El convento de San Clemente es uno de los más bellos, amplios y ricos de la ciudad de Toledo. Prácticamente desde su fundación, en época de Alfonso VI, le fue otorgado el apelativo de “Real”, contando con los privilegios de los monarcas castellanos que lo engrandecieron con sus donaciones. La protección real ha causado que se conozcan bastante bien todos los avatares del edificio, pero pocos conocen la interesante historia referida a continuación:

Corría el año 1502 cuando la abadesa del convento era doña Constanza Barroso, mujer de gran integridad y respetada por todos. Cierto día que se hallaba la religiosa paseando por el interior del convento fue sorprendida por la presencia de un pequeño niño, que sentado en las escaleras le miraba fijamente.

Patio interior del Convento de San Clemente

¿Quién eres? –preguntó sorprendida doña Constanza-.

¿Y quién eres tú? –replicó el pequeño-.

Yo soy Constanza de Jesús –respondió ella dulcemente-.

Pues entonces –concluyó el pequeño-, yo soy Jesús de Constanza.

 Y tras contestar estas palabras desapareció de su vista.

Quedó llorando y agradecida la religiosa, pues comprendió que el infante no era otro que el Niño Jesús. Acudieron presurosas las demás monjas al escuchar el llanto de su abadesa, y ésta, gozosa, les narra lo ocurrido. Rápidamente se propagó la noticia por la ciudad, asistiendo todos los vecinos a ver el lugar donde había tenido lugar tan maravilloso portento. Para sorpresa de todos pudieron comprobar que bajo las escaleras, en el lugar exacto donde se había aparecido el Niño Dios, quedó grabada una pequeña cruz. Huella que hoy en día todavía existe.

Siempre se dio por cierto tal milagro, como prueba el hecho de que el Papa Benedicto XIV, en 1741, concediera importantes gracias a todos los que subieran estas escaleras.

Sobre relato de Ángel Santos y Emilio Vaquero. Fantasía y realidad de Toledo, página 60

Comparte este artículo
  • 23
  •  
  •