Transcurrían los últimos días del siglo X cuando el reino cristiano de León se encontraba en graves problemas. Su monarca, Vermudo II, había fallecido, y su hijo y heredero Alfonso V contaba con corta edad. Esta circunstancia quiso ser aprovechada por algunos de los nobles del reino, que rivalizaban por hacerse con la tutoría del niño a la par que con la corona que le pertenecía. Alfonso V, que a pesar de su juventud no le faltaba la inteligencia, envió un mensajero a su amigo el califa musulmán Hisam II solicitándole consejo. Los reinos cristiano y musulmán eran grandes enemigos, pero sus mandatarios por el contrario, mantenían una relación de cordial amistad propiciada por sus continuos diálogos en busca de la paz del territorio peninsular. La ayuda del califa no se hizo esperar, y a los pocos días se presentó en León Abdalláh, rey moro de Tolaitola, quien terminó de un plumazo con todos los carroñeros que trataban de apropiarse ilegítimamente de la corona cristiana.

Durante su estancia en León Abdalláh conoció a doña Teresa, hermana del joven Alfonso, y prendado de su belleza solicitó su mano como pago por su ayuda, petición que le fue concedida. De nada sirvieron las súplicas de Teresa, que una y otra vez rogaba a su hermano y señor que no consintiera tal matrimonio con un enemigo del reino. Tampoco las palabras de los obispos, que amenazaban con la eterna condenación. El rey tenía que pagar los servicios prestados, y aquel enlace podría suponer además un hermanamiento con el pueblo musulmán.

Habían transcurrido unas pocas lunas, cuando la musulmana Tolaitola emanaba ambiente de fiesta. Era el lugar donde se celebraría el enlace, y los toledanos lo agradecieron adornando las calles con sus mejores galas. Los toledanos abarrotaban la entrada de la ciudad entusiasmados con la llegada de la noble cristiana, que llegó acompañada de un séquito más propio de un funeral que de una boda. Junto a Teresa llegaban dos obispos y algunos de los sirvientes de confianza del rey. En el rostro de todos se reflejaba el sentimiento de tristeza que les producía el inminente casamiento, y ello no pasó inadvertido para los numerosos mozárabes que se agolpaban a su llegada.

Con la oscuridad de la noche llegó la hora del enlace, que tuvo lugar a orillas del río, y una vez desarrolladas las ceremonias nupciales, oficiadas en los ritos musulmán y cristiano, se celebró un gran banquete. Los invitados musulmanes estaban eufóricos, brindando solemnemente por la felicidad de la nueva pareja. Por el contrario, los leoneses, no pronunciaron palabra, permaneciendo todo el banquete con el rostro inclinado. Ni siquiera todo el lujo con el que Abdalláh había preparado el festejo sirvió para levantarles el ánimo, pues no podían alejar de su mente la idea de que la apenada joven se casaba sacrificada por el reino. Un lujo que llegaba al extremo de utilizar valiosas vajillas y cuberterías de oro y plata, que eran arrojadas al río sin ningún miramiento después de ser utilizadas.

Lugar aproximado donde según la tradición pudo celebrarse el banquete, en las orillas del río Tajo

Tras el banquete Abdalláh se levantó, dirigió unas palabras de agradecimiento a los invitados, y tomó a su nueva esposa de la mano invitándola a retirarse a la que desde aquel día sería su morada.

Permitidme antes –dijo doña Teresa señalando a su séquito-, que me despida de los míos.

Ahora eres mi señora –contestó Abdalláh-, pero no mi esclava. Haz lo que te plazca.

Y dejándola a solas con sus sirvientes y los obispos se adelantó al palacio para preparar la llegada de su esposa. Ésta, deshecha en lágrimas, se arrojó en brazos de los prelados, preguntándoles:

¿Creéis lícito este matrimonio?. ¿Es que es necesario para mi reino que me entregue a un enemigo de mi religión al que detesto?.

A lo que respondió uno de los obispos:

Hija mía, has de ser fuerte en estos momentos de debilidad. La Providencia te ha elegido para que te conviertas en noble de los enemigos de tu pueblo y tu religión. ¿Quién sabe si no son designios del Altísimo para que propagues tu fe entre los que la desconocen?. Vuestra presencia hará más llevadera la vida de los cristianos apresados por Abdalláh.

