Hace unas pocas semanas tuve la fortuna de poder visitar el convento de la Concepción Francisca acompañado de un arqueólogo, amigo mío, que tenía el encargo de supervisar ciertas partes del edificio para acometer una futura restauración. Por tal motivo tuve la oportunidad irrepetible de recorrer a mi antojo todos y cada uno de los rincones del antiguo monasterio. Con sedienta curiosidad mis ojos devoraron los arcos árabes y mudéjares, el interior de la torre campanario, el claustro conventual, la capilla de Santa Catalina, la de San Jerónimo, el inaccesible coro… Pero lo que más captó mi atención fue una vieja inscripción en la que se podía leer:

‹‹Aquí yacen los restos de la benerable madre doña beatriz de silva, fundadora de la orden de nuestra señora, la purísima concepción. pasó de esta vida a la eterna, año de 1490.››

Embelesado en su lectura no me percaté de la presencia de una menuda monja, que sigilosamente había llegado tras de mí al observar mi curiosidad. Sobresaltado al girarme y encontrar la inesperada compañía no pude reprimir un leve respingo acompañado de un “¡uy!”.

Ave María Purísima –dijo la religiosa que ocultaba su rostro mirando al suelo-.

Sin pecado concebida –respondí algo desconcertado-.

Veo que tienes especial interés en esta lápida, y tal vez te gustaría conocer algo más sobre ella.

Por favor –contesté intentando mostrar una amplia sonrisa de satisfacción y agradecimiento-, se lo ruego.

La menuda religiosa, aparentemente de avanzada edad, se agarró a mi brazo y me invitó a acompañarla hasta el interior del coro, donde sentados en un destartalado banco podríamos tener larga conversación de forma algo más confortable. Apenas sentados, comenzó su historia:

La lápida que estabas observando pertenece a nuestra insigne fundadora, doña Beatriz, mujer de gran corazón y no menor belleza. Llegó a España, a mediados del siglo XV, en la Corte de Isabel de Portugal, que acudía a nuestro país para consumar matrimonio concertado con Juan II. En cualquier dama la belleza es un preciado tesoro, pero para la ejemplar doña Beatriz resultó una dura y pesada carga. Era innumerable la cantidad de caballeros que suspiraban por los encantos de la ejemplar dama, pero ninguno de ellos había conseguido su objetivo. La fama de doña Beatriz era tal que aseguran que el propio Juan II se había enamorado de ella. Tal supuesto enojó sobremanera a la portuguesa, doña Isabel, que poseída por los celos hizo encerrar a la inocente joven en un pequeño baúl hasta decidir que hacer con ella. Allí permaneció tres largos días, privada de alimento y bebida, sin que la cándida muchacha acertara a comprender el motivo de su castigo. Asegura la tradición que, durante el mismo, la desdichada niña recibió la visita de la Madre de Dios, que confortaba su sufrimiento y alentaba sus esperanzas de pronta liberación. Pasados los tres días la pobre niña fue liberada, y en agradecimiento a la Señora de los Cielos, y para evitar que ocurriera otra vez lo mismo, ingresa en el convento de Santo Domingo, donde permaneció durante más de treinta años. Durante todo este tiempo la religiosa llevó una vida tan ejemplar y entregada a los demás que alcanzó gran fama entre los habitantes de Toledo. Era frecuente ver cómo los toledanos acudían al convento para pedir consejo a Beatriz, o simplemente para disfrutar unos instantes de una compañía que infundía paz y serenidad. Pero sin duda, de entre todos los visitantes, destacaba una jovencita por su porte y linaje. Esta no era otra que la pequeña Isabel, hija de la reina del mismo nombre y de Juan II, que había oído hablar de las bondades de la hermana Beatriz, y pronto se acostumbró a visitarla frecuentemente, naciendo entre ambas una fuerte y verdadera unión de amistad y complicidad.

Habían pasado tres décadas y las dos jóvenes se habían convertido en dos mujeres con mayores responsabilidades. La hermana Beatriz ya no era una monja más, sino que se había convertido en la superiora del convento, mientras que Isabel había dejado de ser una joven princesa para convertirse en la reina conocida como “la Católica”. La bien llevada amistad entre ambas había facilitado la situación para que la religiosa pudiera contarle a la reina con toda confianza lo sucedido durante su encierro antes de ingresar en el convento, y cómo la Madre de Dios había aliviado su sufrimiento. La reina escucha el relato con interés y fascinación. Por ello, cuando la monja le pide ayuda para fundar una Orden dedicada a la Inmaculada Concepción, no duda en entregarle para la causa el edificio donde nos encontramos ahora, y que en tiempos pasados formaron parte de los célebres palacios de Galiana.

La narradora de los hechos calla unos instantes, lo suficiente para aclarar su seca garganta, y al poco continuó con el relato:

La Providencia quiso que la pobre Beatriz muriera un 18 de agosto del año 1490, siendo enterrados sus restos mortales en el convento de Santa Fe provisionalmente, hasta que poco después fueron trasladados bajo la lápida que con tanta curiosidad estabas observando. La fama de santidad de la estimada fundadora, y los milagrosos prodigios que se le atribuyeron tras su muerte, fueron recogidos por la Iglesia, que la beatificó en el año 1926, siendo canonizada cincuenta años después. Así es como me contaron la historia de la Santa, y así es como algún día tú también la contarás a quien lo precise.

Al finalizar su historia quedé en silencio, saboreando mentalmente la bella narración, hasta que la voz de mi amigo indicándome que había llegado la hora de marcharnos me sacó de mi letargo. Entonces me giré con la intención de agradecer a la religiosa la gentilidad de haberme contado el anterior relato, pero sorprendentemente me di cuenta de que me encontraba solo. ¿Acaso todo había sido fruto de mi imaginación?. ¿O tal vez la sigilosa narradora se había esfumado con la misma facilidad con la que había aparecido?. Perplejo y asustado salí precipitadamente de coro para situarme junto a mi amigo con intención de contarle lo sucedido. Pero pensándolo dos veces le sonreí diciéndole:

Vámonos, que por hoy ya he tenido bastantes emociones…

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