Han pasado ya tres décadas desde que llamara mi atención por primera vez este antiguo balneario. Eran otros tiempos, aunque en una época tan calurosa como esta, cuando en mi pre-adolescencia rodaba con mi bicicleta por sus cercanías. No había muchas sitios por donde los aficionados al ciclismo pudiéramos transitar tranquilamente, y uno de los más habituales era la antigua carretera de Ávila. No era de extrañar, por tanto, coincidir con algún que otro aficionado que había elegido la explanada delantera de la Venta del Hoyo para hacer un alto en el camino, y recuperar fuerzas. Y en más de una ocasión estuve tentado de adentrarme en una finca que no parecía del todo abandonada, sobre todo atraído por el cartel que rezaba “Manantial”, con el deseo de poder refrescarme en aquellos días de implacable sol. Pero por miedo a poder allanar una propiedad privada siempre frenó aquellos impulsos, aunque no mi curiosidad por el lugar.

Con este recuerdo, hace un par de años comencé a indagar un poco por Internet, a ver si encontraba algún tipo de información referente a la Venta del Hoyo, ya que me sonaba haber leído algo en prensa sobre la futura construcción, cómo no, de un establecimiento de ocio y hostelería.

El primer sitio de referencia que encontré fue el blog de David Utrilla, que he de reconocer que es mi fotógrafo favorito plasmando monumentos y paisajes toledanos. Escribe una entrada muy interesante de la Venta, acompañada de unas magníficas fotografías que se pueden ver aquí.

A continuación encontré un excelente blog, llamado “Locus Amoenus”, escrito por una bloguera aficionada a plasmar con fotografías y textos el recuerdo de lugares con un pasado esplendoroso, y olvidados en el presente. En este caso recomiendo leer el artículo por la extensa investigación realizada sobre la historia de la Venta del Hoyo. Se puede acceder aquí a dicho artículo.

No existe demasiada información respecto a la historia de la finca y sus avatares, de hecho el mismísimo Julio Porres apenas escribe una docena de líneas en su “Historia de las Calles de Toledo”. En la citada obra escribe:

“Posada modesta, nacida a la vera del camino real a Valladolid, debió de ser una parte del antiguo poblamiento de Darrayel, habiéndose encontrado en sus alrededores diversos restos cerámicos y una tumba hebrea con inscripción epigráfica que cedió su descubridor, señor Vélez, a la Real Academia toledana, quien la depositó en el Museo Arqueológico.

Había pertenecido la finca al hospital del Rey, según recordaba todavía en 1917 un rótulo de cerámica. Poseedora de un abundante manantial, indispensable para la existencia de la venta, adquirió a partir de 1916 (por curarse precisamente su propietario, antes citado, de una afección diabética) excelente fama de tener propiedades medicinales, motivando la construcción de un balneario y la exportación de sus aguas.

Pero la progresiva decadencia de estos métodos hidroterápicos produjo el cierre de tal explotación, quedando reducida a una simple finca de labor, destino que tiene hoy”.

Ninguna noticia encontraremos evidentemente en otros autores de referencia a la hora de buscar información veraz de Toledo y sus monumentos, como Sixto Ramón Parro, el Vizconde de Palazuelos, Amador de los Ríos, o cualquier otro, al tratarse de una edificación relativamente reciente. Por ello nos tendremos que fiar de lo publicado en diferentes medios escritos, y la tradición oral.

Se da por cierto que por el año 1917 era propietario de esta finca don Antonio Vélez Hierro, residente en Madrid pero natural del toledano pueblo de Arcicóllar, quien acudía frecuentemente a su finca para disfrutar de descanso durante los fines de semana. Sufría don Antonio de una diabetes, y en una consulta con su médico le aseguró que notaba notable mejoría cada vez que descansaba en su casa toledana, achacando dicha mejoría al agua de un manantial que brotaba en su propiedad, y que utilizaba para consumo propio, así como para el riego de los jardines de la modesta casa. Ante tal convencimiento decidió construir un balneario en su propiedad para compartir este beneficio con otros enfermos en busca de alivio.

Así, el día 23 de Julio de 1917, se inaugura la producción masiva de agua tanto para llenar directamente allí las botellas, como para su distribución de botellas previo encargo. En un primer momento lo único que se hizo fue proteger la fuente, y ornamentarla con un escudo de Toledo elaborado con azulejos. Escudo que todavía se puede vislumbrar hoy día. Ese mismo día, Vélez anunciaba oficialmente su intención de ampliar el negocio con la construcción de un balneario en aquel lugar.

Comienza la distribución del producto acompañada con una importante campaña publicitaria de la época, en la que se anuncian las bondades de aquellas aguas, y se ofrecen habitaciones de gran “confort”. Como reclamo se utiliza el nombre de Santiago Ramón y Cajal, como avalista que había analizado aquellas beneficiosas aguas.

