Alrededor del año 1551 habitaba en la calle de Martín Gamero, por entonces llamada Ópera Prima, un maestro zapatero junto a su esposa y sus dos adolescentes hijas, que eran el regocijo del honrado artesano y de todos cuantos acudían a su humilde establecimiento.

Por eso el objetivo principal del zapatero era poder dar a sus hijas una educación digna, pero por su condición económica no podía permitírselo, y tal circunstancia ocasionaba gran pesar en el preocupado padre.

Estaba dándole vueltas a este tema en su cabeza cuando entró en su zapatería un joven estudiante desaliñado, llamado Juan Martínez, que le dijo con descaro:

Fachada del Colegio de Doncellas

Buenos días, maestro zapatero. Mirad los zapatos tan viejos que llevo. ¿Os parecen adecuados para ser los únicos que tengo?.

La verdad es que están bastante mal –contestó el zapatero-. Están tan gastados que lo mismo os daría ir descalzo.

Pues tomadme medidas y hacedme unos nuevos lo antes posible.

El artesano, amablemente, le indicó que tomara asiento mientras le tomaba medidas.

¿Cuándo podré venir a por ellos? –preguntó el joven-.

Dentro de un par de días.

Así lo haré.

El artesano se afanó los dos días siguientes en la fabricación de los zapatos, teniéndolos acabados en el plazo fijado. Cuando el joven volvió a por ellos se los probó, vio que quedaban perfectamente adaptados a sus pies, y dijo al zapatero.

Maestro zapatero, habéis hecho un gran trabajo, pero ahora ando escaso de dinero y no puedo pagarlos. Os ruego que me permitáis hacerlo cuando llegue a ser arzobispo de Toledo.

El zapatero, atónito, quedó en silencio un instante sin saber que contestar. Luego, con una sonrisa dibujada en los labios, le dijo al joven:

Largo es el plazo, pero no os preocupéis, que no sólo con monedas se hace caridad. Llevaos tranquilamente el calzado que os lo regalo, y no dudéis en volver a mí si algún día lo necesitáis de nuevo.

El joven cliente que con tanto descaro había entrado en el establecimiento, mostró su agradecimiento y reiteró su promesa.

Pasaron varios años de aquello y el zapatero a causa de su edad ya no trabajaba, viviendo pobremente. Con él seguían viviendo su mujer y sus dos hijas, que ahora se habían convertido en dos bellas jovencitas.

Lloraba el hombre desconsolado lamentándose de su destino cuando se presentó ante él su mujer, acompañada de un canónigo que poco antes había llamado a su puerta.

¿Qué puedo hacer por vos? –preguntó extrañado el anciano zapatero al canónigo-.

Me envía el arzobispo Silíceo con orden de que me acompañéis a su presencia.

¿Y qué puede querer su ilustrísima de un pobre anciano como yo? –preguntó tembloroso-.

No lo sé. Tengo la orden que os he dicho, pero no sé nada más.

Y con paso lento, lo más ágil que le permitían sus años, acompañó el zapatero al canónigo hasta el palacio arzobispal

Una vez en presencia del arzobispo el pobre zapatero inclinó la cabeza, avergonzado por su humilde posición, y comenzó a temblar. El obispo, dándose cuenta del temor del humilde obrero, comenzó a hablarle con bondad:

Querido maestro, permitidme que os dé un abrazo con mi agradecimiento, y después saldaré una deuda que tengo con vos desde hace mucho tiempo.

Absorto por el trato recibido no acertaba el pobre anciano a comprender lo que le ocurría.

Cuando yo era un joven estudiante –explicó el arzobispo- prometí pagaros cuando fuera arzobispo de Toledo un par de zapatos que me regalasteis. Y a pesar de que me los regalasteis con cristiana generosidad, quiero recompensaros. Nunca he visto a nadie más generoso y honrado que vos.

Y diciendo esto le entregó una bolsa que tenía preparada, diciendo:

Ahí van cincuenta onzas de oro, el precio de los zapatos. Ahora me gustaría que vos me pidierais una gracia, y si está dentro de mi poder os aseguro que ya la tenéis concedida.

Señor –comenzó a hablar el zapatero emocionado-, me parece que lo que está ocurriendo es obra de un santo. La cantidad que su ilustrísima me entrega es exageradamente superior al valor de aquellos zapatos. Os lo agradezco, pues con ello podré vivir holgadamente lo que me resta de vida. Sólo deseo que mis dos hijas no queden abandonadas cuando yo muera.

Vuestros deseos se cumplirán, no os preocupéis.

¡Que Dios os bendiga, señor! –exclamó el zapatero rompiendo a llorar por la alegría-.

Al poco tiempo el arzobispo cumplió su palabra. Ordenó construir el célebre Colegio de Doncellas Nobles, destinado a la educación de futuras madres de familia, siendo las dos hijas del zapatero sus dos primeras colegialas.

Sobre relato de Juan Moraleda y Esteban. (“El premio de unos zapatos”). Tradiciones de Toledo, página 187.

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