En tal caso comprendería mi sacrificio. ¿Pero y si no ocurriera así?.

En esta ocasión respondió el otro prelado:

Dudad de los hombres si queréis, pero jamás de Dios.

Entonces –concluyó ella-, sea lo que Dios quiera. Dadme vuestra bendición para que nuestro Señor escuche mis súplicas.

Los religiosos bendijeron a la joven y musitaron una breve oración. Después Teresa besó sus manos y se dirigió al palacio donde hacía ya tiempo que Abdalláh estaba esperando. Al entrar en su cámara, viendo frente a ella al hombre que jamás había deseado, se arrojó a sus pies diciendo con voz temblorosa:

Señor, la voluntad de mi hermano me ha arrojado a vuestros brazos en contra de la mía. Puede que estemos unidos ante los hombres, pero jamás lo estaremos ante Dios. Dejadme marchar para que pueda servir a mi único Dios y Señor.

¿Acaso has enloquecido? –respondió él-. Me enamoré de ti desde el primer momento en que te vi. ¿Y ahora pretendes que te deje marchar?. Es imposible. Además, tu mano se me concedió como pago a un servicio prestado a vuestro pueblo.

Os lo ruego –insistía ella-, vuestro pueblo me odiará tanto como yo le odio a él.

Eso sólo lo dirá el tiempo. Aquí no te faltará nada de cuanto desees. Mis ejércitos lucharán por ti, todo mi oro te pertenece, todo lo que pidas se te concederá…

En tal caso sólo os pediré una cosa. Si me la concedéis os entregaré mi amor.

¿Cuál es?.

Haceos cristiano.

Abdalláh quedó atónito ante tan inesperada proposición. Durante unos instantes quedó sin habla, pero cuando retomó el aliento contestó irritado:

¡Jamás!. ¡Eres tú la que se ha de entregar a mí, y no al contrario!.

Mirando la faz atemorizada de doña Teresa se tranquilizó y continuó con dulzura:

¿No te das cuenta que podemos unir nuestros corazones sin unir nuestra fe?.

Nunca. Mi Dios no aceptará un matrimonio con un enemigo de mi pueblo.

Ya lo hizo, cuando vuestro hermano aceptó que te convirtieras en mi esposa.

No existe forma de que me entregue a vos.

¡Claro que la hay! –respondió el caudillo poseído por la ira-. La que nos da mi derecho y tu deber. ¡Ahora eres mi esposa, y tu Dios no podrá obstaculizar mis deseos!.

Y se abalanzó violentamente hacia doña Teresa. En ese preciso momento se apagó la lámpara que iluminaba la estancia, y un estruendo ensordecedor retumbó por todo el palacio. Todos los sirvientes acudieron alarmados a la cámara de los recién casados, en la que se escuchaban desgarradores gritos del sarraceno. Al entrar fueron deslumbrados por una luz cegadora que les hizo retroceder. En un rincón de la sala distinguieron la figura de doña Teresa, que rezaba fervorosamente mientras seguía con la mirada un reguero de luz que desaparecía por el techo. En el rincón opuesto se hallaba Abdalláh, sentado en el suelo y por el rostro descompuesto por el terror mientras señalaba el haz luminoso.

Al amanecer, cuando apenas asomaba el sol por el horizonte, se disponían a regresar a su patria los leoneses portando ricos presentes para su monarca. Doña Teresa regresaba con ellos para alegría de todos. Abdalláh explicaba en una misiva que comprendía que su unión con la joven cristiana era imposible y sacrílega, y que por ello la devolvía a su hermano dando la deuda por pagada. El musulmán acompañó a los cristianos hasta las afueras de Toledo. Allí se despidió con lágrimas en los ojos de la que debería haber sido su esposa, quien con ternura le dio un fuerte abrazo. Después permaneció allí siguiendo a la comitiva con la vista hasta que se perdió en el horizonte. Entonces se llevó la mano al corazón, como si parte de él se hubiera marchado, y regresó a la ciudad meditabundo, triste y sin esposa.

Sobre relato de Eugenio de Olavarría y Huarte

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