En este sentido cabe destacar una nota que el mismísimo Ramón y Cajal envió para su publicación en el diario ABC, indignado porque le habían adjudicado el análisis de diferentes aguas, incluidas las de la Venta del Hoyo, “aguas de las que no tengo la menor noticia“, contradiciendo de esta manera todo lo mantenido, incluso hasta la fecha actual.

Menciona el citado Julio Porres una interesante publicación, “Guía Oficial de los Establecimientos Balnearios y Aguas Medicinales de España”, (R.O. de 28 de Agosto de 1926), publicado por S.A. Editorial y de Publicidad Rudolf Mosse, en el que se analizan todos los establecimientos de estas características de España, y entre ellos, por supuesto, la Venta del Hoyo:

En esta reseña, además del análisis pormenorizado de sus aguas, e indicaciones, podemos ver alguna característica más de sus instalaciones: “Dispone Venta del Hoyo de un chalet para hospedaje de los aguistas, al mismo tiempo que de un buen servicio de comedor con cocina a la española donde se puede seguir el régimen alimenticio que debe observar todo diabético”.

Con el paso del tiempo alcanzaron gran fama las aguas de su manantial, y eran numerosos los pacientes que acudían al balneario para aliviar sus males, y disfrutar de una temporada de reposo. Hasta el punto que las instalaciones se vieron incrementadas con la construcción de una pequeña capilla, ampliación de los jardines, veladores, y una amplia marquesina en la parte más alta. Era en el año 1927, y con Antonio Vélez fallecido tres años antes, y recién fallecida su esposa Celedonia Fernández de la Torre.

Desfile militar de los alumnos de la Academia de Infantería ante la Venta del Hoyo en 1922

Pocas noticias ciertas se tienen ya sobre la Venta del Hoyo. Posiblemente en la década de los 30 comenzó un declive del que ya no se recuperó jamás. No se sabe si el manantial del que tantos beneficios obtuvo se secó definitivamente, que disminuyeran los pedidos de sus aguas, o si ocurrió cualquier otra circunstancia que lo propiciara. El caso es que ya no se volvieron a tener noticias del balneario o manantial de la Venta del Hoyo.

Familia Velez en el Manantial Venta del Hoyo – Fotografía del Archivo Rodríguez

La única noticia reseñable desde entonces sucede durante la Guerra Civil, en uno de los episodios del asedio del Alcázar. El capitán Luis Alba, de los sitiados, abandona el edificio con la misión de contactar con las tropas nacionales de Mola para informarles de la situación real de los asediados, ya que las noticias transmitidas por radio informaban de la rendición del Alcázar, y ello supondría que los rescatadores dieran la vuelta al considerar inútiles todos sus esfuerzos. Profesor de gimnasia y natación en la Escuela de Gimnasia de Toledo, y conocedor del terreno, se ofrece voluntario para aquella arriesgada misión.

El día 25 de Julio por la noche, aprovechando la oscuridad, sale de la Academia de Infantería en busca de Mola. Aseguran diferentes fuentes que a 30 kilómetros, en la población de Burujón, fue reconocido por un antiguo asistente suyo, quien inocentemente le saludó al grito de “¡mi capitán!”, lo que supuso su inmediata detención.

Apresado por las tropas republicanas, lo introdujeron en un coche camino a Toledo. Pero un percance de aquel coche que estuvo a punto de chocar con un camión, precisamente en la entrada de la Venta del Hoyo, supuso que sus captores decidieran fusilarle allí mismo, donde permaneció el cadáver hasta el día 28 en el que fue recogido por una camioneta y trasladado a la Fábrica de Armas, donde fue reconocido por su tío el doctor Mariano Alba. Ver Fuente

Y una vez conocida la historia del recinto me acerqué a la Venta del Hoyo, con la intención de poder conocer mejor aquel lugar, ahora en ruinas, del que tenía más noticias y estaba deseoso de conocer. Así que armado de cámara en mano. El acceso es bastante sencillo, pudiendo dejar el coche prácticamente en la misma entrada, pero el día en el que lo visité (el pasado 2016) era un día veraniego en el que el sol pegaba fuerte, la chicharra cantaba con ganas, y la maleza seca llegaba a la altura de las rodillas. Y por eso, aunque el acceso era fácil, no era cómodo en exceso, ya que con poca previsión vestía con un pantalón corto, y todos los pinchos de los hierbajos secos me arañaban las piernas.

Una vez llegado ante el conjunto, compruebo que de la zona del manantial sólo queda en pie la fachada principal con el llamativo rótulo de cerámica. Tras esta fachada a la que, si no lo remedia nadie, le queda poco tiempo en pie, queda visible aquel escudo de Toledo elaborado también en cerámica, que da una idea del lujo que pudo tener aquel sitio en tiempos pasados.

