Y EL PÉNDULO

      Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal; les vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento.
Durante varios momentos de espanto frenético vi también la blanda y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras que cubrían las paredes de la sala, y mi vista cayó entonces sobre los siete grandes hachones que se habían colocado sobre la mesa. Tomaron para mí, al principio, el aspecto de la caridad, y los imaginé ángeles blancos y esbeltos que debían salvarme. Pero entonces, y de pronto, una náusea mortal invadió mi alma, y sentí que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera estado en contacto con el hilo de una batería galvánico. Y las formas angélicas convertíanse en insignificantes espectros con cabeza de llama, y claramente comprendí que no debía esperar de ellos auxilio alguno. Entonces, como una magnífica nota musical, se insinuó en mi imaginación la idea del inefable reposo que nos espera en la tumba. Llegó suave, furtivamente; creo que necesité un gran rato para apreciarla por completo. Pero en el preciso instante en que mi espíritu comenzaba a sentir claramente esa idea, y a acariciarla, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia; los grandes hachones se redujeron a la nada; sus llamas se apagaron por completo, y sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las sensaciones parecieron desaparecer como en una zambullida loca y precipitada del alma en el Hades. Y el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad.
Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no intentaré definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba perdido. En medio del más profundo sueño…. ¡no! En medio del delirio…. ¡no! En medio del desvanecimiento…. ¡no! En medio de la muerte…, ¡no! Si fuera de otro modo, no habría salvación para el hombre. Cuando nos despertamos del más profundo sueño, rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un segundo más tarde es tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado.
Dos grados hay, al volver del desmayo a la vida: el sentimiento de la existencia moral o espiritual y el de la existencia física. Parece probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos de evocar las impresiones del primero, volveríamos a encontrar todos los recuerdos elocuentes del abismo trasmundano. Y ¿cuál es ese abismo? ¿Cómo, al menos, podremos distinguir sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado primer grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser solicitadas, mientras, maravillados, nos preguntarnos de dónde proceden? Quien no se haya desmayado nunca no descubrirá extraños palacios y casas singularmente familiares entre las ardientes llamas; no será el que contemple, flotando en el aire, las visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar; no será el que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el que se perderá en el misterio de alguna melodía que nunca hubiese llamado su atención hasta entonces.
En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de vacío, hubo instantes en que soñé triunfar. Tuve momentos breves, brevísimos, en que he llegado a condensar recuerdos que en épocas posteriores mi razón lúcida me ha afirmado no poder referirse sino a ese estado en que parece aniquilada la conciencia. Muy confusamente me presentan esas sombras de recuerdos grandes figuras que me levantaban, transportándome silenciosamente hacia abajo, aún más hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que me invadió un vértigo espantoso a la simple idea del infinito en descenso.
También me recuerdan no sé qué vago espanto que experimentaba el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese corazón. Luego, el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo lo que me rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo de espectros, hubieran pasado, al descender, los límites de lo ilimitado, y se hubiesen detenido, vencidos por el hastío infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación de insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una memoria que se agita en lo abominable. De pronto vuelven a mi alma un movimiento y un sonido: el movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos. Luego, un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de nuevo, el movimiento y el tacto, como una sensación vibrante penetradora de mi ser. Después la simple conciencia de mi existencia sin pensamiento, sensación que duró mucho. Luego, bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me producía escalofríos y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero estado. Después, un vivo afán de caer en la insensibilidad. Luego, un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo. Y el olvido más completo en torno a lo que ocurrió más tarde. únicamente después, y gracias a la constancia más enérgica, he logrado recordarlo vagamente.
No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero sentía que estaba tendido de espaldas y sin ataduras. Extendí la mano y pesadamente cayó sobre algo húmedo y duro. Durante algunos minutos la dejé descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar dónde podía encontrarme y lo que había sido de mí. Sentía una gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero no me atreví. Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas que me rodeaban. No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la idea de no ver nada.
A la larga, con una loca angustia en el corazón, abrí rápidamente los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues, confirmado. Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera era intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e hice un esfuerzo por emplear mi razón. Recordé los procedimientos inquisitoriales, y, partiendo de esto, procuré deducir mi posición verdadera. Había sido pronunciada la sentencia, y me parecía que desde entonces había transcurrido un largo intervalo de tiempo. No obstante, ni un solo momento imaginé que estuviera realmente muerto. A pesar de todas las ficciones literarias, semejante idea es absolutamente incompatible con la existencia real. Pero ¿dónde me encontraba y cuál era mi estado? Sabía que los condenados a muerte morían con frecuencia en los autos de fe. La misma tarde del día de mi juicio habíase celebrado una solemnidad de especie. ¿Me habían llevado, acaso, de nuevo a mi calabozo para aguardar en él el próximo sacrificio que había de celebrarse meses más tarde? Desde el principio comprendí que esto no podía ser. Inmediatamente había sido puesto en requerimiento el contingente de víctimas, Por otra parte, mi primer calabozo, como todas las celdas de los condenados, en Toledo, estaba empedrado y había en él alguna luz.
Repentinamente, una horrible idea aceleró mi sangre en torrentes hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en mi insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté sobre mis pies, temblando convulsivamente en cada fibra. Desatinadamente, extendí mis brazos por encima de mi cabeza y a mi alrededor, en todas direcciones. No sentí nada. No obstante, temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros, y en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A la larga, se me hizo intolerable la agonía de la incertidumbre y avancé con precaución, extendiendo los brazos y con los ojos fuera de sus órbitas, con la esperanza de hallar un débil rayo de luz. Di algunos pasos, pero todo estaba negro. Respiré con mayor libertad. Por fin, me pareció evidente que el destino que me habían reservado no era el más espantoso de todos. Y entonces, mientras precavidamente continuaba avanzando, se confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre los horrores de Toledo corrían. Sobre esos calabozos contábanse cosas extrañas. Yo siempre había creído que eran fábulas; pero, sin embargo, eran tan extraños, que sólo podían repetirse en voz baja. ¿Debía morir yo de hambre, en aquel subterráneo mundo de tinieblas, y qué muerte más terrible quizá me esperaba? Puesto que conocía demasiado bien el carácter de mis jueces, no podía dudar de que el resultado era la Muerte, y una muerte de una amargura escogida. Lo que sería, y la hora de su ejecución, era lo único que me preocupaba y me aturdía.
Mis extendidas manos encontraron, por último, un sólido obstáculo, Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa, húmeda y fría. La fui siguiendo de cerca, caminando con la precavida desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones antiguas. Sin embargo, esta operación no me proporcionaba medio alguno para examinar la dimensión de mi calabozo, pues podía dar la vuelta y volver al punto de donde había partido sin darme cuenta de lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista de ello busqué el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos cuando fui conducido al tribunal. Pero había desaparecido, porque mis ropas habían sido cambiadas por un traje de grosera estameña.
Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de partida, había pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no obstante, al principio, debido al desorden de mi pensamiento, me pareció insuperable. Rasgué una tira de la orla de mi vestido y la coloqué en el suelo en toda su longitud, formando un ángulo recto con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno a mi calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo de tela. Por lo menos, esto era lo que yo creía; pero no había tenido en cuenta ni las dimensiones de la celda ni mi debilidad. El terreno era húmedo y resbaladizo. Tambaleándome, anduve durante algún rato. Después tropecé y caí. Mi gran cansancio me decidió a continuar tumbado, y no tardó el sueño en apoderarse de mí en aquella posición. Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado un pan y un cántaro con agua. Estaba demasiado agotado para reflexionar en tales circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde reemprendí mi viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente logré llegar al trozo de estameña. En el momento de caer había contado ya cincuenta y dos pasos, y desde que reanudé el camino hasta encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que medía un total de cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran una yarda, calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de mi calabozo. Sin embargo, había tropezado con numerosos ángulos en la pared y esto impedía el conjeturar la forma de la cueva, pues no había duda alguna de que aquéllo era una cueva.
No ponía gran interés en aquellas investigaciones, y con toda seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me impulsó a continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la superficie de mi prisión. Al principio procedí con extrema precaución, pues el suelo, aunque parecía ser de una materia dura, era traidor por el limo que en él había. No obstante, al cabo de un rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando cruzarlo en línea recta. De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el trozo rasgado que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome caer de bruces violentamente.
En la confusión de mi caída no noté al principio una circunstancia no muy sorprendente y que, no obstante, segundos después, hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención. Mi barbilla apoyábase sobre el suelo del calabozo, pero mis labios y la parte superior de la cabeza, aunque parecían colocados a menos altura que la barbilla, no descansaban en ninguna parte. Me pareció, al mismo tiempo, que mi frente se empapaba en un vapor viscoso y que un extraño olor a setas podridas llegaba hasta mi nariz. Alargué el brazo y me estremecí descubriendo que había caído al borde mismo de un pozo circular cuya extensión no podía medir en aquel momento. Tocando las paredes precisamente debajo del brocal, logré arrancar un trozo de piedra y la dejé caer en el abismo. Durante algunos segundos presté atención a sus rebotes. Chocaba en su caída contra las paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió por último en el agua, despertando ecos estridentes. En el mismo instante dejóse oír un ruido sobre mi cabeza, como de una puerta abierta y cerrada casi al mismo tiempo, mientras un débil rayo de luz atravesaba repentinamente la oscuridad y se apagaba en seguida.
Con toda claridad vi la suerte que se me preparaba, y me felicité por el oportuno accidente que me había salvado. Un paso más, y el mundo no me hubiera vuelto a ver. Aquella muerte, evitada a tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como fabuloso y absurdo en las historias que sobre la Inquisición había oído contar. Las víctimas de su tiranía no tenían otra alternativa que la muerte, con sus crueles agonías físicas o con sus abominables torturas morales. Esta última fue la que me había sido reservada. Mis nervios estaban abatidos por un largo sufrimiento, hasta el punto que me hacía temblar el sonido de mi propia voz, y me consideraba por todos motivos una víctima excelente para la clase de tortura que me aguardaba.
Temblando, retrocedí a tientas hasta la pared, decidido a dejarme morir antes que afrontar el horror de los pozos que en las tinieblas de la celda multiplicaba mi imaginación. En otra situación de ánimo hubiese tenido el suficiente valor para concluir con mis miserias de una sola vez, lanzándome a uno de aquellos abismos; pero en aquellos momentos era yo el más perfecto de los cobardes. Por otra parte, me era imposible olvidar lo que había leído con respecto a aquellos pozos, de los que se decía que la extinción repentina de la vida era una esperanza cuidadosamente excluida por el genio infernal de quien los había concebido.
Durante algunas horas me tuvo despierto la agitación de mi ánimo. Pero, por último, me adormecí de nuevo. Al despertarme, como la primera vez, hallé a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me consumía una sed abrasadora, y de un trago vacié el cántaro. Algo debía de tener aquella agua, pues apenas bebí sentí unos irresistibles deseos de dormir. Caí en un sueño profundo parecido al de la muerte No he podido saber nunca cuánto tiempo duró; pero, al abrir los ojos, pude distinguir los objetos que me rodeaban. Gracias a una extraña claridad sulfúrea, cuyo origen no pude descubrir al principio, podía ver la magnitud y aspecto de mi cárcel.
Me había equivocado mucho con respecto a sus dimensiones. Las paredes no podían tener más de veinticinco yardas de circunferencia. Durante unos minutos, ese descubrimiento me turbó grandemente, turbación en verdad pueril, ya que, dadas las terribles circunstancias que me rodeaban, ¿qué cosa menos importante podía encontrar que las dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma ponía un interés extraño en las cosas nimias, y tenazmente me dediqué a darme cuenta del error que había cometido al tomar las medidas de aquel recinto. Por último se me apareció como un relámpago la luz de la verdad. En mi primera exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento de caer. En ese instante debía encontrarme a uno o dos pasos del trozo de tela. Realmente, había efectuado casi el circuito de la cueva. Entonces me dormí, y al despertarme, necesariamente debí de volver sobre mis pasos, creando así un circuito casi doble del real. La confusión de mi cerebro me impidió darme cuenta de que había empezado la vuelta con la pared a mi izquierda y que la terminaba teniéndola a la derecha. También me había equivocado por lo que respecta a la forma del recinto. Tanteando el camino, había encontrado varios ángulos, deduciendo de ello la idea de una gran irregularidad; tan poderoso es el efecto de la oscuridad absoluta sobre el que sale de un letargo o de un sueño. Los ángulos eran, sencillamente, producto de leves depresiones o huecos que se encontraban a intervalos desiguales. La forma general del recinto era cuadrada. Lo que creía mampostería parecía ser ahora hierro u otro metal dispuesto en enormes planchas, cuyas suturas y junturas producían las depresiones.
Toda la superficie de aquella construcción metálica estaba embadurnada groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la superstición sepulcral de los frailes. Figuras de demonios con amenazadores gestos, con formas de esqueleto y otras imágenes de horror más realista, llenaban en toda su extensión las paredes. Me di cuenta de que los contornos de aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros, pero que los colores parecían manchados y estropeados por efecto de la humedad del ambiente. Vi entonces que el suelo era de piedra. En su centro había un pozo circular, de cuya boca había yo escapado, pero no vi que hubiese alguno más en el calabozo.
Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo, pues mi situación física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de armadura de madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que parecía de cuero. Enrollábase en distintas vueltas en torno a mis miembros y a mi cuerpo, dejando únicamente libres mi cabeza y mi brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer un violento esfuerzo para alcanzar el alimento que contenía un plato de barro que habían dejado a mi lado sobre el suelo. Con verdadero terror me di cuenta de que el cántaro había desaparecido, y digo con terror porque me devoraba una sed intolerable. Creí entonces que el plan de mis verdugos consistía en exasperar esta sed, puesto que el alimento que contenía el plato era una carne cruelmente salada.
Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión. Hallábase a una altura de treinta o cuarenta pies y pareciese mucho, por su construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras llamó mi atención una figura de las más singulares. Era una representación pintada del Tiempo, tal como se acostumbra representarle, pero en lugar de la guadaña tenía un objeto que a primera vista creí se trataba de un enorme péndulo como los de los relojes antiguos. No obstante, algo había en el aspecto de aquella máquina que me hizo mirarla con más detención. Mientras la observaba directamente, mirando hacia arriba, pues hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver que se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su balanceo era corto y, por tanto, muy lento. No sin cierta desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza, la observé durante unos minutos. Cansado, al cabo, de vigilar su fastidioso movimiento, volví mis ojos a los demás objetos de la celda.
Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y vi algunas enormes ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba, subieron en tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas por el olor de la carne. Me costó gran esfuerzo y atención apartarlas.
Transcurrió media hora, tal vez una hora —pues apenas imperfectamente podía medir el tiempo—, cuando, de nuevo, levanté los ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y sorprendido. El camino del péndulo había aumentado casi una yarda, y, como consecuencia natural, su velocidad era también mucho mayor. Pero, principalmente, lo que más me impresionó fue la idea de que había descendido visiblemente. Puede imaginarse con qué espanto observé entonces que su extremo inferior estaba formado por una media luna de brillante acero, que, aproximadamente, tendría un pie de largo de un cuerno a otro. Los cuernos estaban dirigidos hacia arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado como una navaja barbera. También parecía una navaja barbera, pesado y macizo, y ensanchábase desde el filo en una forma ancha y sólida. Se ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello silbaba moviéndose en el espacio.
Ya no había duda alguna con respecto a la suerte que me había preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del pozo, cuyos horrores habían sido reservados para un hereje tan temerario como yo; del pozo, imagen del infierno, considerado por la opinión como la última Tule de todos los castigos. El más fortuito de los accidentes me había salvado de caer en él, y yo sabía que el arte de convertir el suplicio en un lazo y una sorpresa constituía una rama importante de aquel sistema fantástico de ejecuciones misteriosas. Por lo visto, habiendo fracasado mi caída en el pozo, no figuraba en el demoníaco plan arrojarme a él. Por tanto, estaba destinado, y en este caso sin ninguna alternativa, a una muerte distinta y más dulce. ¡Más dulce! En mi agonía, pensando en el uso singular que yo hacía de esta palabra, casi sonreí.
¿Para qué contar las largas, las interminables horas de horror, más que mortales, durante las que conté las vibrantes oscilaciones del acero? Pulgada a pulgada, línea a línea, descendía gradualmente, efectuando un descenso sólo apreciable a intervalos, que eran para mí más largos que siglos. Y cada vez más, cada vez más, seguía bajando, bajando.
Pasaron días, tal vez muchos días, antes de que llegase a balancearse lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con su aire acre. Hería mi olfato el olor del acero afilado. Rogué al Cielo, cansándolo con mis súplicas, que hiciera descender más rápidamente el acero. Enloquecí, me volví frenético, hice esfuerzos para incorporarme e ir al encuentro de aquella espantosa y movible cimitarra. Y luego, de pronto, se apoderó de mí una gran calma y permanecí tendido, sonriendo a aquella muerte brillante, como podría sonreír un niño a un juguete precioso. Transcurrió luego un instante de perfecta insensibilidad. Fue un intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció que el péndulo hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es posible que aquel tiempo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían seres infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a su capricho podían detener la vibración.
Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad indecibles, como resultado de una enorme inanición. Aun entre aquellas angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un esfuerzo penoso, extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis ligaduras me lo permitían, y me apoderé de un pequeño sobrante que las ratas se habían dignado dejarme. Al llevarme un pedazo a los labios, un informe pensamiento de extraña alegría, de esperanza, se alojó en mi espíritu. No obstante, ¿qué había de común entre la esperanza y yo? Repito que se trataba de un pensamiento informe. Con frecuencia tiene el hombre pensamientos así, que nunca se completan. Me di cuenta de que se trataba de un pensamiento de alegría, de esperanza, pero comprendí también que había muerto al nacer. Me esforcé inútilmente en completarlo, en recobrarlo. Mis largos sufrimientos habían aniquilado casi por completo las ordinarias facultades de mi espíritu. Yo era un imbécil, un idiota.
La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano que formaba ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría la tela de mi traje, volvería luego y repetiría la operación una y otra vez. A pesar de la gran dimensión de la curva recorrida —unos treinta pies, más o menos— y la silbante energía de su descenso, que incluso hubiera podido cortar aquellas murallas de hierro, todo cuanto podía hacer, en resumen, y durante algunos minutos, era rasgar mi traje.
Y en este pensamiento me detuve. No me atrevía a ir más allá de él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con esta insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la cuchilla. Empecé a pensar en el sonido que produciría ésta al pagar sobre mi traje, y en la extraña y penetrante sensación que produce el roce de la tela sobre los nervios. Pensé en todas esas cosas, hasta que los dientes me rechinaron. Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más bajo. Yo hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba abajo con su velocidad lateral. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia la izquierda. Después se iba lejos, lejos, y volvía luego, con el chillido de un alma condenada, hasta mi corazón con el andar furtivo del tigre. Yo aunaba y reía alternativamente, según me dominase una u otra idea. Más bajo, invariablemente, inexorablemente más bajo. Movíase a tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intenté libertar con violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el codo hasta la mano. únicamente podía mover la mano desde el plato que habían colocado a mi lado hasta mi boca; sólo esto, y con un gran esfuerzo. Si hubiera podido romper las ligaduras por encima del codo, hubiese cogido el péndulo e intentado detenerlo, lo que hubiera sido como intentar detener una avalancha. Siempre más bajo, incesantemente, inevitablemente más bajo. Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración. Mis ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída, con el ardor de la desesperación más enloquecida; espasmódicamente, cerrábanse en el momento del descenso sobre mí. Aun cuando la muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, qué alivio más indecible! Y, sin embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que bastaría que la máquina descendiera un grado para que se precipitara sobre mi pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios temblaban, y hacían encoger todo mi ser a causa de la esperanza. Era la esperanza, la esperanza triunfante aún sobre el potro, que dejábase oír al oído de los condenados a muerte, incluso en los calabozos de la Inquisición.
Comprobé que diez o doce vibraciones, aproximadamente, pondrían el acero en inmediato contacto con mi traje. Y con esta observación entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de la desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos días, tal vez, pensé por vez primera. Se me ocurrió que la tira o correa que me ataba era de un solo trozo. Estaba atado con una ligadura continuada. La primera mordedura de la cuchilla de la media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa, tenía que desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la desenrollara de mí cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este caso, su proximidad! El resultado de la más ligera sacudida había de ser mortal. Por otra parte ¿habrían previsto o impedido esta posibilidad los secuaces del verdugo? ¿Era probable que en el recorrido del péndulo atravesasen mi pecho las ligaduras? Temblando al imaginar frustrada mi débil esperanza, la última, realmente, levanté mi cabeza no bastante para ver bien mi pecho. La correa cruzaba mis miembros estrechamente, juntamente con todo mi cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla homicida.
Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su primera posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo sabría definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no formada de la idea de libertad que ya he expuesto, y de la que vagamente había flotado en mi espíritu una sola mitad cuando llevé a mis labios ardientes el alimento. Ahora, la idea entera estaba allí presente, débil, apenas viable, casi indefinida, pero, en fin, completa. Inmediatamente, con la energía de la desesperación, intenté llevarla a la práctica.
Hacía varias horas que cerca del caballete sobre el que me hallaba acostado se encontraba un número incalculable de ratas. Eran tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos rojos, como si no esperasen más que mi inmovilidad para hacer presa. «¿A qué clase de alimento —pensé— se habrán acostumbrado en este pozo?»
Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis esfuerzos para impedirlo, habían devorado el contenido del plato. Mi mano se acostumbró a un movimiento de vaivén hacia el plato; pero a la larga, la uniformidad maquinal de ese movimiento le había restado eficacia. Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales de sus agudos dientes en mis dedos. Con los restos de la carne aceitosa y picante que aún quedaba, froté vigorosamente mis ataduras hasta donde me fue posible hacerlo, y hecho esto retiré mi mano del suelo y me quedé inmóvil y sin respirar.
Al principio, lo repentino del cambio y el cese del movimiento hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró más de un instante. No había yo contado en vano con su glotonería. Viéndome sin movimiento, una o dos de las más atrevidas se encaramaron por el caballete y olisquearon la correa. Todo esto me pareció el preludio de una invasión general. Un nuevo tropel surgió del pozo. Agarráronse a la madera, la escalaron y a centenares saltaron sobre mi cuerpo. Nada las asustaba, ni el movimiento regular del péndulo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Se apretaban moviéndose y se amontonaban incesantemente sobre mí. Sentía que se retorcían sobre mí garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios.
Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se multiplicaba constantemente. Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido en el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un pesado vómito. Un minuto más, y me daba cuenta de que la operación habría terminado. Sobre mí sentía perfectamente la distensión de las ataduras. Me daba cuenta de que en más de un sitio habían de estar cortadas. Con una resolución sobrehumana, continué inmóvil.
No me había equivocado en mis cálculos. Mis sufrimientos no habían sido vanos. Sentí luego que estaba libre. En pedazos, colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del péndulo efectuábase ya sobre mi pecho. La estameña de mi traje había sido atravesada y cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones más, y un agudo dolor atravesó mis nervios. Pero había llegado el instante de salvación. A un ademán de mis manos, huyeron tumultuosamente mis libertadoras. Con un movimiento tranquilo y decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el banquillo, me deslicé fuera del abrazo de la tira y del alcance de la cimitarra. Cuando menos, por el momento estaba libre. ¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas había escapado de mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por el suelo de mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal y la oí subir atraída hacia el techo por una fuerza invisible. Aquella fue una lección que llenó de desesperación mi alma. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados. ¡Libre! Había escapado de la muerte bajo una determinada agonía, sólo para ser entregado a algo peor que la muerte misma, y bajo otra nueva forma. Pensando en ello, fijé convulsivamente mis ojos en las paredes de hierro que me rodeaban. Algo extraño, un cambio que en un principio no pude apreciar claramente, se había producido con toda evidencia en la habitación. Durante varios minutos en los que estuve distraído, lleno de ensueños y de escalofríos, me perdí en conjeturas vanas e incoherentes.
Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de anchura, que extendiese en torno del calabozo en la base de las paredes, que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban, completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella abertura, aunque como puede imaginarse, inútilmente. Al levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto, el misterio de la alteración que la celda había sufrido. Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y brillaban cual fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente, quería considerar completamente imaginario. ¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. No había duda con respecto al deseo de mis verdugos, los más despiadados, los más demoníacos de todos los hombres.
Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo. El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más ocultas. No obstante durante un minuto de desvarío, mi espíritu negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello penetró en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar! ¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me aparté del brocal, y, escondido mi rostro entre las manos, lloré con amargura.
El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez más los ojos, temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un segundo cambio, y ése efectuábase, evidentemente, en la forma. Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La venganza de la Inquisición era rápida, y dos veces la había frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto, obtusos los otros dos. Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente el terrible contraste.
En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. «¡La muerte! —me dije—. ¡Cualquier muerte, menos la del pozo!» ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo que pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión? Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto. Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza irresistible. Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos…
Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogió el mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.

