La leyenda del Palacio Encantado, o Cueva de los Cerrojos, es una de las más conocidas de Toledo, y que se refiere a la pérdida de la ciudad durante el mandato del rey Rodrigo, al que la historia no ha dejado en muy buen lugar. Algunos autores hablan de un suntuoso palacio, mientras otros se refieren a una profunda cueva excavada en la roca, aprovechando la tradición de la afamada Cueva de Hércules. Dejo a continuación relato de la leyenda, basado en la versión ofrecida por Eugenio de Olavarría y Huarte en sus “Tradiciones de Toledo”.

Cuentan las crónicas medievales que el mitológico Hércules, fundador de Toledo, construyó en un paraje de sus proximidades un palacio como no ha existido otro igual. Para su construcción utilizó piedras tan brillantes que podía ser visto desde muchas leguas de distancia, y sus torres tenían tal altura que a duras penas podían verse completas mirando desde su base. Allí residió temporalmente Hércules, y a su marcha dejó en él guardado el porvenir que le aguardaba a la ciudad, sin que nadie hubiera podido acceder a estos vaticinios, pues el héroe puso un fuerte candado en la puerta y ordenó que cuantos monarcas subieran al trono hicieran lo mismo. A esta orden se le añadía una advertencia; quien intentara entrar en el palacio recibiría un cruel castigo.

Todos los monarcas que ocuparon el trono cumplieron los deseos del fundador de la milenaria ciudad, y el paraje en el que se hallaba enclavado el palacio se había tornado sombrío, plagado de afiladas rocas y espinosos arbustos. El abandono lo había convertido en un lugar tenebroso por el que no cruzaba la más mínima corriente de agua ni cruzaba el más leve soplo de aire. Incluso si algún pájaro se perdía y osaba volar en sus cercanías salía al instante exhalando graznidos lastimeros y de terror. Nadie se atrevía a merodear por las proximidades, y los pocos que lo habían hecho aseguraban haber oído extraños sonidos que no podían identificar. Tal vez fueran sonidos de oxidadas cadenas arrastradas por el suelo, o tal vez de enormes rocas que chocaban entre sí. Pero todos coincidían en afirmar que no eran producto humano.

Corría el año 711, y con él los últimos días del reino visigodo gobernado por don Rodrigo, quien había pasado los dos años escasos de su reinado recopilando todo tipo de informaciones respecto al palacio. Ignorando las advertencias de sus antecesores el ambicioso Rodrigo quiso comprobar por sus propios ojos lo que escondía el palacio, enfrentándose incluso a la mayoría de sus nobles, que se oponían a tal empeño. Treinta y cinco candados se contabilizaban ya en la puerta, y el codicioso Rodrigo, en lugar de colocar uno más, se disponía a arrancar todos los anteriores. Estaba plenamente convencido de que en aquel lugar no se encontraba ningún vaticinio, sino el legendario tesoro de Hércules, al que el héroe trataba de proteger bajo falsas amenazas.

Y allí se encontraba lo más selecto de la nobleza visigoda, ante la puerta del palacio de Hércules, debatiendo la inconveniencia del desatinado capricho de su señor. Todos discutían entre sí, pero ninguno se atrevía a reprender al monarca su polémica decisión.

Uno a uno fueron descerrajados todos los candados, y a cada golpe de martillo los asistentes sentían que su corazón palpitaba más violentamente por la incertidumbre. Rodrigo sonreía sintiéndose muy superior a sus súbditos, mientras éstos apenas se atrevían a alzar la cabeza.

Cuando fue violentado el último candado la puerta se abrió de par en par, produciendo un agudo chirrido que estremeció a todos los presentes. El palacio emanaba un olor húmedo que proporcionaba un ambiente más lúgubre si cabe. La oscuridad era total, y el monarca ordenó de inmediato a unos de sus vasallos que le entregara un hachón para poder vislumbrar el interior del edificio. El sirviente facilitó de inmediato a su señor la candela, y éste avanzó unos pasos hasta situarse bajo el umbral de la puerta y comprobar el interior. El silencio era total. Todos contenían la respiración en espera de la decisión que tomara su insaciable rey, quien cruzó la puerta sin pronunciar palabra. Todos se miraron entre sí, y sin saber que hacer en un principio, no tardaron en seguir tras los pasos de Rodrigo.

