En la orilla derecha del Tajo, unos metros aguas arriba del puente de San Martín, existe un curioso edificio al que conocemos con el nombre de “Casa del Diamantista”. Tal denominación procede de la época de Pedro I “el Cruel”, cuando tenía allí su morada un joyero llamado Siluk, poseedor de las joyas más bellas y valiosas de todo el reino. Gran fama había alcanzado la colección de perlas, diamantes y otras piedras preciosas que el prestigioso orfebre había acumulado a lo largo de toda su vida. Pero otro tesoro, con mayor primor que el anterior si cabe, era el orgullo principal de Siluk. Se trataba de Sara, su bella esposa, con la que había contraído matrimonio poco tiempo atrás y con la que era totalmente feliz.

Pero como la dicha no dura eternamente, quiso la desventura que hasta el monarca llegaran comentarios sobre la inigualable belleza de Sara. Por este motivo, y bajo falsos pretextos, acudió a casa de Siluk, para poderla ver por sus propios ojos.

No puedo creer que se trate de vos –exclamó el joyero cuando vio a don Pedro cruzar el umbral de la puerta-. ¿A qué debo el honor de tan importante visita?.

He venido –respondió el rey ocultando sus verdaderas intenciones-, porque me han asegurado que posees las más valiosas y bellas joyas del reino, y ya hace tiempo que busco una perla que sea superior a todas cuantas existen.

Pues pasad por aquí, que haré todo cuanto esté en mi mano para satisfacer vuestros deseos.

Pasó el joyero a una habitación contigua haciéndose seguir por el monarca, y allí comenzó a abrir numerosos cofres enseñándole todo tipo de perlas. El rey cogió una al azar y se la compró a Siluk, pero en el preciso momento en que se disponía a pagársela cruzó Sara por la habitación, exclamando el soberano nada más verla:

¡Te he comprado una perla de gran valor, pero todavía tienes otra más radiante que también ha de ser mía!.

Pero señor –respondió Siluk confundido-, eso es del todo imposible. Sara y yo estamos felizmente casados, y la felicidad gobierna nuestro hogar.

No tienes elección. Si no me entregas a tu mujer, morirás. Te doy un plazo de diez días.

Y arrojando desairadamente unas monedas al joyero en pago por la perla adquirida abandonó el establecimiento. Siluk quedó pensativo y asustado, pero después se tranquilizó, creyendo que aquellas palabras llenas de ira serían arrebato de un solo instante.

Edificio conocido como “Casa del Diamantista”

Pasados los diez días volvió don Pedro a la vivienda del joyero, quien no se encontraba allí en aquel momento. Sólo estaba Sara, que recibió cordialmente al rey, ajena a todo lo que había sucedido anteriormente.

Buenos días, señor. Os ruego que si queréis algo de mi esposo aguardéis un momento, pues ha tenido que salir por motivos de negocios.

¿Y para qué quiero ver a tu esposo?. No, no es eso a lo que he venido hasta aquí. He venido porque hace tiempo que oí hablar de tu belleza, y al comprobarla personalmente no puedo vivir un solo día más sin tenerte cerca. Olvídate de todo esto, deja a tu esposo y vente conmigo. Yo te haré más feliz de lo que jamás hayas soñado ser.

Señor, no sabéis lo que decís. Sin duda habéis bebido, y es el alcohol quien habla por vuestros labios.

Nunca en mi vida he estado más sobrio que ahora.

Podéis pedirme lo que queráis, que lo haré con mucho gusto. Pero no me pidáis que abandone a mi esposo. Él vive sólo para hacerme feliz, y yo lo soy a su lado.

¡Pues haré cumplir mi palabra!. ¡Si tú no eres mía, tu marido morirá!.

Y abandonó el establecimiento con mayor enojo que la primera vez. Sara, afligida, quedó llorando amargamente. Así la encontró su esposo cuando regresó a casa.

¿Qué ha pasado, Sara?. ¿Qué es lo que te ocurre?.

Siluk, me gustaría mucho poder contártelo, pero no sé si será lo más adecuado.

Por favor, te lo ruego, que ardo en ascuas. ¿Qué te ha ocurrido?.

Sara decidió contarle a su esposo todo lo sucedido, y cómo el rey había jurado matarle si no accedía a sus proposiciones.

No te preocupes Sara –dijo Siluk-, que mañana mismo abandonaremos la ciudad e iremos a un lugar donde el rey no pueda encontrarnos jamás.

Al amanecer, tras recoger sus pertenencias de mayor necesidad, Siluk y Sara se dirigían al río. Allí se suben a la barca y se alejan de la orilla guiados por el barquero.

Disculpe –dijo Siluk-, estáis siguiendo la dirección contraria.

Pero el barquero hacía caso omiso a sus advertencias.

Disculpe –dijo de nuevo el joyero-. Ya os he dicho que navegáis en dirección contraria. Es preciso que deis la vuelta.

Pero el barquero seguía sin hacer caso, ocultando su rostro tras una embozada capa negra.

¿Dónde vais?. ¡Despertad o yo os despertaré!.

Entonces el barquero descubrió su rostro ante el asombro de la fugitiva pareja. Se trataba de don Pedro, que sospechando la posible fuga de la pareja les había vigilado y descubierto sus planes.

¡Te juré que te mataría si esa mujer no era mía! –dijo el malvado rey a la vez que sacaba un puñal. Siluk, al mismo tiempo, también sacaba el suyo enzarzándose en despiadada lucha. Sara, intentando proteger a su marido, se interpuso entre los dos combatientes recibiendo una profunda puñalada en su delicada piel.

Sara! –exclamó Siluk preocupándose por su esposa-.

Pero mientras, el mezquino rey aprovecha y hunde su puñal en el pecho de Siluk, que cayó muerto al agua sin que nada pudiera evitar su herida esposa.

La barca choca con la orilla sin control, y Sara, debilitada por su herida, trata de huir por los riscos. Pero sin fuerzas, por la cantidad de sangre perdida, se detiene al llegar junto a un arroyo para recuperar el aliento. El Cruel, mientras, se acerca, y la joven no se siente capaz de continuar su huida. Sin embargo, cuando aquél está casi a su lado, la bella Sara expiró.

Queda sólo el mezquino rey con el ensangrentado cuerpo de Sara maldiciendo su fortuna y lamentándose del castigo que le había deparado el destino.

Afirma la leyenda que de la sangre vertida en el arroyo brotó una adelfa de gran belleza. Y dicen que cuando todo está silencioso y dormido, la blanca figura de Sara abandona la adelfa y se dirige al punto del río donde cayó su amado, llamándole entre sollozos. Al amanecer se rompe el encanto, pero sobre el agua quedan flotando perlas y diamantes.

Y el pueblo, que es fiel a la memoria, conserva esta leyenda llamando a aquel arroyo el “Arroyo de la Flor”.

Sobre relato de Carlos Servent Fortuny en “Leyendas Toledanas”

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