Era aquella una noche oscura y misteriosa, como suelen ser tan frecuentes en la ciudad mágica y encantada de Toledo. Especialmente oscura por la ausencia de luna en el negro firmamento, y misteriosa por la carga de rumores y neblina flotando en el gélido ambiente. Estaba bien entrada la noche, y Toledo estaba sumida en el letargo del más profundo sueño.

Mientras tanto dialogaban airadamente en la orilla del bullicioso Tajo un hombre y una mujer. Él era don Felipe de Pantoja, un noble altivo y enamoradizo que venía desde hace tiempo cortejando a Rebeca la judía, una joven sin par que según el decir de la gente era la más bella de todas cuantas paseaban por el barrio de Samuel Leví. Ella era Irene, la anciana temida y odiada por todos los toledanos a causa de sus embrujos y sortilegios que le habían servido para recibir el apodo de “la Diablesa”.

No tienes tanto poder como dices, Diablesa –decía don Felipe-. Tu embrujo no ha producido el efecto deseado. Y para que lo veas por tus propios ojos me acompañarás mañana disfrazada de paje y verás como mi amada sigue interesada en Samuel.

Así lo haré –contestó aquella fijando sus menudos y negros ojos en la corriente del río-. Te acompañaré, y comprobaré contigo cómo se ha dado el resultado esperado.

¿Estás segura de que lo has hecho correctamente?.

Claro que sí. ¿Acaso vas a darme lecciones tú?. Llevó años haciéndolo siguiendo rigurosamente el ritual que mis antepasados dejaron escrito en el libro de los “Espíritus Rojos”. He cumplido las instrucciones al pie de la letra y, aunque no me está permitido hacerlo, voy a repetirlo ante ti una vez más.

Y gritó “la Diablesa” cerrando los ojos mientras introducía sus manos en las aguas del río:

‹‹¡Espíritus del agua, del aire, del fuego y de la espuma!. ¡Traedme lo que espero y mi alma será vuestra!.››

Don Felipe seguía absorto todos los extraños movimientos de la bruja, y en más de una ocasión se sintió tentado de interrumpir aquella conjura. Pero en el fondo de su enamorado corazón solo había lugar para la superstición.

Cuando “la Diablesa” terminó su embrujo, un cegador relámpago iluminó el oscuro cielo a la par que un ensordecedor trueno estallaba. Tal fenómeno hubiera infundido gran terror en otra persona que no hubiera sido el valiente don Felipe de Pantoja.

Ante la imperturbabilidad del caballero sonrió la anciana diciéndole:

Es conveniente que vayamos a ponernos bajo techo, pues esta fina lluvia se convertirá en incontenible tempestad.

Y embozándose ambos en negras capas se perdieron en los retorcidos callejones de la ciudad.

El sábado siguiente se dirigían hacia la sinagoga de Santa María la Blanca don Felipe de Pantoja y un menudo paje, en cuyas vestiduras se ocultaba “la Diablesa”.

Te aseguro –dijo ésta-, que si en la sinagoga no hallamos a tu rival es que mi sortilegio ha producido su efecto. Y si no es así morirá el judío antes de que mañana aparezca el sol.

Y con su sarmentosa mano mostró a don Felipe la empuñadura de una plateada daga que escondía bajo su disfraz.

¿Es que acaso dudas de tus sortilegios? –preguntó éste-.

Jamás he fallado. Simplemente te quiero mostrar que cumpliré mi palabra sea como sea.

¿Tendrías valor para ello?.

Puede que no te inspire confianza, pero mi palabra es firme y me sobra valor para hacerlo. Si alguien se interpone entre vosotros pagará cara su intromisión.

Llegaron ambos a las puertas de Santa María la Blanca cuando aún no habían finalizado las prácticas judías, por lo que se sentaron a esperar impacientemente en la entrada del templo. Al fondo, y llenando el silencio que se había hecho al detenerse sus pasos, podían oírse los cantos de los salmos.

Al poco comenzaron a salir los primeros judíos emprendiendo veloz camino hacia sus casas. “La Diablesa” pudo entonces distinguir en uno de los primeros grupos a la bella judía, comprendiendo, al no verla acompañada de su amante, que su embrujo había dado el fruto apetecido. Don Felipe y ella se miraron, mostrando ambos un expresivo rostro de satisfacción.

A la entrada del barrio de la judería encontraron al desdichado Samuel muerto, sin que nadie pudiese comprender el motivo de la repentina muerte del hebreo ni sus facciones aterrorizadas…

Pronto el tiempo hizo olvidar la extraña muerte del judío, viéndose la joven Rebeca separada del infeliz enamorado. Sólo “la Diablesa” y don Felipe conocían el secreto de tan trágico desenlace.

A los pocos meses la parroquia mozárabe de San Torcuato lucía todas sus galas para servir de escenario al enlace de Rebeca, ya bautizada, con don Felipe de Pantoja, siendo aquél uno de los acontecimientos más comentados en toda la ciudad.

Aquella misma noche, y en el mismo lugar donde apareció muerto Samuel, hallaron el cadáver de “la Diablesa”, que había muerto achicharrada por unas extrañas llamas sin que nadie pudiera hacer nada para apagarlas. Posiblemente los espíritus vinieran a cobrarse el alma prometida.

Desde aquel día, y como recuerdo de tan macabro suceso, se le dio el nombre de callejón del Infierno al lugar donde ocurrieron tan misteriosos sucesos.

Sobre relato de Vicente Mena Pérez en Revista Toledo nº 215. 1925.

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