Cuando el joven Enrique III accedió al trono la corona se encontraba en un débil estado económicamente hablando. No en vano había descendido considerablemente el número de impuestos, y por ellos lar arcas reales estaban notablemente resentidas.

Cierto día llegó a oídos del rey que el arzobispo de Toledo se disponía a celebrar un lujoso banquete al que no había sido invitado. Por el contrario habían sido invitados personajes como el marqués de Villena, el duque de Benavente y el conde de Trastámara, cuyas vidas opíparas y ostentosas eran ruidosamente comentadas en el reino.

Sepulcro de Enrique III de Castilla en la capilla de los Reyes nuevos de la Catedral de Toledo
PIZARRO Y LIBRADO, CECILIO
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Tal circunstancia enojó considerablemente al rey, que no acertaba a comprender cómo vasallos suyos podían llevar una vida tan satisfactoria mientras él, a duras penas, tenía un plato sobre la mesa.

Movido por la curiosidad acudió el monarca de incógnito a la fiesta, cosa que resultó sumamente sencilla debido al elevado número de invitados y a la suntuosidad con que ésta se celebraba. En el centro del banquete se encontraban conversando los principales protagonistas del convite.

¿Cómo le van las cosas a vuestra ilustrísima? –le preguntaban al arzobispo de Toledo-.

Tengo la vida más rica y deseada que señor ninguno pueda tener –respondió éste-. Mi pontifical asciende a más de trescientos mil ducados, lo que me hubiera supuesto un incalculable tesoro si no fuera por los gastos que generan mis vastos señoríos.

¿Y vos? –le preguntaban al de Benavente-.

Pocos igualan mis riquezas –contestó éste-, pues puedo disponer en cualquier momento de la cantidad que se me antoje, por exagerada que parezca.

¿Y Trastámara? –añadían-. ¿Cómo van sus posesiones?

Me parece que nadie me aventaja en demasía, pues a pesar de haber tenido notorios gastos en las pasadas revueltas aún me resta sobradamente para comer.

Mientras duraba aquella superflua conversación, los presentes, incluidos criados y sirvientes, se daban a la algarabía y regocijo. Tan sólo el desdichado rey estaba indignado escuchando tales cosas. Y discretamente, igual que había llegado, se marchó por la puerta. Camino de vuelta al palacio se iba atormentando con el bochornoso espectáculo que acababa de presenciar. ¿Qué podía hacer?. Aquellos hombres no merecían otro calificativo que el de traidores, pues no es digno que llevaran una vida tan ostentosa cuando el reino se hallaba arruinado.

A la mañana siguiente, tras pensarlo mucho, el rey hizo acudir a su toledano palacio a seiscientos hombres armados y al verdugo, con intención de dar muerte a sus corruptos vasallos. Y extendiendo el falso rumor de que se hallaba gravemente enfermo hizo acudir al arzobispo y al resto de nobles ante su presencia. Los porteros tenían orden de dejar pasar exclusivamente a los señores, debiéndoles aguardar sus criados fuera. Así lo hicieron, y cuando todos los poderosos se encontraron juntos en la misma sala quedaron confusos, pues no se permitió a ninguno de ellos entrar en el aposento real. Algunos le decían al arzobispo:

¿No debería vuestra ilustrísima entrar en los aposentos del rey para ver lo que sucede?. Quizás sea necesaria la extremaunción.

Respondiendo el obispo:

Tal vez el rey ya haya muerto y están esperando el momento adecuado para decírnoslo.

No había finalizado el eclesiástico de hablar cuando la duda quedó disipada. El rey en persona acababa de irrumpir en la sala, acero en mano, dejando absortos a todos los presentes. El soberano se colocó en el centro de ellos, y con el semblante serio comenzó a hablarles:

Venid, venid todos, que quiero que me respondáis a una cuestión. ¿A cuántos reyes habéis conocido en Castilla?.

El arzobispo fue el primero en contestar:

Si os cuento a vos yo he conocido a cinco: don Alfonso, don Pedro, don Enrique, don Juan y vos.

Yo, señor –continuó el de Trastámara-, exactamente a los mismos.

Y yo también –añadió el de Benavente-.

Decidme –continuó preguntando el monarca-, ¿y cómo yo, que tengo aproximadamente vuestra edad, he conocido a veinte al menos?.

Al mismo tiempo que hablaba don Enrique entraron en la habitación gran cantidad de hombres armados, a los que acompañaba el verdugo. El monarca calló un instante, el tiempo suficiente para que acabaran de entrar todos los hombres, y después prosiguió:

He aprendido que hay reyes que no llevan corona, pero sí una vida de lujo y despilfarro indigna de un señor. Yo, en cambio, incluso me he visto obligado a vender mi gabán para tener por lo menos algo que poner sobre la mesa.

Los poderosos, entendiendo el punto donde quería llegar don Enrique, se asustaron y trataron de disculparse.

Majestad, hemos de reconocer que no hemos llevado una vida honesta y ejemplar. Pero os garantizamos que a partir de este momento cumpliremos vuestra voluntad y pagaremos al reino todo lo que le debemos.

Viendo don Enrique el arrepentimiento mostrado, o al menos temor, no dudó en perdonarles, asegurándose que cumplirían lo que habían prometido.

No pasó mucho tiempo de aquello y las cosas cambiaron notablemente. Ahora el rey podía vivir con holgura, pero sin excesos, después de que le devolvieran parte de sus posesiones. Y los que hasta ahora habían llevado una vida desordenada comenzaron a llevar una vida más discreta y austera, cumpliendo sus deberes.

Aseguran los cronistas que éste fue el modo por el que Enrique III restableció el orden durante su reinado.

Sobre relato de Cristóbal Lozano en Historias y leyendas, página 256.

 

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