Cuando Tolaitola estaba gobernada por Galafre, en el siglo VIII, existía junto al río un pequeño pero lujoso palacete. Este era el lugar favorito de Galiana, la joven y bella hija de Galafre, quien pasaba allí largas temporadas disfrutando de la paz y tranquilidad que ofrecía el paradisíaco vergel.

Cierta noche veraniega se hallaba la joven conversando con Geloira, su esclava favorita, a la que tenía el cariño suficiente como para confiarle sus más íntimos secretos. La noche era apacible, como tantas otras, pero la joven no era feliz y así se lo hizo saber a su sirvienta.

(1851-05-11). “Vista de las ruinas del palacio de Galiana desde el patio”. Semanario Pintoresco Español (19): 152. ISSN 2171-0538

¿Cómo es posible –preguntaba ésta- que no seas feliz?. Eres hija de un poderoso señor que te proporciona cuanto deseas, tu vida transcurre entre toda clase de comodidades y eres amada por Abenzaide.

Galiana, en el momento en que su esclava mencionó a Abenzaide, lanzó un débil suspiro.

¿Qué te ocurre? –continuó Geloira-. ¿Es que acaso Abenzaide no te ama?.

Al contrario, Geloira –respondió Galiana-. Ya hace tiempo que no deja de importunarme, pero yo no siento nada por él. Sé que es valiente y poderoso, pero a la vez es orgulloso y dominante. Jamás sería feliz a su lado.

¿Y él lo sabe?.

No, pues hace varias lunas que por motivos de gobierno marchó a tierras lejanas sin que haya vuelto a verle. Pero se lo haré saber tan pronto como regrese.

Todavía resonaba en el aire la última palabra de la princesa cuando de entre la espesura del jardín apareció un apuesto caballero que se presentó ante sus miradas. Galiana y Geloira gritaron de terror abrazándose entre sí. El caballero se echó a sus pies tratando de tranquilizarlas.

Perdonadme si mi brusca presentación os ha asustado, pero escondido en el jardín he oído vuestras palabras que me han llenado de dicha. En este momento puedo confesar, sin ofender a la hospitalidad de vuestro padre, que he venido sólo para contemplar vuestra belleza. Ahora, sabiendo que no amáis a Abenzaide, no os ocultaré mi amor. Galiana, pronto he de regresar a mi reino. ¿Queréis cambiar vuestros jardines por los de mi patria?.

Galiana enmudeció. Superado el sobresalto reconoció en el caballero a Carlos, hijo del rey de los francos, que se alojaba en el palacio hace días por hospitalidad de Galafre. Ella se sentía también atraída por el joven príncipe desde que le vio por primera vez, pero había ocultado sus sentimientos por tratarse de un huésped de su padre. Carlos cogió una mano de la princesa estrechándola suavemente con las suyas, mientras con su expectante mirada parecía suplicar una respuesta. Galiana dijo un tímido “¡sí!”, y después ocultó su rostro, enrojecido por el rubor, en el pecho de su esclava. El galán príncipe besó tiernamente la mano de la joven y se marchó despidiéndose hasta el día siguiente.

A los pocos días llegó a Tolaitola Abenzaide, quien había oído lo sucedido y regresaba para pedirle explicaciones a Galiana. Cuando llegó ante el palacio salió a recibirle Geloira, quien hablaba en nombre de su señora.

Alá os guarde, señor. Disculpad a esta esclava que solamente es la portadora de un mensaje de su señora. Galiana desea que os transmita su deseo de no volver a ser importunada por vos, pues su amor es para otro caballero. Deseando vuestra felicidad se despide de vos.

Dile a tu señora –contestó Abenzaide- que no permitiré que su corazón pertenezca a otro. ¡Haré cuanto sea necesario para evitarlo!.

Y tan colérico como sorprendido marchó en busca del caballero que había cautivado el corazón de la mujer a la que amaba.

Encontró a Carlos en el palacio que Galafre tenía en el interior de la ciudad, y presentándose ante él le exigió desagravio mediante duelo a muerte. El joven franco no pudo negarse, y fijaron la celebración del duelo para el amanecer del día siguiente.

Al poco de despuntar el alba era incontable la multitud que se agolpaba en torno al camino que conducía al escenario del duelo, un descampado en la vega que Galafre, como juez imparcial, había elegido. Los asistentes guardaban un respetuoso silencio, sabiendo que aquel día finalizaría echando en falta a un ser humano. Con toda puntualidad llegaron los dos adversarios, ataviados con sus armaduras más resistentes y empuñando sus armas más poderosas. Antes de enfrentarse con sus armas lo hacían a través de sus miradas, en las que se reflejaba toda la tensión y odio acumulados.

El público, formado en su totalidad por sarracenos, mostraba su favoritismo por el extranjero, y es que diferentes motivos habían propiciado tal circunstancia. Por una parte odiaban a Abenzaide por su orgullo ilimitado y la crueldad con que trataba a sus enemigos. Por otra, el joven extranjero, había demostrado gran cortesía y nobleza durante su breve estancia en Tolaitola. La fama de su valor le precedía, al igual que su respeto al adversario. Todos conocían el amor correspondido que sentía hacia Galiana, y nadie

En una tribuna levantada para la ocasión se hallaba Galiana, presa de los nervios, temiendo perder al hombre que realmente amaba. Junto a ella se encontraba su padre, quien hizo la señal para que diera comienzo el combate.

La joven no pudo resistir el terror, agachó la cabeza y se tapó los oídos para no contemplar el sangriento desenlace. Los caballos de los dos adversarios emprendieron veloz galope y chocaron en horrible estrépito. Las armaduras chirriaban al rozarse entre sí, y caballos y caballeros se hicieron invisibles tras una espesa nube de polvo. Nada pudo verse durante unos instantes, pero un golpe seco indicó que uno de los caballeros había caído a tierra. Los asistentes enmudecieron en espera de poder distinguir lo que había sucedido, y cuando la nube de polvo se desvaneció sonó una atronadora ovación. El júbilo de los congregados animó a Galiana a alzar la vista, y cuando lo hizo pudo distinguir a Carlos, que se hallaba en pie junto al cuerpo sin vida de su rival y dirigía una amorosa mirada al lugar donde ella se encontraba.

Al poco tiempo, Carlos y Galiana, partían juntos a la tierra del príncipe. Allí se unieron en feliz matrimonio.

Sobre relato de Eugenio de Olavarría y Huarte: “Tradiciones de Toledo”, M.P. Montoya y Cía. 1880

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