En romántica época existía en Toledo un gran y pobre caserón en el que tenían su morada tres antiguos hijos de la patria, tres esforzados caballeros que supieron añadir nuevas glorias al abolengo de sus antepasados. Juntos descansaban los tres de sus históricos triunfos, y juntos moraban en la ciudad de los concilios.

Allí, en torno a una vieja chimenea, se reunían los caballeros cuando la meteorología les impedía salir al exterior para recordar aquellos gloriosos tiempos, cuando sus ahora débiles brazos eran el principal pilar sobre el que se sostenía el reino.

Pero nuestros tres protagonistas no eran plenamente felices aún recordando tiempos mejores. A su lado faltaba Pere-Guillén, aquel viejo amigo y compañero perdido años atrás por una de esas terribles enfermedades que el cruel destino depara a quien menos lo espera. ¡Cómo le echaban de menos sus compañeros!.

Al amanecer, tres ilustres caballeros cruzaban la Puerta de Bisagra…

En el caserón reinaba un gran vacío, y es que la falta del querido compañero se dejaba notar en cada rincón y a cada momento. Por eso acudían todas las tardes a visitar la tumba de su amigo y mantener con él una conversación espiritual.

Pero una tarde de agosto los veteranos caballeros se mostraban preocupados. Algo que a ellos les resultaba extraño causaba esta inquietud. Desde hace algunos días alguien cubría la tumba de Pere-Guillén con flores. Como apenas eran conocidos en la ciudad a causa de su aislamiento debía ser algún allegado al difunto. Pero, ¿por qué ocultar su identidad?. Lo que más les intrigaba de todo este asunto era que el desconocido personaje aprovechaba la oscuridad de la noche para conservar su anonimato. Tan intrigados estaban que decidieron averiguar quién era aquel misterioso ser.

Por el día encargaron al sepulturero vigilar la tumba de su amigo, sin embargo no consiguieron el fruto apetecido. Por eso decidieron ser ellos mismos los que aclarasen el misterio, ya que no podía ser cosa de espíritus ni brujería, pues ninguno de ellos creía en fantasmas.

Convenidos con el sepulturero penetraron en el cementerio cuando comenzaba a reinar la oscuridad. Una vez dentro se ocultaron tras una enorme cruz de frío mármol, mientras el enterrador cerraba la vieja puerta de carcomida madera.

La muerte y el silencio llenaban el ambiente, y a ambos lados estatuas de piedra y ángeles de mármol parecían ser los únicos habitantes del camposanto. Un leve crujido se dejaba oír de vez en cuando, en tanto que el aire hacía rechinar los apagados farolillos y producía remolinos de hojarasca. Los tres caballeros permanecían enmudecidos, quizás con algún temor. Y éste no era producto del miedo al lugar donde se hallaban, sino por aquella intensa y sobrenatural calma.

Las campanas sonaron doce veces y la misma pavorosa calma continuaba en el cementerio. Los tres amigos comenzaban ante tal situación a arrepentirse de su aventura cuando escucharon pasos que se aproximaban tras las blancas tapias del fosal. Al poco, alguien se detuvo ante la puerta, introdujo una llave en la cerradura e hizo girar los goznes chirriantes de la vieja puerta.

Los tres hidalgos, expectantes, seguían al recién llegado con su mirada.

A través de las rejas de la puerta, y con la amplia claridad que ofrecía la luna, pudieron distinguir la figura esbelta de una mujer enlutada que, echando un vistazo a su alrededor, se adentró lentamente como un espectro.

Un oscuro velo movido por el aire ocultaba su rostro sin permitir que se distinguiera su fisonomía, mientras que un bulto bajo su manto hacía indicar que ocultaba algo.

Una vez que llegó bajo el ciprés que cobijaba la sepultura de Pere-Guillén se detuvo la enlutada dama, comenzando a prorrumpir en los más dolorosos lamentos mientras se echaba sobre la losa. A continuación se incorporó, y abriendo su manto dejó caer sobre la tumba una enorme cantidad de coloridas y fragantes flores.

¡Vuelvo a verte, cariño mío! –decía entre sollozos-. No pasa un solo día en el que no dé gracias a Dios por haber unido nuestros destinos. Recibe estas flores que me recuerdan a aquellas muchas otras que me ofreciste en vida. Ellas son lo único que poseo y a ti te las entrego.

Los intrigados observadores se quedaron absortos ante aquel panorama. Habían quedado completamente desconcertados y no podían pronunciar palabra. Por fin, el más desenvuelto de ellos, dijo:

¿Qué os parece?.

Que el misterio ya no es tal –contestó otro-. He aquí una historia cuya protagonista ha resultado ser un antiguo amor de nuestro querido amigo.

Pues ya que hemos descubierto el misterio es nuestro deber, por respeto a la memoria de un viejo amigo, proteger y amparar a esta pobre desafortunada.

¿Y qué le diremos?.

Los tres amigos miraban lastimosamente a la dama, que continuaba llorando y maldiciendo arrodillada mientras miraba a las estrellas.

Entonces, el más caracterizado de los compañeros de Pere-Guillén, se acercó diplomáticamente hasta la mujer. Ésta, que estaba sumida en su triste pesar, ni siquiera había oído los pasos. El noble caballero, llegando tras ella, la tocó levemente en un hombro. La enlutada giró la cabeza, y al verle gritó abrazándole con fuerza:

¡Amor mío! –decía-. ¡Estás vivo!. ¡Dios mío, no puede ser!. ¡Dios mío!.

Y cayó después la pobre mujer sobre la fría losa, que recibió su cuerpo con estrepitoso ruido. La pobre desdichada había fallecido a causa de la impresión.

Al amanecer el sol volvió a asomar por el horizonte. El trino de los pájaros y el murmullo del río daban la bienvenida al nuevo día.

En ese momento tres ilustres caballeros, en cuyo rostro se reflejaba el insomnio de una larga noche, cruzaban la puerta de Bisagra y preguntaban a los guardias por el alcaide, con la noble y presurosa intención de esclarecer y dar a conocer aquel drama.

Sobre relato de Leopoldo Aguilar de Mera. Revista Toledo

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