El jardinero favorito de Al-Mamún, Abulmothereph, acudió aquella tarde de 1075 a visitar la morada que el sabio astrólogo Ben Omar Algiaheni tenía junto al Tajo. Hacía tiempo que por su cabeza rodaban oscuros presentimientos y por ello quería consultar al anciano. Éste miró las estrellas a través de su astrolabio, mientras el jardinero aguardaba impaciente a su lado.

Los astros nunca mienten respecto al futuro –dijo el sabio astrólogo-, y en ellos se puede ver con toda nitidez lo que va a acontecer en breve. Está designado que Alfonso, el joven huésped de tu señor, volverá para adueñarse de la corona que le da cobijo en este momento.

Eso es imposible –respondió Abulmothereph-, los maestros en la guerra de los que se ha hecho rodear mi señor afirman que para tomar la ciudad es necesario asediarla y talar su vega al menos durante siete años consecutivos.

Nada es imposible, si Alá consiente.

¿Y pagará el cristiano tan ingratamente la hospitalidad de Al-Mamún?. Eso supondría romper el pacto que ambos han firmado.

Viendo que no me crees, te lo demostraré.

A una señal del astrólogo llegó un esclavo portando varios frascos y una redoma. El anciano tomó algunos líquidos de los frascos y los mezcló cuidadosamente en la redoma, agitándolos después enérgicamente.

Mira, acércate y dime qué es lo que ves en el fondo de la redoma.

Abulmothereph se acercó y quedó perplejo observando el fondo del recipiente.

Veo el rostro de un joven con aspecto de idiota y algo afeminado.

¿Es que no le conoces?. No es otro que el descendiente de Al-Mamún, Al-Qadir, que será el último rey árabe de Tolaitola.

El astrólogo continuó ante la perplejidad del jardinero:

Yo, Ben Omar Algiaheni, que he sido bendecido con poder para predecir el futuro, auguro que la clepsidra del jardín real no correrá más de diez primaveras bajo el símbolo de la media luna.

Y mirando de nuevo a través del astrolabio, continuó:

Está escrito; la vida de Al-Mamún se extinguirá en breve. Las estrellas lo han dicho.

Abulmothereph no quiso saber más. Depositó unas monedas en la mano del astrólogo y regresó precipitadamente al palacio.

Aquella noche había gran alboroto en los jardines del palacio, pues el señor toledano había derrotado al sevillano Al-Motanid y celebraba una gran fiesta a la que estaban invitados sus más destacados walíes, alcaides y jeques. Los jardines habían sido preparados con fuentes y luces multicolores, y los mejores músicos tocaban como homenaje a su señor. Al llegar la medianoche la fiesta acaba, cesa la música y todos se retiran. Todos a excepción de Abulmothereph, que víctima de sus preocupaciones sufría gran angustia. ¿Se harían realidad las predicciones del viejo astrólogo?. El jardinero se sentó junto a la clepsidra con la mirada perdida e inmerso en sus atribulaciones. Al poco tiempo la rebosante fuente indicó la llegada del plenilunio.

Los sirvientes más madrugadores del palacio encontraron al amanecer el cuerpo inerte del angustiado jardinero flotando sobre las aguas de la clepsidra. El desdichado Abulmothereph había arrebatado en su desesperación un día al gigantesco reloj de agua.

Todos lamentaron la muerte del fiel servidor, pero sobre todo Al-Mamún, su señor, que sentía gran predilección por el sirviente que con tanto mimo cuidaba sus jardines. Curiosamente, junto al lugar donde se ahogó Abulmothereph, crecieron espontáneamente unas flores rojas de adelfa que el monarca cuidó en recuerdo de tan preciado amigo y sirviente.

Diez años después de tan triste suceso, Alfonso VI, al frente de su ejército, entra triunfante en Toledo después de haber devastado la vega durante siete años consecutivos. Al-Mamún había fallecido poco tiempo después que Abulmothereph, y la desidia con que sus sucesores gobernaron el reino había provocado su lenta agonía y la progresiva desaparición de las vastas conquistas realizadas por su antecesor.

Cuando Alfonso VI tomó la ciudad encaminó sus pasos al palacio de su antiguo amigo y anfitrión. Allí pudo observar, con gran asombro, que el curso natural de la clepsidra había sido bruscamente interrumpido por el arbusto de flores rojas, tal vez truncado por el viento…

Sobre relato de José Manuel Krohn en Revista Toledo nº 280. 1930.

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