En la arábiga Tolaitola tenía su morada un joven llamado Bazi al-Axhab, que vivía junto a su mujer y a sus hijos. Bazi se había criado huérfano, pero su abuelo se había bastado para hacer de él un piadoso musulmán a la par que un habilidoso ladrón. La destreza del musulmán para el hurto era tal que eran innumerables los que quisieron unirse a él para formar equipo. Pero nuestro protagonista consideraba más apto permanecer solo, pues así pasaría más desapercibido y no tendría que repartir el botín.

Bazi había añadido a las enseñanzas de su abuelo métodos propios, convirtiéndose en un artista del disfraz y la imitación. Todos en Tolaitola habían oído hablar de él, pero nadie le conocía personalmente.

Pero he aquí que el imprudente joven cierto día, envalentonado con los efectos del vino, comenzó a presumir públicamente de sus proezas. Inevitablemente la justicia tomó medidas, y al poco tiempo se presentaron en su casa para apresarle.

Tras un breve juicio, en el que el ladrón no pudo demostrar su inocencia, fue condenado a morir atado junto a la puerta llamada de los Judíos, que se encontraba donde hoy la del Cambrón, como escarmiento público. Allí se encontraba, pagando por sus delitos, cuando se acercaron su mujer y sus hijos, que se pusieron a llorar gritando:

¿Qué haremos ahora sin ti?. ¡Sin duda moriremos de hambre!.

Mientras, rezaba Bazi:

Alá, no es justo lo que les va a pasar a mi mujer y a mis hijos. Es natural que yo pague mis delitos, pero ¿qué culpa tienen ellos para quedar indefensos?.

Al poco tiempo pasó junto a ellos un mercader con una mula rebosante de mercancías. El ladrón, viendo una posible solución a los problemas de su familia, le llamó y le dijo:

Escúchame, pues tengo que decirte algo que te resultará sumamente interesante. Cuando los guardias iban a apresarme tuve tiempo suficiente para arrojar a ese pozo que ves ahí una bolsa con cien monedas de oro. Si te parece bien puedes bajar a por ella mientras mi mujer cuida tu mula, pero luego le has de entregar a ella cincuenta monedas.

El mercader aceptó la propuesta, y mientras bajaba al pozo la mujer y los hijos del estafador aprovecharon para huir con la mula y su mercancía.

La noticia llegó enseguida a oídos del emir, que hizo llevar al ladrón ante su presencia. Una vez allí le preguntó:

¿Cómo has sido capaz de continuar con tus fechorías hallándote a mitad de camino de la muerte?.

A lo que Bazi respondió:

Señor, si vos comprobarais lo placentero que es robar, sin duda dejaríais vuestro reino para dedicaros a ello.

El emir, estallando en una sonora carcajada, añadió:

Y si te diera la libertad y un oficio para vivir de él… ¿Dejarías tu reprochable actitud?.

¿Y cómo rechazar vuestra oferta, cuando me hallo al borde de la muerte?.

Y el emir, admirado por la actitud del joven, le perdonó encomendándole la custodia de aquella puerta que sirvió de escenario para su última fechoría.

Sobre relato de Fray Gundisalvo en la Publicación de la Archidiócesis de Toledo “Padre Nuestro”

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