La nomenclatura de muchas de nuestras calles tiene procedencia un tanto curiosa. Tal es el caso del callejón conocido por el Justo Juez, así llamado merced al relato ocurrido en época de Felipe II y que a continuación se detalla.

En el citado callejón, que no sabemos el nombre que tendría por entonces, tenía su palacio el noble don Alonso de Hurtado, cuya única hija, Elvira, era pretendida por numerosos caballeros de la época. Pero don Alonso sólo tenía la intención de conceder la mano de su adorada hija a un pretendiente que fuera de su agrado y misma posición social.

Elvira, cansada de esta situación y deseosa de encontrar por sí misma el hombre con el que habría de compartir su vida, hacía tiempo que mantenía relaciones de forma secreta con Francisco, el primogénito del corregidor de Toledo. Sólo Isabel, la criada de doña Elvira, tenía conocimiento de esta relación y vigilaba que la joven pareja no fuera sorprendida por nadie mientras se reunía.

Pero una tarde, al llegar don Alonso a su casa, encuentra un mensaje bajo la puerta. Intrigado lo coge y comienza a leerlo. En la nota, sin firmar, lee las siguientes palabras:

‹‹Don Alonso: como buen amigo que me considero de vos es mi intención alertaros sobre el comportamiento de vuestra hija, a la cual he observado reunirse diariamente al poco de anochecer con un desconocido.››

Tal mensaje no hizo otra cosa que inquietar al noble, que a partir de entonces se acercaba en numerosas ocasiones a las dependencias de su hija para ver si eran ciertas las anónimas palabras de aquel inquietante mensaje. Pero Isabel, atenta a esta circunstancia, apercibía a la pareja de la llegada de don Alonso, dando tiempo a que Francisco pudiera huir por la ventana y así no ser sorprendidos por el precavido padre.

Sucedió para desgracia de los amantes que una noche que se hallaban reunidos se quedó dormida Isabel mientras rezaba el rosario, y don Alonso, aprovechando la ocasión, irrumpió por sorpresa en el cuarto de doña Elvira sorprendiendo a la pareja.

Francisco, asustado, intentó salir precipitadamente por la ventana, pero don Alonso le gritó:

¡Quieto ahí, truhán!. ¡Da la cara y dime quién eres tú para deshonrar a mí hija en mi propia casa y a mis espaldas!.

El joven se detuvo con el corazón en un puño, y con un nudo en la garganta se volvió lentamente.

Os ruego que me perdonéis, don Alonso, si en algo os he ofendido. Soy Francisco Fernández, hijo del corregidor Luis Fernández, y mi intención no es deshonrar a vuestra hija. Al contrario, he venido aquí porque amo a Elvira, y si no hemos hecho pública nuestra relación es por temor a vuestra oposición.

Don Alonso calló un instante, tal vez intentando asimilar las palabras del joven amante de su hija, pero al poco, con el rostro enrojecido por la cólera, desenvainó su espada diciendo:

-No pienses, muchacho, que vas a salir airoso de la situación por tus buenas palabras. Has deshonrado a mi hija y haré justicia.

¡Padre! –gritó doña Elvira-, ¡mira que cuanto te ha dicho Francisco es cierto!. ¡Te ruego que no cometas una barbaridad!.

Don Alonso continuaba desafiando al joven ignorando las súplicas de su hija.

¡Vamos!. Que no se diga de ti que eres un cobarde. ¡Afronta las consecuencias de tu acto!.

Pero señor, si ni siquiera voy armado.

Don Alonso cogió una espada de la pared y se la entregó.

Toma tu arma y utilízala bien si quieres conservar la poca vida que te resta.

Y se abalanzó contra el joven. Éste, sin tiempo para reaccionar, sólo fue capaz de poner la espada ante sí, con la mala fortuna de clavársela de forma involuntaria a don Alonso en el pecho.

Al poco llegaron los hombres de la justicia apresando al joven Francisco y llevándole detenido al calabozo. Llegó hasta el corregidor la noticia del asesinato del noble, y don Luis se entristeció profundamente, pues conocía a la víctima desde la infancia. Ignorando quién era el asesino juró ante sus colaboradores que castigaría con mano dura al criminal que mató a su amigo de armas.

El corregidor se dirigió a la cárcel de la plaza de Marrón, donde se encontraba recluido el presunto criminal, para someterle a interrogatorio. ¡Cuál sería su sorpresa al comprobar que el asesino era su propio hijo!. Pero fiel a su sentido de la justicia, y entendiendo que no podía faltar a su propia palabra, dictó sentencia de muerte sin poder contener las lágrimas por la fatalidad del destino.

El reo era conducido días después a la plaza de Zocodover, donde sería ajusticiado en la picota para servir de ejemplo a todos los ciudadanos.

En tanto, emisarios de Felipe II espoleando a fatigados corceles, avistan la ciudad desde el Hospital de Tavera. Los guardianes dan aviso al corregidor y éste ordena detener momentáneamente la ejecución, pues ha de salir a recibir a los recién llegados a la puerta de Bisagra. Queda sorprendido al comprobar que entre los recién venidos se halla también el soberano, y le pregunta:

Majestad, ¿a qué debemos el honor de tan inesperada visita?.

El monarca, con gesto sonriente, respondió bajándose de su caballo:

Hace dos días que recibí sorprendido la sentencia que dictaste sobre tu propio hijo, y con ella me he dado cuenta del respeto que muestras a tu rey y a tu justicia. Sobrepones la lealtad y la justicia a tu dolor de padre. Pero Dios, que es el Juez Supremo, ya nos juzgará a todos en el debido momento. También recibí la visita de la desconsolada hija del asesinado, que me explicó con pelos y señales todo lo ocurrido. Y por ello he tomado una decisión que te interesará conocer. Por hoy quiero llenar tu corazón de padre de alegría, que estoy seguro que el de corregidor también se alegrará. ¡Tu hijo está perdonado!.

Sobre relato de Pablo Gamarra en “Aguafuertes Toledanos”, pag. 111.

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