Detalle en un calabozo de la Posada de la Hermandad. Fotografía de M. Rex

Detalle en un calabozo de la Posada de la Hermandad. Fotografía de M. Rex

Fotografía de Contando Estrelas

Detalle en un calabozo de la Posada de la Hermandad. Fotografía de Contando Estrelas

Fotografía de Contando Estrelas

Detalle en un calabozo de la Posada de la Hermandad. Fotografía de Contando Estrelas

Sucesos extraños:

Al margen de leyendas tradicionales y exposiciones más o menos truculentas, en los últimos años se han escuchado diferentes sucesos extraños ocurridos en el interior de los muros de este histórico edificio. La primera vez que escuché algo al respecto fue en el año 1998, en una conferencia a cargo del profesor Fernando Ruiz de la Puerta, celebrada en el paraninfo de la Universidad Lorenzana, con el título “Las Casas Encantadas de Toledo”, en el que detalló a todos los asistentes como en los años anteriores numerosas personas habían sido víctimas de diferentes fenómenos y sensaciones. Fue en la época en que las dependencias de la Posada de la Hermandad habían sido utilizadas provisionalmente como aulas del conservatorio, cuando profesores y alumnos aseguraban haber visto, pero sobre todo sentido, presencias extrañas. No facilitó muchos más detalles al respecto.

Quiso la casualidad que poco tiempo después el Ayuntamiento cediera a una Asociación Cultural, de la que yo era miembro, una habitación del edificio para poder utilizarla como sede y almacenar allí nuestros enseres y documentos. He de reconocer que por lo escuchado previamente en la citada conferencia pudiera ir con algo de sugestión, pero bien es cierto que en ningún momento me encontré cómodo en los largos ratos que tuve que permanecer a solas en aquella habitación. No fui capaz por entonces de probar a realizar ninguna grabación por el temor de poder captar algo que me impidiera volver con un mínimo de tranquilidad a aquel lugar, aunque hubiera sido complicado extraer algo en limpio, ya que a través del pequeño patio se colaban numerosas voces y sonidos de los edificios aledaños. En mi caso, insisto, tal vez por fuerza de la sugestión, todo eran impresiones desagradables al permanecer allí, con la incómoda sensación de verme observado, o al menos que no estaba solo a pesar de que en realidad sí que era así.

