Era una primaveral mañana de abril del año 1520 cuando en las toledanas calles se apreciaba una animación inusual. La plaza del consistorio, los claustros bajos de la Catedral, y las principales calles y plazas estaban tomadas por multitud de gente de todas las clases y condiciones.

Gran indignación flotaba en el ambiente, y es que estaba a punto de concluir el plazo que Carlos I había dado al regidor de Toledo, don Antonio de Córdoba, y a sus notables, Dávalos, Padilla, Carrillo, Gaitán, Ayala y el licenciado Herrera, para que se presentasen en la Corte. Con ello pretendía alejarles de Toledo para en breve colocar al frente de la ciudad a los nuevos mandatarios, elegidos personalmente por él, y poder disponer así hacer cuanto se le antojase.

No estaba de acuerdo la ciudad con la decisión real, y por eso se agolpaban tumultuosamente en la plaza consistorial. En ese momento se hallaban reunidos en su interior los gobernantes, y el único tema a tratar era la conveniencia de cumplir el mandato real. No se ponían de acuerdo sobre la decisión a tomar, aunque ya faltaba entre ellos el licenciado Herrera, que había partido al punto de recibir las órdenes monárquicas. Los demás, en cambio, no tenían todas consigo a la hora de acatar la imposición. Desde el exterior se oían las exaltadas voces populares, que decían:

¡Abajo el rey!.

 –¡Mueran los flamencos que quieren robarnos nuestra tierra!.

¡Vivan los defensores de España!.

Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, religiosos y seglares, todos lanzaban sus desesperados gritos pretendiendo ser escuchados por los de dentro, que se hallaban entre la espada y la pared. Por un lado debían obediencia al rey, y las órdenes reales deberían ser cumplidas inmediatamente. Sin embargo no les faltaba razón a aquellas gentes, viéndose en la obligación de proteger sus tierras frente a los intereses extranjeros.

Pero no pudieron tomar decisión alguna, pues antes de hacerlo gran parte del excitado pueblo irrumpió en la sala con intención de apresarles, evitando de esta forma que optaran por acatar el deseo del emperador. Sin necesidad de violencia les condujeron hasta la catedralicia capilla de San Blas, lugar donde fueron encerrados provisionalmente. Y después, la desbocada masa popular se hizo con el control de los puentes y puertas, así como la totalidad de edificios públicos de Toledo. Hecho esto liberaron a los cautivos, a los que obligaron a ponerse al frente del nuevo gobierno insurrecto, con el título de diputados generales, y escribieron notificaciones a todas las provincias invitándoles a seguir sus pasos.

No escatimaron medios los rebeldes para organizar su empresa. El dinero necesario fue tomado de los diputados generales, del cabildo y de los propios ciudadanos de Toledo. Las armas fueron elaboradas con los materiales más rústicos, e incluso se llegaron a construir varios cañones con las campanas de las iglesias. Comenzaba aquel movimiento de ámbito nacional que se conocerá con el nombre de “Las Comunidades”.

Unas semanas después, concretamente el 5 de julio, se concentraba gran cantidad de hombres en las inmediaciones de Santo Domingo el Antiguo, lugar donde se encontraba el palacio de Juan de Padilla. Éste había sido nombrado capitán general del ejército comunero, y aquel día había sido el designado para la salida de las tropas en dirección a Segovia. Muchos vecinos de Toledo y sus alrededores habían acudido para despedir a los más de mil hombres que componían la tropa, mientras Padilla se despedía de su admirable esposa, doña María de Pacheco, y de sus amigos que quedaban en Toledo. Poco después comenzaba la partida de la hueste comunera.

Al frente de todos iba el capitán general sobre su brioso alazán, seguido a poca distancia de su paje, Sosa, que portaba sus utensilios de batalla. Tras ellos los valientes guerreros, que comenzaban la marcha acompañados por el sonido de los clarines y tambores. En el balcón principal de la plaza se hallaban doña María de Pacheco y su hijo, que despedían al caudillo con lágrimas en los ojos. Éste les correspondió con un gesto de su mano, enviando un beso a aquellos pedazos de su corazón que quedaban en Toledo. La música cesó, y el silencio fue roto por una enérgica voz de mujer. Era doña María de Pacheco, que ahogada por la pena decía a su esposo:

¡Señor Juan de Padilla!. ¡Jamás os olvidaré!.