Apenas caminaron unos pasos y se detuvieron todos agrupados, pero en esta ocasión no reinaba el silencio, sino un ronco murmullo. Se hallaban en el centro de una gran habitación, cuya estructura y construcción no parecían obra humana. A pocos metros de ellos se distinguía una inscripción en el suelo. El rey acercó la antorcha y leyó en voz alta:

‹‹Tú que no has respetado la dignidad de este lugar. Yo soy Hércules, fundador de Toledo, y te advierto que la ciudad será perdida por ti, como lo fue conquistada por mí.››

Rodrigo calló un instante atemorizado, pero tratando de aparentar valor ante sus nobles se volvió diciéndoles:

¡Qué sabrá Hércules lo que depara el futuro!. No hagamos caso y prosigamos explorando este lugar.

Los acompañantes del rey cobraron algo de valor al ver tanta seguridad en su señor, y todos juntos continuaron hasta llegar a una inmensa sala sostenida por inmensos pilares. La sala estaba presidida en el centro por una gran estatua del héroe mitológico, en cuyo pedestal se grababa otra inscripción, que decía:

‹‹Profanando este templo, necios nobles, habéis provocado vuestra perdición. Extraños pueblos os humillarán y castigarán cruelmente.››

La totalidad de integrantes de la expedición hicieron ademán de marcharse, pero Rodrigo, comprendiendo que una retirada en este momento resultaría una fuga vergonzosa, les instó a continuar tras sus pasos y entrar en la siguiente sala.

Aquella era más rica que las anteriores, e incluso contaba con pequeños faroles distribuidos por todas sus paredes que la dotaban de gran luminosidad. En el centro de la sala destacaba un gran cofre elaborado en madera rústica y ornamentado con sencillas cenefas de cuerda. En su tapa relucía una pequeña placa metálica en la que rezaba la inscripción:

‹‹El rey que descubra el secreto de este cofre no morirá sin ver sucesos extraordinarios.››

El rostro del orgulloso rey se llenó de satisfacción. Desde que entraron en el edificio esta era la primera lectura que no vaticinaba desastres ni sucesos funestos. Creyendo haberse salido con la suya, se volvió a sus súbditos diciendo:

Hércules llenó su palacio con falsas amenazas y presagios para ahuyentar a los cobardes, pues no hubiera querido que su tesoro cayera en manos indignas. En cambio, en recompensa por nuestro valor, vamos a poder hacernos con el preciado tesoro que el avaro mentiroso quiso llevarse a la tumba. Veamos nuestro tesoro.

Todos se agolparon en derredor del cofre, olvidando sus miedos anteriores e intrigados por descubrir su interior. Rodrigo levantó la pesada tapa y un murmullo de desilusión resonó cuando en el interior del arcón sólo se veía un polvoriento pergamino. Ansioso lo cogió, y su rostro palideció al contemplar su contenido. En el pergamino se dibujaban multitud de árabes envueltos en blancos ropajes y portando pesados alfanjes de combate. Bajo el dibujo destacaban unas líneas que advertían:

‹‹Cuando el negligente Rodrigo se haga acompañar de sus despreciables vasallos, y profane este palacio, hombres así ataviados le arrebatarán su reino.››

Al osado monarca le llenó de estupor el ver los funestos presagios acompañados de su nombre, y un sudor frío comenzó a brotar de su frente. Las fuerzas le abandonaron y el ligero pergamino se le cayó de las manos como si fuera de plomo. Todos comenzaron a sentir terror al ver la barbaridad que habían cometido, y que ya no podrían subsanar. Al poco, un hecho inexplicable, vino a sacarles de su estupor.

El suelo sobre el que se hallaban comenzó a temblar con una violencia espantosa, y los extraños ruidos que eran oídos en aquel paraje comenzaron a sonar con mayor estruendo que nunca. El pavimento comenzó a agrietarse, y del techo comenzaban a desprenderse enormes moles de piedra que caían a su alrededor. Nerviosos y asustados salieron corriendo del palacio, sin atreverse a mirar atrás temiendo ver cosas insoportables para su cobardía. Cuando al fin se atrevieron a mirar, a considerable distancia, comprobaron con gran espanto que la antigua fortaleza ya no estaba en pie, y en su lugar quedaba una deforme montaña de cenizas y escombros. Al poco tiempo entraron el rey y los suyos temblorosos en Toledo, sin atreverse a contar a nadie todo cuanto habían vivido aquel fatídico día. Desde aquel momento desapareció la sonrisa del rostro del ruin monarca, quien vivió los últimos días de su reinado atormentado por estos recuerdos.

Al poco tiempo se hallaba en su alcázar cuando le informaron de la llegada de un mensajero. El enviado traía malas noticias del sur del reino, pues desde África llegaba la invasión de unos enemigos ataviados con vestiduras blancas. Rodrigo despidió al mensajero y se dejó caer pesadamente sobre su asiento al sentirse desfallecer.

Los terribles presagios de Hércules comenzaban a cumplirse.

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