Por aquellos días también sucedió algo que trascendió y de lo que incluso se habló en algún medio de comunicación. Uno de los conserjes estaba revisando el edificio antes de cerrar para asegurarse que no quedaba nadie dentro, cuando sintió una mano sobre su hombro. Se dio la vuelta para comprobar de quien se trataba y comprobó que tras él no había nadie. Asustado salió corriendo, abandonó el edificio, y cerró la puerta principal. Al día siguiente lo comentó con varios compañeros, y entraron juntos para revisar todas las dependencias, comprobando que allí dentro no había quedado nadie encerrado.

En este audio del programa “La Novena Puerta” de DSK radio relatan cómo fue aquel suceso.

Ya hace unos años de aquello, y las veces que he vuelto a la Posada de la Hermandad las sensaciones han sido diferente. Posiblemente porque ha sido para visitar exposiciones con bastante concurrencia de público, y no es lo mismo que permanecer sólo allí dentro. Pero desde luego, las historias y leyendas de sus mazmorras son suficiente para no sentirse cómodo en su interior.

Sucesos extraños en el Alcázar de Toledo

Un poco de historia:

Emplazado sobre una elevada y estratégica colina, es éste el motivo que ha justificado la existencia de una fortaleza más o menos importante en este mismo lugar desde épocas remotas. Según restos encontrados podemos confirmar este supuesto desde prácticamente tiempos romanos. Este hecho no pasa desapercibido para el reconquistador Alfonso VI, quien aprovechando restos de un castillo árabe levantó una fortaleza encomendando la vigilancia a Rodrigo Díaz de Vivar “el Cid Campeador”. El edificio debería poseer especial importancia, ya que era el lugar elegido como residencia por los monarcas durante su estancia en Toledo.

En el siglo XVI, con Carlos V ocupando el trono, llegó el momento cumbre del Alcázar, ya que el soberano quiso reformarlo creando un palacio digno del Emperador. Alonso de Covarrubias fue el encargado de las trazas en 1537, diseño que fue seguido por Francisco de Villalpando, Juan de Herrera y más constructores de reputada talla. Un siglo después, con el traslado de la capital a Madrid, el edificio perdió la principal función para la que había sido destinado y comenzó un período de declive, sufriendo distintas utilizaciones: cuadra, granero, cárcel, etc.

En 1710 fue incendiado por las tropas del archiduque Carlos, siendo restaurado en 1774 por Ventura Rodríguez para convertirlo en Real Casa de Caridad por orden del cardenal Lorenzana. Otro incendio, provocado en 1810 por las tropas napoleónicas, asoló de nuevo el edificio, que no fue rehecho hasta 1867 para ser utilizado como Academia de Infantería. No fue éste el último incendio sufrido, ya que en 1887 el edificio fue de nuevo pasto de las llamas, siendo posteriormente reparado con aspecto más notable.

El grandioso edificio fue de nuevo protagonista del desastre, ya que en 1936, a causa de la Guerra Civil española, el edificio fue prácticamente reducido a escombros. Afortunadamente fue reconstruido por el Ministerio del Ejército y Regiones Devastadas. Para ello utilizaron como modelo fotografías y planos existentes, dotando al Alcázar de un aspecto similar al que presentaba antes de su destrucción.

Durante los últimos años el Alcázar albergó dependencias del Gobierno Militar, siendo actualmente sede de la Biblioteca de Castilla la Mancha y desde el año 2010 el Museo del Ejército.

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Con todo lo sucedido a lo largo de la historia en el emblemático edificio, incluidas múltiples tragedias como la acontecida en el verano de 1936, en que el Alcázar fue testigo y protagonista de una Guerra Civil que enfrentó a hermanos y amigos entre sí y esperemos que no vuelva a repetirse jamás, es normal que se considere que el monumento esté “impregnado” de energías que puedan manifestarse de una u otra forma.

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A mediados de la década de los noventa del pasado siglo, una conocida publicación toledana se hizo eco de ciertas habladurías que corrían como la pólvora. Por entonces el edificio, además de como museo, era utilizado como gobierno militar. No es de extrañar entonces que la vigilancia de parte de sus instalaciones fuera llevada a cabo por los reclutas de un servicio militar que vivía sus últimos años. Fueron algunos de estos reclutas los que afirmaban haber vivido algunos momentos un tanto insólitos. Afirmaban que durante sus guardias se acercaba a ellos un militar de alta graduación, con uniforme que catalogaban de anticuado, que les recriminaba no cuadrarse y realizar el saludo correctamente, marchándose de igual manera que había llegado. Al finalizar su guardia, y dar las novedades al superior correspondiente, este no acertaba a saber de quién podría tratarse, ya que en ese momento no se encontraba ningún oficial o suboficial dentro del Alcázar.

Por aquella época también fue cuando el célebre profesor e investigador F. Ruiz de la Puerta, con otros acompañantes, realizó una psicofonía en una casa cercana, que ha sido emitida en numerosos programas especializados en el misterio. En dicha psicofonía, entre la conversación de los investigadores parecen colarse unas voces de fondo que gritan “cerdos, fascistas, asesinos…”

En el año 1999 tuve la oportunidad, junto a mi buen amigo D. Yáñez, de poder filmar con el edificio cerrado al público todas las dependencias del museo, incluyendo los sótanos y otras estancias hoy no disponibles, pudiéndome dar cuenta en ese momento de la sensación que uno vive al recorrer sólo el interior de estos muros que vivieron unos momentos tan trágicos. La calidad del vídeo no es muy buena, pero sirve para recordar cómo eran estos espacios abiertos al público hasta hace no muchos años.

Más recientemente, y desde que en su interior se encuentra la Biblioteca de Castilla la Mancha y el Museo del Ejército, son también varios los trabajadores que aseguran haber vivido algún que otro fenómeno extraño, aunque son reticentes a la hora de facilitar detalles. Luces que se apagan y se encienden solas cuando los vigilantes realizan sus rondas, objetos que aparecen en lugares que no deberían estar, sombras fugaces que se ven por ciertos rincones es algo que parecen vivir con cierta asiduidad.

La fortuna que tenemos con este histórico monumento es que cualquier ciudadano puede visitar su biblioteca o el Museo del Ejército, pudiendo acceder prácticamente cualquier día a gran parte de sus dependencias. Aunque por supuesto no es lo mismo que permanecer dentro cuando nadie o casi nadie queda en su interior.

Polvorines de la Fábrica de Armas

Tengo previsto realizar en breve una entrada sobre la el Campus Universitario de la Fábrica de Armas, y es que, según el profesor Ruiz de la Puerta, éste es sin duda el punto más caliente de fenómenos extraños en Toledo. Mientras estoy recopilando material al respecto he recibido un par de correos comentándome ciertos rumores y habladurías respecto a la zona de los polvorines de la Fábrica de Armas, que se encuentran al otro lado del río, y a la que se accede desde la zona conocida como “La Olivilla”.

No le di mucha importancia en un principio a estos correos, ya que provenían de fuentes anónimas y desconocidas para mí, y facilitaban datos muy vagos y más propios de leyendas urbanas conocidas en Toledo, pero con base poco sólida. Me alertaban sobre la posibilidad de la celebración de extraños ritos en los ruinosos edificios a cargo de extraños personajes encapuchados, en los que encendían hogueras e incluso sacrificaban animales. Afirmaba una de estas fuentes que en cierta ocasión presenció como un grupo de unos ocho individuos que se ocultaban bajo una capucha huían a toda velocidad de uno de estos edificios dispersándose por diferentes caminos de la zona.

Hace años, concretamente durante la primera mitad de la década de los 90, hubo cierto auge de algunas sectas de corte satánico en toda España, y Toledo no se libró de ella. Los cementerios del barrio de Azucaica y el propio de Toledo fueron profanados, y los expertos lo atribuyeron a rituales de este tipo de sectas. En muchos callejones del Casco Histórico de Toledo aparecieron diferentes pintadas, que afirmaban los estudiosos no podrían ser obra de bromistas, y durante un buen tiempo se habló de ello, y con el tiempo pasó al olvido.

Al no ser un experto en este tema no puedo afirmar nada con rotundidad, pero la lógica me hace pensar que en caso de que volvieran a aflorar este tipo de sectas en la ciudad no se reunirían en un lugar de tan fácil acceso al resto de mortales, sino que lo harían en un lugar a salvo de miradas ajenas. Por eso lo consideré una simple anécdota, fruto posiblemente de un grupo de bromistas, y decidí no darle importancia.

Sin embargo hace unos días pasé ante la entrada de la zona de los polvorines, y por simple curiosidad decidí entrar a echar un vistazo. Es un parque que ya conocía con anterioridad, ya que ofrece muy buenas vistas de Toledo y a pesar del estado de abandono al que está sometido es un lugar agradable para pasear. Pero en ese momento, con mi cámara de foto colgada al hombro y la grabadora preparada, quería observar más detenidamente aquellos edificios medio ruinosos que siempre habían pasado inadvertidos para mi.

Lo primero que me gustaría advertir es que se trata de un lugar peligroso por causas físicas, y es que el estado de abandono se refleja en la falta de tapaderas de alcantarillas que pueden ocasionar un buen disgusto a cualquier transeúnte que camine por allí con poca luz. Por ello recomiendo encarecidamente no transitar por allí cuando no haya luz.

