Cuando ya estaban instalados los hermanos franciscanos en su nuevo monasterio se presentó ante el padre prior un varón llamado Gonzalo, de unos cuarenta abriles, manifestándole sus deseos de abandonar el mundo terrenal para ingresar en la Orden. La humildad que demostraba en su porte era un claro síntoma de las virtudes interiores que poseía, mientras que su prudente conversación reflejaba su erudición y su vasta experiencia.

Leyó el prior el corazón de Gonzalo como en un libro abierto, y con sumo gusto le abrió la puerta del convento, facilitándole el humilde hábito que en época pasada vistiera San Francisco, su fundador. Era el primer novicio que ingresaba en el nuevo monasterio, y los frailes le recibieron con la misma alegría y cariño que un matrimonio recibe a su primer hijo.

Cumplió Gonzalo todas las expectativas, y en el año de prueba que supone el noviciado pasó notablemente todas las pruebas a las que fue sometido para demostrar su vocación. Y pasado dicho período se convirtió en un hermano más.

A partir de ahí se ejercitó en todo tipo de penitencias y mortificaciones, demostrando tanta austeridad como el fundador. Pero Gonzalo comenzaba a sentirse incómodo por la continua presencia de numerosos viajeros que llegados de los más variados lugares acudían a conocer el afamado edificio de San Juan de los Reyes. Por eso pidió autorización a sus superiores para retirarse al paraje del Castañar, sito en los Montes de Toledo, para poder meditar lejos del mundanal ruido. Y así, con el permiso concedido, se retiró a aquel apartado lugar, donde construyó una pequeña choza que fue su único refugio. Allí pasaba largas horas, entregado a la vida contemplativa y complacido por no saber nada del mundo terrenal. Su único alimento era el que él podía procurarse, principalmente agua y plantas silvestres.

Sin embargo, de vez en cuando, se veía obligado a realizar algunas visitas a los pueblos cercanos por la ley de la obediencia. Eran los únicos momentos en que con dolor abandonaba su soledad para ir pidiendo limosna de puerta en puerta, labor que por lo visto no se le daba demasiado bien. Sucedió que en una de estas visitas, en el pueblo de Ajofrín, conoció a otro franciscano, llamado Pedro Sánchez. Tan austero como nuestro Francisco, y de agradable conversación, no tardaron ambos religiosos en entablar amistad, y a punto de expirar el día decidieron pernoctar los dos juntos en un sembrado situado a cierta distancia de las primeras casas del pueblo. Con la severidad que les caracterizaba, y agotados del esfuerzo de una dura jornada, no tardaron en quedar dormidos sobre la áspera arena del suelo.

No había asomado el primer rayo de sol cuando Gonzalo abrió los ojos sobresaltado por los gritos de su compañero que, incorporándose repentinamente sobre el improvisado lecho, le dijo:

Padre, he soñado que usted era cardenal arzobispo de Toledo, y como a tal yo le debía obediencia. Ruego a Dios que algún día pueda cumplirse este sueño, que me ha parecido inspirado por Él.

Calle padre y duerma otro rato, que no debe desperdiciar su descanso con sueños vanos –contestó Gonzalo a la vez que se levantaba.

Después se arrodilló, y fijando sus ojos en el todavía oscuro cielo comenzó sus rezos dando gracias a Dios por el nuevo día. Mientras, el más inocente de los frailes, se volvió a echar sin atreverse a replicar a su compañero, que no aceptaba de buen grado los halagos y alabanzas.

Habían pasado varios años y ya nadie se acordaba de los sueños de Pedro, de quien no se volvió a saber. Sin embargo Gonzalo se había convertido en provincial de la Orden. Sorprendentemente le llegó un mensaje desde la Corte, que se hallaba en Madrid, solicitando su inmediata presencia ante su majestad la reina. Raudo acudió el franciscano a presencia real, y llegado ante doña Isabel hizo una reverencia. Ésta, entregándole un pliego cerrado, dijo:

Su Santidad, el Papa Alejandro VI, envió esta misiva con la orden expresa de que la leáis en mi presencia.

La tomó el sorprendido fraile, y echando un vistazo por la cubierta pudo leer las palabras:

‹‹Al Venerable fraile franciscano Gonzalo, arzobispo electo de Toledo… ››

¡No puede ser!. ¡Esto debe tratarse de algún grave error! –dijo el franciscano arrojando la misiva sin abrirla sobre la falda de la reina Católica y abandonando la cámara sin pedir la acostumbrada licencia.

Todos los testigos quedaron absortos, pues doña Isabel era mujer digna de ser respetada, y el franciscano era un súbdito altamente respetuoso. Pero seis meses después se recibían nuevas noticias del pontífice, en las que reprendía la actitud del fraile y le exigía aceptar la mitra toledana, por convenir al interés de la Iglesia. Así pues no tuvo más remedio que someterse el franciscano, que el día 26 ocupó la cátedra primada, siendo uno de los más ilustres prelados que han pasado por la diócesis don Francisco Jiménez de Cisneros; el solitario del Castañar.

Sobre relato de Juan García CriadoA orillas del Tajo, página 195.

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