Lentamente prosiguió su marcha la comitiva, hasta que los últimos comuneros desaparecieron por la callejuela próxima en dirección a la puerta de Bisagra, y desde allí continuar hasta su destino.

Los meses siguientes estuvieron marcados por los enfrentamientos entre ambos bandos con alternancia de vencedores y vencidos. Hasta que finalmente la batalla de Villalar decantó la guerra a favor del ejército imperial. Pocos días después del desastre, y cuando todavía no se tenían noticias de él en Toledo, se encontraba doña María de Pacheco en su casa cuando se presentó ante ella Sosa, el paje de su esposo.

¿Qué ocurre? –preguntó inquieta al verle-. ¿Cómo es que te hallas aquí sin mi esposo?. ¿Es que ha ocurrido algo?.

Señora –contestó-, imploraría al Cielo no tener que ser yo quien trajera la mala noticia. Mi señor, Juan de Padilla, fue derrotado el 23 de abril en Villalar. Luego fue decapitado junto a Juan Bravo y Francisco Maldonado.

¿Vencido? –preguntó la esposa, más preocupada por la suerte de la patria que por la suya propia.

Así es –aseveró Sosa narrándole todas las circunstancias del nefasto día. Por último entregó a la dama un pliego que su esposo había escrito el mismo día de su muerte, y tras esto salió en busca de los diputados, para hacerles entrega de otra misiva. La viuda de Padilla cogió la carta, y con los ojos vidriados comenzó a leer:

‹‹Querida mía: me gustaría tener algo más de tiempo para poder extenderme en mis letras, pero ni mis verdugos me lo dan, ni yo quiero prolongar más la angustia de la espera. Os pido, esposa mía, que lloréis vuestra desdicha y no mi muerte, pues al ser ésta por causa justa no debe ser llorada. Dejo mi alma en vuestras manos, para que hagáis con ella lo que estiméis conveniente. Sabed que antes de morir mi último pensamiento será para vos.››

Cuando terminó la lectura, una furtiva lágrima rodó por sus mejillas, y arrodillándose abrazó a su retoño, lo único que le quedaba de recuerdo de su esposo, permaneciendo silenciosa durante unos instantes. Pero rehaciéndose se levantó, y enérgicamente comenzó a gritar:

¡Esposo mío, os habéis portado como todo el mundo esperaba de vos!. ¡No quedará vuestra muerte sin venganza, pues vuestra esposa se ocupará de ello!. Sólo sobre cadáveres y ruinas podrán hacerse los imperiales con Toledo, la ciudad que tanto amasteis.

Y después salió al balcón, gritando con desesperación lo que a Padilla y sus acompañantes les había pasado, rogándole a sus vecinos que se unieran a ella para vengar a los héroes comuneros.

Prácticamente al mismo tiempo, Sosa había hecho entrega de la otra misiva a los diputados, tras narrarles a éstos el fracaso de Villalar. Fue el paje personalmente quien hizo lectura en voz alta del mensaje de su señor, en el que se despedía de sus compañeros y les instaba a continuar con la lucha. Finalizada la lectura, los diputados enviaron un mensaje a la viuda con sus condolencias, e indicando que Toledo vengaría la muerte de su ejemplar defensor.

Sin embargo, y ante el empuje imperial, pronto decayeron los ánimos. Y cuando los hombres perdieron el valor para encabezar el movimiento fue una mujer la que se puso al frente; doña María de Pacheco. Finalmente no fue suficiente el arrojo de ésta y el valor de unos cuantos toledanos para detener el ejército real, que seis meses después se haría con la ciudad del Tajo. Pero como aseguró la notable dama sólo pudieron hacerlo sobre cadáveres y ruinas.

Sobre relato de Juan Marina. (“Santiago y libertad”). Tradiciones, descripciones, narraciones y apuntes de la imperial ciudad de Toledo, página 77.

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