Corría el año 610 de nuestra era cuando en Toledo existían acaloradas discusiones entre católicos y arrianos. Ya hacía varios años que el rey Recaredo había oficializado el catolicismo como religión del reino. Pero ahora, llegado al trono Viterico, se proponía reinstaurar de nuevo el arrianismo. Por eso los cristianos censuraban la intención del monarca, aportando importantes razones que iban en beneficio de la cultura y del bienestar del pueblo godo. Los partidarios del arrianismo, por su parte, elogiaban las radicales medidas del monarca, mostrando descaro e insolencia. Pero afortunadamente éstos últimos eran los menos, pues la sociedad visigoda había comprobado en los últimos años las excelencias del catolicismo, y veía en su líder al principal enemigo del reino.

Witerico, rey de los Visigodos (Museo del Prado), por Benito Soriano Murillo

Las referidas discusiones se desarrollaban primero en los palacios de los nobles godos, directamente descendientes de Recaredo, pero con el tiempo se extendieron a las calles, plazas y mercados.

Conociendo Viterico el peligro de su impopularidad, se esforzaba en mantener satisfecha a la guardia real, temiendo ser algún día el blanco de las iras públicas. Pese a ello no había abandonado su vida libertina, ocupado en acudir a numerosas fiestas y en relacionarse con mujeres de dudosa reputación.

El descontento popular creció ante esta conducta licenciosa y frívola, y los nobles y vasallos comentaban persistentemente la necesidad de eliminar al miserable Viterico por el bien del reino.

La ocasión se presentó en uno de los numerosos banquetes que el arriano organizó en los salones de su palacio. A él estaban invitados todos los miembros de la nobleza toledana, que, como ya dijimos, hacía tiempo que detestaban al rey. Reunidos todos los comensales, y presidido el banquete por el propio rey, transcurrió el convite sin incidencias. Pero finalizado éste, y de improviso, numerosos nobles acompañados por sus sirvientes rodearon al sorprendido Viterico, que inmediatamente después moriría acribillado a puñaladas. Nada pudieron hacer los escasos vasallos fieles al rey, que con estupor habían presenciado todo lo ocurrido.

Los nobles, acto seguido, entregaron el cadáver al pueblo, que lo arrastró por todas las calles de la ciudad para después enterrarlo en un lujar alejado y que se desconoce.

Este fue el fin del último arriano.

Sobre relato de Juan Moraleda y Esteban

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