A mano derecha, poco detrás del manantial, una larga y ruinosa escalera da acceso al resto de edificaciones del balneario, sin que su estado invite a subir con tranquilidad. Tras subirlas, nos encontramos con tres edificios completamente en ruinas: el que parece edificio principal donde estaría el hospedaje y restaurante, un edificio auxiliar, y las ruinas de la capilla. En los alrededores poco más, salvo algún resto de cerámica de las fuentes y adornos de los jardines que tuvieron que abundar en tiempos mejores.

Durante el rato que estuve realizando fotos salió un hombre de una finca de al lado (en donde parece haber todavía una pequeña vida, y máquinas de trabajo), que tras mirarme durante unos instantes, y espetar amablemente un “buenos días” al que respondí de la misma manera, volvió a su lugar de trabajo.

Es una visita interesante, aunque no aconsejable por el peligro que puede entrañar. Resulta imprudente penetrar en el interior de cualquiera de los edificios por la amenaza de derrumbe que presentan (a pesar de que soy tan imprudente que yo mismo lo hice, como relataré a continuación), de la misma manera que la plataforma de la parte principal, que muestra bastantes grietas. La proliferación de cartuchos por el suelo, y de los constantes sobresaltos que producen numerosos conejos al salir corriendo cada dos por tres, incrementan el peligro de recibir un disparo perdido de algún cazador despistado. Así que una vez reconocido el lugar, y tomadas las correspondientes fotografías, me dí por satisfecho y abandoné el lugar…

Hasta hace pocos meses.

Teniendo una conversación con varios amigos por las Redes Sociales sobre el estado de la Venta del Hoyo, decidí compartir alguna de las fotos que había hecho durante esta visita. Cuando me quedé mirando una de ellas en la que aparecía algo en lo que yo no había reparado… No llegué a ponerla, ni dije nada a nadie en aquel momento. Pero en los días sucesivos me dediqué a enseñarle dicha foto a personas de mi entorno, y sin comentar nada, preguntarles qué era lo que veían ellos en una zona en concreto. Y la respuesta en todos los casos era la misma. Todos veían lo mismo que yo, la cara en la pared de un hombre con prominente nariz, bigote, y una abultada mata de pelo.

Yo estaba seguro que no tenía importancia, que se trataría de una curiosa pareidolia. Sin embargo estaba deseando de poder volver a la Venta para poder comprobarlo por mis propios ojos, y ver qué era lo que provocaba esa imagen. Así que poco tiempo después, cuando las obligaciones laborales me lo permitieron, me volví a plantar allí cámara en mano, y con más curiosidad que la vez anterior.

He de reconocer que me costó más de lo esperado dar con el lugar que había fotografiado. Y es que después de dar varias vueltas alrededor de los edificios, y mirar por todas las ventanas, no encontraba el escenario de esta foto. Así que tras dudarlo mucho, y pensarlo poco, me adentré a través de la entrada del edificio principal, quedando a mi vista el pasillo de la imagen. Lo curioso es que no recordaba haber hecho aquella misma operación la vez anterior. ¡Dichosa cabeza!

Y enseguida mi curiosidad se disipó. En un primer momento sospechaba que pudiera tratarse de algún cuadro situado en aquella pared, cuyo marco se hubiera desgastado por el paso del tiempo y causara aquel extraño efecto. Pero la respuesta era más sencilla. Un viejo y oxidado tubo de metal, cuyas manchas originarían aquella pareidolia.

Ya envalentonado al haber cruzado el umbral de la puerta, me pudo la curiosidad y me adentré en el resto de habitaciones a las que daba acceso aquel pasillo, encontrándome en cada una de ellas diferentes hallazgos, cada cual más macabro.

En la primera habitación, entre un montón de escombros y excrementos de palomas, yacía un crucifijo de yeso, o al menos lo que quedaba de él.

En la siguiente habitación, el hallazgo fue más desagradable, sobre todo para personas que como yo somos especialmente sensibles con los animales. En medio de la habitación, y en proceso de momificación, un perro de considerable tamaño y aparentemente de raza pitbull. Lo curioso es que este perro ya fue visto ¡tres años antes! por la bloguera “Locus Amoenus”.

Y por fin, en la última habitación, algo típico que aparece en todos los edificios ruinosos para darles un carácter más macabro. La típica muñeca de niña, o al menos los restos de una de ellas.

Insisto en que no es recomendable la visita a la Venta del Hoyo sin tomar todas las precauciones necesarias, sobre todo tratándose de una propiedad privada. Pero sugiero a cualquiera que se decida a hacerlo se conforme a deleitarse con su exterior, ya que en el interior no hay nada que pueda resultar de interés.

Las últimas informaciones respecto a la Venta del Hoyo se fechan en junio del año 2010, mes en el que el Ayuntamiento de Toledo concedió licencia a una empresa para la puesta en funcionamiento en este paraje de una planta de hormigón.

Indudablemente el antiguo balneario no volverá a recuperar el esplendor de sus mejores tiempos. Pero no sería mala idea que sus actuales propietarios, en memoria de aquella época, decidieran restaurar y conservar la parte en donde destaca aquel llamativo rótulo de cerámica tan característico del lugar.

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