La historia que a continuación refiero ocurrió durante una tarde del año 1520, cuando el fragor de la guerra de las Comunidades se hallaba en uno de sus puntos álgidos. Un grupo de toledanos, contrario a la causa del emperador, se encontraba reunido en los claustros de la Catedral, debatiendo sobre los pormenores de la contienda. Un asunto era especialmente lamentado por estos tertulianos, y es que disponían de casi todo lo necesario: hombres abundantes, causa justa, valor y arrojo, armas… Pero en cambio no se disponía de cañones con los que poder controlar a la artillería del ejército de Carlos I. Estaban todos dándole mil vueltas al asunto, pensando la forma de subsanar esta carencia, cuando una voz ronca indicó que había llegado la hora de cerrar el templo, interrumpiendo bruscamente la reunión.

Esta se reanudó, ya en las sombras de la noche, en la plaza del Ayuntamiento. Los caudillos continuaron largo espacio de tiempo discutiendo y devanándose los sesos sin hallar solución a sus problemas. Estaban a punto de darse por vencidos y retirarse a sus respectivas moradas cuando apareció uno de esos heroicos toledanos, que dijo:

No os preocupéis, que pronto habrá cañones para combatir. ¡Seguidme!.

Sorprendidos y asombrados no dudaron los presentes en seguirle hasta la plaza de San Lucas, donde se concentraron a su alrededor en espera de una explicación. Al punto llegaron a la plaza varios sirvientes del guía, portando garfios y cuerdas, y dejándolas caer sobre el suelo quedaron aguardando nuevas instrucciones de su señor. Éste, tomando la palabra, dijo enérgicamente:

Iglesia de San Lucas

Ya que no hay cañones, debemos procurárnoslos nosotros mismos. Además, contamos con la ayuda del Cielo.

A una orden suya los sirvientes subieron a la torre de la iglesia mozárabe, y una vez allí descolgaron la campana principal con las cuerdas llevadas al efecto. Hecho esto se desplazaron todos hasta la plaza de Santo Tomé, donde se volvió a repetir la misma operación.

Tomadas las campanas se entregaron a un herrero del bando comunero, que aguardaba prevenido para convertir las campanas en poderosas armas de guerra. Fundido el metal, y adoptada su nueva forma, se convirtió en poderosas armas que se ubicaron en el palacio de Padilla, general de la sublevación, que se encontraba situado tras el convento de San Clemente.

Por necesidad estratégica los cañones fueron reclamados en el frente de diferentes poblaciones, siendo perdida su pista y no siendo recuperada hasta la fecha.

Sobre relato de Juan Moraleda y Esteban.Tradiciones de Toledo, página 20.

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