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polvorines 058Al poco de entrar por la puerta de acceso desde “La Olivilla” nos encontramos con el primer polvorín, sin ningún tipo de restricción de acceso, completamente abandonado, y lleno de graffitis.

polvorines 008polvorines 009polvorines 010polvorines 011Poco más abajo de este, de tamaño algo mayor y con unas vistas impresionantes a Toledo, existe otro polvorín, también completamente abandonado, lleno de pintadas, y con indicios de que allí hace poco ha podido pernoctar alguien, al encontrar enseres como mantas y colchones viejos, así como restos de hogueras y envases de combustible. Al haber también cascos viejos lo más probable es que allí se refugiaran recientemente, en época de frío, algunos operarios de obras que se realizaran en la zona. Respecto al tipo de pintadas, nada atribuible a esos “extraños ritos” que me indicaban, bajo mi punto de vista.

polvorines 015polvorines 018polvorines 019Prácticamente frente a este segundo polvorín nos encontramos con lo que parece una antigua vivienda en avanzado estado de ruina, y bastante peligrosa, al no tener cerrado el acceso y mostrar un deterioro bastante evidente. Es un edificio bastante amplio, y en su día tuvo que ser bastante acogedor, con unas vistas privilegiadas, aunque con el murmullo del río demasiado cercano. Al igual que en los polvorines las paredes están cubiertas con diferentes graffitis y pintadas, algunas de ellas intentando simular pintadas “satánicas” (por denominarlas de alguna forma), aunque confundiendo la estrella de David con el pentáculo. Por tanto, tampoco nada que reseñar.

polvorines 026polvorines 028polvorines 030polvorines 031polvorines 040Poco más abajo, otra vivienda bastante más amplia, y aislada del resto. Destaca un amplio y oscuro sótano con un antiguo corral, y que este edificio ha sido ahogado en los últimos años por el avance de la naturaleza, ya que está completamente rodeado de árboles y maleza. El acceso a la parte alta de la vivienda es prácticamente imposible, y peligroso al no ver donde se pisa.

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polvorines 043polvorines 049polvorines 052polvorines 048polvorines 045polvorines 052polvorines 055Por último, separado del resto de edificios, y más cerca al conocido “Puente de Polvorines”, encontramos un último polvorín más pequeño que los dos anteriores. Se encuentra en un estado algo menos deteriorado, y en este caso sí que me llamó la atención los restos de un pequeño animal en su interior.

polvorines 059polvorines 061polvorines 063Como curiosidad quise hacer una serie de grabaciones en los diferentes edificios, esperando poder capturar algún tipo de sonido, pero las grabaciones fueron completamente limpias. Lo único reseñable lo grabé en el primer polvorín, en el que se escucha una débil campanada en el 3’58” aproximadamente.

La lógica me lleva a pensar en que puede tratarse de un insecto o pequeño ave impactando con el tejado de chapa del edificio, pero lo dejo como curiosidad.

Por lo demás nada extraño en la zona. Es posible que se pueda haber visto a determinados individuos encapuchados por la zona, que se trataría posiblemente de los grafiteros tratando de no ser reconocidos. El resto es sin duda fruto de la imaginación popular.

En este caso el verdadero misterio es cómo una zona que puede ser un vistoso paseo disfrutado por todos los toledanos esté en semejante estado de abandono y con un peligro tan evidente, que debería solucionar de forma urgente el responsable, ya sea el Ayuntamiento, la Junta de Comunidades, o la Universidad de Castilla la Mancha.

Por último mi insistencia en no transitar por la zona en ausencia de luz, por el peligro físico que ello conlleva.

El milagro del Greco

En la primavera de 1577 llega a Toledo uno de los mayores genios de la pintura universal; Doménico Theotocópuli “el Greco”. Este artista de origen cretense (de ahí su apodo), no viene a Toledo por azar, sino para trabajar en el retablo de Santo Domingo el Antiguo por encargo del deán de la Catedral, don Diego de Castilla. En dicho retablo el artista pinta diez lienzos, entre los que destaca el central; “La Asunción de la Virgen”. Tanto éxito tuvo el Greco con esta obra que ese mismo año el cabildo de la Catedral le encargó otro cuadro, finalizado dos años después, que contribuyo a enaltecer más la imagen del pintor; “El Expolio”. Pero la mente del genio estaba más pendiente de Madrid, donde pretendía trabajar como pintor al servicio de Felipe II, que de su supuesta estancia provisional en Toledo. Viendo frustrados sus deseos de triunfar en Madrid el artista se asienta definitivamente en Toledo, donde incluso mantiene una relación con una joven Jerónima de las Cuevas, con la que tendrá un hijo; Jorge Manuel.

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Pasados diez años desde su llegada a Toledo el Greco se convierte en un prestigioso artista al que acuden los cargos eclesiásticos más importantes de la ciudad para encargarle muchas de las obras que por entonces se hicieron en la ciudad del Tajo. Así le llegó el encargo de la que posiblemente es su obra maestra, “El Entierro del Conde de Orgaz”, que los toledamos tenemos la fortuna de poder visitar continuamente en la iglesia de Santo Tomé, y que a diario es visitada por cientos de turistas que acuden expresamente a contemplar una obra que es considerada de las más importantes de la historia de la pintura. El pintor era por entonces feligrés de la parroquia de Santo Tomé, al residir en unas viviendas cercanas propiedad el Marqués de Villena. El por entonces párroco de Santo Tomé, Andrés Núñez de Madrid, acude al cretense para encomendarle el trabajo de una obra que con el tiempo se convertiría en histórica.

Para hacernos una idea básica de lo que en el cuadro se representa, sirva el relato narrado a continuación:

EL MILAGRO DEL GRECO
(Sobre relato de Eugenio de Olavarría y Huarte)

El 23 de diciembre de 1323 fue un día desgraciado para Toledo. Por todas sus ensortijadas calles caminaba una multitud apesadumbrada camino de la iglesia de Santo Tomé. Pero en su rostro no se reflejaba la algarabía característica de los días festivos en que todo el mundo salía a la calle a formar parte del bullicio. Al contrario, en su rostro iba la huella de una profunda y triste preocupación. El motivo era el fallecimiento pocos días atrás de su querido paisano don Gonzalo Ruiz de Toledo.

Don Gonzalo era uno de los caballeros más ricos, nobles y venerables de Toledo. El caballero había sido bondadoso con sus vasallos y amigos, y también había sido fiel y ejemplar con los tres monarcas a los que sirvió. Retirado por la edad vivió sus últimos años de vida preocupándose por hacer el bien a su alrededor. Por eso, con la conciencia tranquila, le llegó serena la muerte al noble caballero.

Su cuerpo descansaba en la iglesia de Santo Tomé, edificada a sus expensas como las de San Agustín y San Esteban, santos de los que don Gonzalo era gran devoto. Sus parientes y amigos más allegados velaban su cuerpo hasta que llegara la hora en que había de recibir cristiana sepultura en el mismo templo, porque su humildad había querido que le enterrasen en aquel lugar y no en otro.

Las campanas de todas las iglesias tañían tristemente llorando tan desgraciada pérdida. En el cielo, en cambio, el sol brillaba y no se dejaba ver una sola nube, como si allá en lo alto todo fuera júbilo y alegría.

La multitud seguía acudiendo al templo en elevado número, siendo tantos que era imposible su entrada en él. La mayoría de los que se reunieron para dar su último adiós a don Gonzalo no tuvieron más remedio que hacerlo desde las calles cercanas. Cuando ya no quedaba un solo hueco en el templo, en las calles, en las ventanas, o en los balcones, la multitud quedó en un respetuoso silencio.

La campana de Santo Tomé continuaba repicando anunciando el momento solemne del enterramiento. Junto al inerte cuerpo del fallecido caballero se encontraba abierta la fosa preparada a recibir tan importante huésped. El coadjutor y el párroco se disponían a pronunciar las palabras con las que la religión católica despide el cuerpo del alma. Frente a ellos un pajecillo sostenía un hacha reflejándose la inocencia infantil en sus ojos. Dos caballeros de los más allegados de don Gonzalo se adelantaron para depositar su cuerpo en la sepultura…

Fue entonces cuando sucedió algo inexplicable. Sin saber de dónde vinieron ni cómo llegaron aparecieron dos personajes que sorprendieron a todos los concurrentes. Uno era un anciano con hábitos episcopales, mitra en la cabeza y larga barba blanca. El otro un joven apenas salido de la adolescencia y vestido de diácono. Apartando a los dos caballeros levantaron el cuerpo de don Gonzalo del suelo y lo depositaron delicadamente en la sepultura. Alguno de los asistentes reconoció en ellos a San Agustín y San Esteban tal y como los pintaron los primeros cristianos. Mientras terminaban de depositar el cuerpo en la sepultura se oyó una voz sobrenatural que decía:

-‹‹Tal galardón recibe quien a Dios y a sus santos sirve.››

Y sin que mediaran manos humanas comenzó la campana de la iglesia a cambiar su triste son por un glorioso repicar.

Todos los testigos de tan maravillosa escena quedaron paralizados, incapaces de hacer un solo movimiento o pronunciar palabra. Sólo pudieron alzar sus ojos a lo alto presenciando un espectáculo mucho más maravilloso. Vieron como si el techo del templo se hubiera levantado y el Cielo se hubiera abierto allí mismo. El alma de don Gonzalo se dirigía hacia lo alto, mientras la Virgen y Jesucristo le recibían con los brazos extendidos. Coros angelicales acompañaban armoniosamente el memorable momento.

Cuando la música cesó se cerró el Cielo y desaparecieron los Santos, cayendo todos de rodillas dando gracias a Dios. El gentío que se hallaba fuera también había sentido la grandeza del momento y se unía a las plegarias rezando y llorando. Rezaban por el fallecido caballero, y lloraban por sus propios pecados que tan bien habían podido ver a la luz deslumbrante del milagro.

Habían pasado casi tres siglos desde aquel memorable suceso y la tradición mantenía fresco su recuerdo en la mente de todos los toledanos. Por si era necesario quedaba en el templo la tumba de don Gonzalo, y sobre ella una lápida que recordaba a todos el acontecimiento, fiel narradora de lo sucedido.

Pero el párroco, don Andrés Núñez de Madrid, no estaba satisfecho con esto, ya que prefería una representación de la escena de la que el templo había sido escenario. Para ello buscó un pintor que fuera capaz de plasmar en el lienzo tal escena con un soplo de vida.

Por entonces vivía en Toledo un introvertido pintor llegado desde Creta llamado Doménico, pero más conocido por el sobrenombre de “el Greco”. Se conocía poco de él, pero los rumores decían que era un hombre extravagante, de fuerte carácter, y que siempre andaba en pleitos, molesto por los que le encargaban trabajos y pagaban a regañadientes. Pero si el hombre no era atrayente sí lo era el artista. Con sólo unas cuantas obras, como el famoso “Expolio” de la Catedral, logró cobrarse merecida fama en la ciudad.

A este pintor acudió el venerable párroco acordando enseguida el precio y el plazo para finalizar el cuadro. Inmediatamente comenzó el genio a trabajar en aquella obra poniendo en ella toda su fe católica y todo su amor de artista. Durante el largo período que duró su laboriosa tarea nadie pudo verle. Pero cuando por fin la acabó se fijó día para la exposición de la obra, y aquel día, como tres siglos atrás, el templo se volvió a llenar de gente.

Todos los descendientes de cuantos presenciaron el milagro trescientos años antes se agolpaban allí, así como los personajes más importantes de la ciudad. La campana repicaba invitando a todos a acercarse a ver el cuadro.

Cuando llegó el momento, el artista orgulloso de su trabajo, tiró del velo que cubría el cuadro, y a pesar de la escasa iluminación del templo resonó en él un grito de admiración de todos los asistentes. La escena que la tradición había conservado fielmente se plasmaba en el lienzo de una manera inimaginable. Allí estaban San Esteban y San Agustín sosteniendo el cuerpo de don Gonzalo, el sacerdote y su coadjutor, el pajecillo… Y en lo alto se abría el Cielo viéndose en él la escena del Juicio, y Cristo con su Madre, y la legión de coros angelicales…

La tradición se había hecho tangible y se ofrecía a la mirada de todos. Dios había hecho un milagro reproduciendo el entierro de don Gonzalo Ruiz de Toledo a través de las manos del Greco en aquel cuadro.

Han pasado siete siglos desde el primer milagro, pero ahora podemos encontrar en la iglesia de Santo Tomé los dos grandes milagros; el milagro de la fe y el milagro del arte.

La escena principal del cuadro es protagonizada por don Gonzalo Ruiz de Toledo, que en realidad era señor de Orgaz pero no conde, ya que el condado fue conseguido por sus descendientes en el siglo XVI, por lo que el cuadro debería ser llamado realmente “El Entierro del Señor de Orgaz”, aunque a estas alturas poco importe tal vez ese detalle.  La historia nos confirma que este noble vivió entre los siglos XIII y XIV, y destacó por sus obras de caridad y continuas donaciones a diferentes instituciones religiosas de Toledo, como por ejemplo la donación de terrenos que hizo para que los monjes agustinos que por entonces vivían en la parroquia de San Esteban, a orillas del río pudieran trasladarse. En época de Fernando IV tuvo importantes cargos en Toledo, como notario mayor del reino de Castilla, o incluso alcalde de Toledo. Don Gonzalo había expresado su deseo de, cuando muriera, ser enterrado en Santo Tomé, ya que ésta era su parroquia, pero a ser posible en algún lugar apartado del altar al no sentirse digno de ocupar un lugar principal. Y así ocurrió en 1323, cuando el noble fallece. El milagro que se atribuye al momento del entierro es el narrado anteriormente, y se ha querido justificar la presencia de San Agustín y San Esteban los santos que depositaron al fallecido en su tumba en agradecimiento a las obras indicadas anteriormente, hacia los monjes agustinos bajo la advocación de San Esteban.

Antes de fallecer don Gonzalo dejó escrito en su testamento que los vecinos de Orgaz deberían pagar todos los años para el cura, ministros y pobres de la parroquia de Santo Tomé la cantidad de dos carneros, dieciseis gallinas, dos pellejos de vino, dos cargas de leña,  y ochocientos maravedíes. Estas rentas anuales se pagaron de forma ininterrumpida hasta el año 1564, cuando el Concejo de Orgaz de manera unilateral decidió acabar con esta donación anual. El párroco de Santo Tomé, don Andrés Núñez, acudió a la justicia, obteniendo el completo respaldo judicial y percibiendo una compensación. Con estas ganancias el párroco decide mejorar la capilla funeraria del benefactor, y realizar el encargo del cuadro al Greco, firmando el contrato para su ejecución el día 18 de marzo de 1586, y haciendo el pago final de la obra el día 20 de junio de 1588. El total del coste ascendía a mil doscientos ducados.

El célebre cuadro es por todos conocido, pero debemos considerar que el Greco con gran maestría supo plasmar en este gran lienzo un milagro tradicional ocurrido tres siglos antes, pero aportando su visión propia. De esta forma nos encontramos que “El Entierro del Conde de Orgaz” está protagonizado por algunos personajes contemporáneos del Greco, y que por tanto, no pudieron estar presentes en el suceso original. Veamos quiénes son algunos de ellos, según algunos estudiosos del tema:

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1. Gonzalo Ruiz de Toledo, “Conde de Orgaz”

2. San Esteban

3. San Agustín

4. Jorge Manuel, hijo del Greco, que señala la escena mirando al frente. En el pañuelo que sale de su bolsillo puede verse la firma y fecha de la obra: “Domenico Theotocopuli 1578”.

5. Se cree que se trata del mayordomo de Santo Tomé, Juan López de la Quadra

6. Podría tratarse de Diego de Covarrubias, que fallecería poco después de la finalización del cuadro.

7. Siendo el único personaje que mira de frente (junto al niño), y que además parece saludar, no puede tratarse de otro que el propio Greco, que plasmó de esta forma su autorretrato en la obra.

8. Es uno de los personajes que parecen más expresivos.  Pudiera tratarse de un descendiente del Conde de Orgaz, o según afirman otros del que le sustituyó en su cargo de alcalde de Toledo.

9. Algunos estudiosos del cuadro han querido ver en este personaje a nada menos que Cervantes, que durante esos años estuvo residiendo en Toledo. Es quizás una fantasía pero que pudiera ser realidad.

10. Es posible que se trate de Antonio de Covarrubias, hermano de Diego de Covarrubias, también presente.

11. El Greco pudo querer incluir tal vez también a Francisco de Pisa, un conocido erudito de la época,  que dejó escritos bastante interesantes sobre la ciudad de Toledo, y como no, del milagro del Entierro del Conde de Orgaz.

12. El cura con roquete, único personaje que figura de espaldas, podría ser el ecónomo de Santo Tomé Pedro Ruiz Durón.

13. El personaje que porta la cruz procesional podría ser Rodrigo de la Fuente, beneficiado de la parroquia de Santo Tomé.

14. Finalmente, el sacerdote que oficia el entierro no sería otro que Andrés Nuñez de Madrid, el párroco que encargó el cuadro al artista cretense.

Completan la escena terrenal frailes de diferentes congregaciones, así como un pequeño grupo de caballeros sin identificar.


La parte celestial del cuadro sí que resulta más evidente debido a la iconografía cristiana más tradicional.

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En la parte superior central, presidiendo la escena, aparece Jesucristo vestido de blanco. Parece dirigirse a Pedro, que se encuentra a su derecha, portando las llaves del paraíso. Bajo ellos la Virgen, que se prepara para recibir el alma del difunto. Frente a ella San Juan Bautista y otros santos, como Santiago el Mayor y Santo Tomás, como patrón de la iglesia. Algunos autores han querido identificar entre este grupo de santos a algún que otro personaje tan variopinto como Felipe II, el cardenal Tavera, o el papa Sixto V, aunque no está del todo claro. En el otro lado sí que parecen representarse algunos personajes del antiguo testamento como el rey David tocando el arpa, Moisés portando las tablas de la ley, y Noé.


La mayor fortuna con la que contamos es la de poder admirar esta obra siempre que queramos sin tener que hacer largos desplazamientos, ya que la tenemos en nuestra propia ciudad. Y no hay nada como, en un día de no demasiado tránsito turístico, ponerse delante del “Entierro del Conde de Orgaz” y disfrutar de esta obra contemplándola en silencio.

No quiero acabar esta entrada sin añadir otro pequeño relato, otra pequeña leyenda sobre el genio cretense, que nos habla más de su faceta humana que artista, y de algún que otro desencanto que pudo marcar su vida.

LA DAMA DEL ARMIÑO
(Sobre relato de Antonio Delgado)

Allá por el año 1577 llegó a Toledo un pintor extranjero llamado Doménico al que apodaban “el Greco” por su procedencia cretense. Motivado más por la comodidad material que por el misticismo espiritual alquiló como vivienda el antiguo palacio del marqués de Villena, un destartalado edificio que mostraba signos de haber tenido un esplendoroso pasado. Aseguraban los supersticiosos vecinos que el palacio debía de estar embrujado, ya que de él salían por la noche extraños sonidos. Llegaba incluso la habladuría popular a afirmar que tales ruidos eran producidos por el alma en pena del marqués, al que Dios castigó por una vida en la que practicó frecuentemente brujerías y ritos satánicos. Pero el magnífico artista ignoró estas historias, considerando el tranquilo y apacible caserón bastante apropiado para montar en él su estudio y buscar la inspiración.

Cierta tarde llegó don Diego de las Cuevas hasta la casa del pintor, quien había oído hablar de la capacidad del virtuoso con los pinceles y deseaba ser retratado. Le acompañaba su hija Jerónima, que tenía fama de ser una de las mujeres con más pretendientes de la ciudad. Ésta se sentó en un ancho sillón, recorriendo con sus curiosos ojos femeninos todos los muebles que adornaban la pobre habitación en que se encontraban, mientras su padre posaba para ser retratado. Una vez reconocidos todos se detuvo en la figura de Doménico. A la joven le gustó aquel extranjero llegado de Italia, con su cuidada barba y elegantes maneras. Se sentía atraída por él, pero sería reprochable para una dama hacer notar sus sentimientos, y sobre todo ante la presencia paterna.

"Dama del Armiño", atribuida al Greco, y actualmente exhibida en una sala de una colección particular de Pollok House en Glasgow.

“Dama del Armiño”, atribuida al Greco, y actualmente exhibida en una sala de una colección particular de Pollok House en Glasgow.

Continuó, pues, recorriendo todos los rincones con su indiscreta mirada, olvidando la presencia del joven artista. Tras recorrer más detenidamente todos los detalles su mirada se centró en un curioso objeto. Se trataba de un recipiente verde tapado con lacre que contenía un extraño líquido. Junto al recipiente una etiqueta rezaba signos ininteligibles.

-Perdone –preguntó no pudiendo reprimir su curiosidad-. ¿Podríais decirme cuál es la utilidad de este extraño brebaje?.

-Es algo que puede hacer reír al más serio –contestó Doménico sin interrumpir su labor-. Hace tiempo que lo encontré en uno de los sótanos, y en la etiqueta que ahí veis pone en signos griegos que se trata de un vapor mágico cuyo efecto es, si lo respiran a la vez un hombre y una mujer, un eterno enamoramiento. Posiblemente se trate de algún experimento del marqués de Villena, antiguo poseedor de la propiedad.

Don Diego, que tal explicación oyó, comenzó a dar complicadas razones físicas, y terminó por aconsejar que se hiciera entrega de aquel brebaje al Tribunal de la Santa Inquisición, sobre todo si se trataba de uno de los embrujos del marqués. Sin embargo consideró el pintor que aquello era cosa de poca importancia, al igual que opinó Jerónima.

Y como enseguida comenzó a faltar luz en el estudio, Doménico dio por finalizada su labor aquel día, acompañando a don Diego y a su hija hasta la puerta de la vivienda.

Ya se disponían a salir cuando Jerónima echó en falta su pañuelo, y regresó al estudio acompañada del pintor mientras su padre esperaba fuera. Al entrar lo vio enseguida junto al recipiente que tanto llamó su atención, con el infortunio de que al cogerlo tiró al suelo el frasco que se rompió en mil pedazos.

Una penetrante fragancia se propagó por el aire mientras la pareja se miraba atónita, pero fue sólo un instante, porque enseguida restaron importancia al asunto con sendas carcajadas recordando lo hablado anteriormente.

Había pasado algún tiempo de aquello y Doménico se encontraba en el palacio de don Diego dando las últimas pinceladas a un retrato de Jerónima. Presidía la escena sobre la pared el retrato ya terminado del padre. El pintor mira a la dama y ésta le mira a él sin pronunciar palabra, pero aquellas miradas encierran algo más. Nadie, ni siquiera la dueña que los vigila, se da cuenta del sentimiento que comienza a aflorar entre la pareja. Y aquella misma tarde, cuando el pintor besa la mano de la dama para despedirse, le susurra al oído su intención de visitar a su padre para pedir su mano en matrimonio. No hizo falta respuesta verbal de la joven, pues la ruborosa sonrisa de su rostro fue la única respuesta que necesitó el enamorado artista.

A los pocos minutos recibía el pintor en su casa una perfumada nota de la joven, donde confirmaba su amor y aprobaba sus intenciones.

La mañana siguiente Doménico formalizaba su petición a don Diego, recibiendo la más severa negativa. El hidalgo afirmaba que ya había comprometido a su hija con un sobrino suyo, y que le era del todo imposible acceder a que su hija se casara con un forastero, con un artesano indigno de la hija de un noble.

Conociendo Jerónima la negativa de su padre acudió a él, suplicándole llorosa que concediera lo que ella creía su felicidad. Recordó el día en que se enamoró del pintor, y tan apasionadamente lo hizo que no pudo evitar hablar del accidente ocurrido con el brebaje.

Don Diego se enojó al conocer tal suceso, y juró que antes la metería en un convento que permitirla casarse con aquel pintor embaucador, y posiblemente hechicero.

Pero el amor que sentían ambos no conocía freno ni barrera. Pese a la oposición del hidalgo, Doménico trepaba todas las noches por la tapia del jardín para reunirse con su amada. Y para que no hubiera ninguna duda de su amor cierta noche confesó como se había enamorado de ella nada más verla, y ella reconoció que le había ocurrido lo mismo, y que el accidente del brebaje no fue tal, sino que lo hizo intencionadamente para atraer su atención. Entonces se percataron de que nada tenía que ver el extraño brebaje con su sentimiento, y así se lo propusieron hacer ver a don Diego.

Pero tal circunstancia no pudo darse, porque una noche, cuando Doménico se disponía a saltar la tapia, tres hombres salieron de la oscuridad con tres aceros amenazantes. Doménico empuñó el suyo y comenzó encarnizada lucha entre los cuatro.

El pintor luchaba ferozmente, enrabietado por la emboscada. Los tres enemigos demostraban al unísono que arrebatarle la vida era su único objetivo. Sin embargo el joven artista logró herir mortalmente a uno de ellos que cayó desplomado al instante, y cuando los compañeros se acercaron para auxiliarle logró darse a la fuga.

Al día siguiente recibió en su domicilio la visita de la vieja dueña de Jerónima, portadora de malas noticias. Don Diego se había enterado de las nocturnas reuniones que tenía con su hija, y había planeado con su sobrino, que era el prometido de la joven, la emboscada que le sorprendió la noche anterior. El caballero que Doménico había matado no era otro que el sobrino de don Diego, quien furioso había ordenado encerrar a Jerónima en un convento. Ésta envió a su amado como recuerdo, mediante la dueña, aquel retrato que tiempo atrás le hiciera, donde él reflejó aquella mirada amorosa que tan bien supo comprender.

El pintor quedó consternado, pero continuó con su trabajo con un rayo de esperanza, pintando aquellos maravillosos cuadros que le han convertido en uno de los mayores genios de la pintura.

Pasó casi un año desde aquello cuando volvió a visitarle la vieja dueña con un niño entre sus brazos. Sin decir palabra se lo entregó a Doménico y marchó por donde había llegado. Junto al niño decía un mensaje:

                ‹‹Cuidad de este niño, que es vuestro hijo Jorge Manuel. Su madre, doña Jerónima de las Cuevas, murió ayer pensando en vos. Que vos criéis a vuestro hijo fue su última voluntad.››

El pintor besó mil veces al niño y lo dejó acostado sobre su cama. Luego subió desencajado hasta su estudio. Allí contempló el retrato de aquella mujer que fue su único amor, y en sus ojos creyó ver una mirada triste que él no había pintado.

La desolación situó al artista en las fronteras de la demencia. Cogió sus pinceles y comenzó a extender negras pinceladas sobre el rostro de su amada, quedando ésta cobijada para siempre por una piel de armiño.

Dicen aquellos que han estudiado la obra del genio que con aquellas negras pinceladas quiso el artista reflejar la amarga tristeza de su corazón, al perder al ser que fue su mayor inspiración.

La Casulla de San Ildefonso

El 23 de enero celebramos la festividad de San Ildefonso, patrón de la ciudad de Toledo. Considerado como el obispo más importante que ha tenido y tendrá la ciudad, es recordado, entre otras cosas, por el privilegiado regalo que recibió directamente de manos de la Reina del Cielo. Aunque han pasado muchos años desde el milagroso suceso, los toledanos lo recordamos con cariño y devoción.

Sucedió al amanecer del 18 de diciembre del año 666. Con anterioridad el X Concilio había designado aquel día para recordar la Encarnación del Hijo de Dios, e Ildefonso hacía días que se sentía intranquilo, como presintiendo que algo importante le iba a ocurrir. Aquel día en concreto apenas había podido pegar ojo, y salió temprano de la casa arzobispal para asistir a los maitines en el gran templo dedicado a María que Recaredo había mandado edificar en el mismo lugar donde hoy se levanta la imponente Catedral. Como el santo era tan bondadoso y querido siempre iba acompañado de sus criados, capellanes y sacerdotes, a los que gustaba oír los versos dedicados a la Inmaculada que el santo componía. Aquel día, con motivo de la citada fiesta, acompañaban también al prelado el obispo Urbano y el arcediano Evancio.

Representación de la imposición de la casulla a San Ildefonso en la Puerta del Sol. Esta escena puede verse en numerosos monumentos de la ciudad.

Representación de la imposición de la casulla a San Ildefonso en la Puerta del Sol. Esta escena puede verse en numerosos monumentos de la ciudad.

Iba el santo recitándoles sus composiciones cuando llegaban a las inmediaciones del templo, y los pajes se adelantaron para hacer los preparativos mientras Ildefonso quedaba ante la puerta terminando su entonación junto al obispo visitante y el arcediano. Pero ésta fue bruscamente interrumpida cuando sus ayudantes salieron despavoridos. El motivo de su espanto no era otro que la visión de unas radiantes luces en el interior de la iglesia que imaginaron fruto sobrehumano. Los sacerdotes y capitulares que les seguían, al observar tan inesperada reacción, cobraron también algún temor y no se atrevieron a cruzar la puerta.

Quedó solo Ildefonso con sus dos acompañantes de honor, y sin miedo entraron para comprobar por sus propios ojos lo que allí ocurría. Indecisos caminan hasta llegar al altar mayor para comprobar por sus propios ojos lo que pasaba, pero no encontraron nada fuera de lo normal. Allí, ante el Cristo Sacramentado, se arrodillan unos instantes dispuestos a rezar, pero el gran prelado no era capaz de poner la habitual concentración en sus fervorosos rezos. Volviendo la cabeza, al sentirse observado, comprueba que en la silla episcopal que normalmente ocupaba él estaba sentada una mujer que irradiaba un resplandeciente halo de gloria y majestuosidad. Junto a ella millares de ángeles y coros de vírgenes entonaban dulces y sonoros cánticos. Comprendiendo Ildefonso que esa mujer no es otra que la Madre de Dios deja a sus dos invitados, se acerca cayendo de rodillas en el suelo ante la Señora, y entre alborozado y absorto no acierta a pronunciar palabra, pero con la mirada puede decir lo que sus labios no pueden, atados por la admiración y el asombro.

Y la Madre de Dios, que mirándole con una tierna sonrisa en los labios le comprendía, le hizo un gesto para que se acercase. Ildefonso obedeció, hizo mil reverencias hasta llegar a sus pies, y una vez allí se postró de rodillas en el suelo escondiendo su rostro entre las manos, sin atreverse siquiera a levantar la mirada. No obstante puso oído para ver qué tenía que decirle. Entonces comenzó la Reina a hablarle dulcemente:

– He venido a visitarte porque siempre te has ocupado en mis servicios y alabanzas, porque con gran fe has defendido a capa y espada mi honra. Por todo ello quiero pagarte en esta vida lo que te debo. Toma y goza de esta vestidura que te traigo de los tesoros de mi Hijo, para que hagas uso de ella en tus sacrificios y te sirva de muestra de lo que te está esperando en el Cielo cuando se haya cumplido tu misión en esta vida terrenal.

Y mientras decía estas palabras, con sus propias manos, le puso sobre los hombros una preciosísima casulla cuyo bordado y tejido no había podido elaborar mano humana. Todo esto lo hizo ayudada de sus ángeles, y ante la presencia privilegiada de unos pocos testigos terrenales.

Vestido ya de la mano de María, el arzobispo se levantó mientras se inclinaba reverencialmente en señal de gratitud. Ella entonces sonrió, como aceptando la gratitud de su más fiel siervo, y unida a sus acompañantes celestiales se desvaneció como la niebla en el aire.

En ese momento regresaron los acompañantes de Ildefonso. Los que habían huido del templo a duras penas habían intuido lo sucedido desde la puerta, los más valientes que no huyeron se atrevieron a acercarse hasta la verja del altar, mientras que el obispo Urbano y el arcediano Evancio habían permanecido a escasos metros de la escena como compañeros afortunados del dichoso prelado. Al ver que la iglesia había vuelto a la normalidad y que habían desaparecido todas aquellas luces y resplandores acudieron todos a reunirse con su obispo. Entran con él y el ambiente emana una felicidad inimaginable. Todos abrazan al prelado dando gritos de alegría. Él los recibe con amor, mostrándoles la casulla y llorando con ellos. Arrodillados la besan y reverencian, pero por más que la miran y tocan no aciertan a distinguir cual es su tejido o color.

Las campanas de la iglesia comenzaron a tañer alegremente sin que nadie las tocase. Al son de las campanas despierta la vecindad. La noticia pasa de boca en boca, de barrio en barrio. Al escuchar lo que ha ocurrido no hay quien no abandone su casa y se dirija hacia el templo. Toda la población de Toledo se concentra en el templo en el día de su mayor esplendor, acompañando al obispo que más gloria ha dado a la iglesia toledana.

El éxtasis llega cuando Ildefonso sale al altar mayor para decir la misa en honor de la Virgen vestido con su inigualable prenda. Todos quieren ver, tocar y adorar la casulla que la Señora regaló a su siervo predilecto, con efectos milagrosos. Los enfermos sanaban, los tristes hallaban consuelo, los pobres desahogo…

Corrió por todo el reino la noticia como reguero de pólvora, llegando en breve a oídos del Papa en Roma. Éste, confundido por los rumores y pretendiendo evitar escándalos que perjudicaran a la cristiandad, envió un legado para comprobar la veracidad de los hechos. De inmediato el legado llega a Toledo, y debe encontrar prueba tan grande y evidente que regresa a Roma solicitando al pontífice que nombre a Ildefonso canónigo de la iglesia en la que la Madre de Dios puso sus divinos pies. El Papa así lo concede, dando por auténtica la visita de la Virgen al Prelado. El rey Recesvinto también apoyó la causa haciendo colocar una inscripción sobre la piedra en la que la Señora se mostró a los hombres, piedra que afortunadamente ha llegado hasta nuestros días.

La mañana del 23 de enero del año 667 un toque fúnebre de campanas entristeció a Toledo. De Santa María la Mayor partían graves sones que se extendían por toda la ciudad. Las restantes iglesias se unieron de inmediato a su llamada llenando el valle de afligidos sonidos metálicos.

El santo había muerto, y la primera campanada se había fundido con su último suspiro.

Ildefonso había quedado como dormido, con el rostro tranquilo y la apacible expresión de los que no tienen nada que temer. El Cielo le había llamado y él no quería llegar tarde a su cita con la Madre de Dios.

(Sobre relato de Cristóbal Lozano)


Una segunda parte, no tan conocida como la anterior, narra lo sucedido con Siagrio, el sucesor en la cátedra toledana de San Ildefonso, que con gran ambición quiso heredar el preciado regalo del santo. Lo vemos en palabras de Gonzalo de Berceo:

“De estar en la cátedra que tú estás posado
a tu cuerpo señero es esto condonado,
de vestir esta alba a ti es otorgado,
otro que la vistiere non será bien hallado. […]

Nombraron arzobispo a un calonge lozano,
era muy soberbio y de seso liviano,
quiso igualar al otro, fue en ello villano,
por bien no se lo tuvo el pueblo toledano.

Se sentó en la cátedra de su antecesor,
demandó la casulla que le dio el Criador,
dijo palabras locas el torpe pecador,
pesaron a la Madre de Dios Nuestro Señor.

Dijo unas palabras de muy gran liviandad:
nunca fue Ildefonso de mayor dignidad,
tan bien soy consagrado como él por verdad,
todos somos iguales en la humanidad.

Si no fuese Siagrio tan adelante ido,
si hubiese su lengua un poco retenido,
no sería en la ira del Criador caído,
donde dudamos que es, mal pecado, perdido.

Mandó a los ministros a su casulla traer,
para entrar a la misa a la confesión hacer;
mas no le fue sufrido ni tuvo el poder,
que lo que Dios no quiere nunca puede ser.

A pesar de lo amplia que era la vestidura,
Ie resultó a Siagrio angosta sin mesura:
tomóle la garganta como cadena dura,
y pereció ahogado por su gran locura.

La Virgen Gloriosa, estrella de la mar,
sabe a sus amigos galardón bueno dar:
si bien sabe a los buenos el bien galardonar,
a los que la desirven los sabe mal curar.

Amigos, a tal madre bien servirla debemos:
si la servimos, nuestro provecho buscaremos,
honraremos los cuerpos, las almas salvaremos,
por servicio pequeño gran galardón tendremos.”

 Gonzalo de Berceo – “Milagros de Nuestra Señora”


En la Catedral Primada de Toledo, precisamente en la capilla que lleva el nombre de San Ildefonso, se venera la piedra donde se supone pisó la Virgen durante este célebre milagro. Esta piedra es muy venerada por los creyentes toledanos, que no podemos acudir al templo sin tocarla. Junto a ella, una inscripción reza: “Cuando la Reina del Cielo puso sus pies en el suelo en esta piedra los puso. De besarla tened uso para vuestro consuelo. Tóquese la piedra diciendo con toda devoción: veneremos este lugar en que puso sus pies la Santísima Virgen”.