A finales del siglo VIII de nuestra era, Tolaitola era gobernada por un joven consumido por los vicios llamado Jusuf ben-Amrú, que debía su privilegiada posición a la amistad que unía a su padre con el califa Al-Hakam. Al joven gobernador le venía grande su cargo, y vivía únicamente ocupado en sus placeres personales, haciendo raptar a inocentes doncellas que eran conducidas a su palacio y deshonradas impunemente. No mejoraba su actitud son los comerciantes y artesanos de Tolaitola, a los que les exigía impuestos abusivos castigándoles con crueles torturas si se demoraban en el pago. No había un sólo ciudadano que estuviera a favor del despótico mandato del cruel gobernador, pero nadie osaba alzar la más leve protesta, pues los pocos que lo habían hecho habían sido condenados a ejecución pública.

Los nobles toledanos se habían puesto de acuerdo en varias ocasiones, y enviado misivas al califa comunicándole su descontento y solicitando en vano la destitución de Jusuf, pues Al-Hakam nunca dio respuesta a las numerosas solicitudes.

El descontento popular era tan grande y manifiesto que no tardó en llegar el levantamiento de los toledanos. Familias deshonradas, comerciantes explotados y nobles traicionados unieron sus fuerzas en contra del tirano gobernador. Al frente de los sublevados estaba Muley, un respetado noble que había luchado en infinidad de batallas junto al padre de Jusuf. La rabia del pueblo era tan grande que en apenas unos minutos penetraron en el palacio y apresaron al tirano tras aniquilar a toda su guardia. Muley, que a pesar de todo sentía cariño hacia Jusuf debido a la amistad que se unía a su padre, se presentó enseguida en la sala donde se hallaba retenido el malvado joven, y cuando estuvo ante él le dijo:

Sabes, Jusuf, que te conozco desde hace muchos años y soy incapaz de hacerte daño. Por eso te ofrezco la posibilidad de vivir si abandonas Tolaitola con premura.

A lo que contestó el innoble gobernador:

Y tú sabes que no dudaré en volver a Tolaitola para tomar venganza con la sangre de los que han osado enfrentarse a mí.

En ese instante entraron en la sala todos aquellos que habían sufrido las crueldades de Jusuf, y sin que Muley pudiera hacer nada le dieron muerte allí mismo.

El gobierno de la ciudad fue ocupado provisionalmente por Muley, quien envió un mensaje al califa comunicándole lo ocurrido e instándole a nombrar nuevo gobernador. Esta vez la respuesta de Al-Hakam no se hizo esperar, y apenas unos días después llegó personalmente a Tolaitola acompañado del hombre que había elegido para ocupar el cargo vacante.

Los toledanos no daban crédito a lo que sus ojos veían. El hombre elegido para el puesto era Amrú, el padre de Jusuf, que el enterarse de lo ocurrido había rogado a su amigo Al-Hakam que le permitiera gobernar la ciudad para enmendar los errores de su hijo. El califa no pudo negarse a la petición de su amigo, además le consideraba sobradamente preparado para el cargo.

Habían pasado varios meses desde que Amrú se hiciera con el gobierno y la situación era completamente opuesta a la vivida con su hijo. El nuevo gobernador actuaba con una justicia ejemplar, entregado únicamente a los asuntos del palacio, y no tomaba una decisión importante sin haber consultado antes con sus súbditos. Pero en la mente del malvado Amrú anidaban insaciables deseos de venganza contra aquellos que habían acabado con la vida de su hijo, y sólo estaba esperando el momento más apropiado.

La preciada ocasión se presentó cuando Abderramán II, hijo de Al-Hakam, se presentó en la ciudad con cinco mil guerreros. Se dirigía a Zaragoza, pero hubo de detenerse una noche en Tolaitola para descansar. El gobernador toledano recibió al hijo de su amigo el califa con exquisita cordialidad. Le albergó en su palacio situado en el actual barrio de San Cristóbal y le ofreció una suculenta cena. Con tal excusa invitó a su palacio esa misma noche a lo más selecto de la nobleza toledana, quienes acudirían al banquete sin sospechar el trágico desenlace que les aguardaba.

Amrú situó en la entrada del palacio a varios de sus sirvientes, quienes recibían a los invitados con gran cortesía y cordialidad. Pero una vez que los invitados atravesaban la puerta eran agarrados por un grupo de guerreros, antiguos vasallos de Jusuf, para ser decapitados violentamente. El vengativo gobernador quiso contemplar personalmente todas las ejecuciones, y cuando vio rodar ante sus pies la cabeza del último invitado exclamó:

Hijo mío, puedes descansar en paz. ¡Tu muerte está vengada!.

Pero el macabro espectáculo todavía no había finalizado. Al amanecer Amrú hizo colgar a lo largo de las murallas de la ciudad las cabezas de los ejecutados, que en número superaban los cuatro centenares. En lugar destacado ordenó colocar la del noble Muley, antes compañero y amigo personal.

Abderramán, que había sido testigo de excepción de toda la cruel venganza, no se atrevió a tomar represalias contra Amrú, y cogiendo sus tropas partió de inmediato hacia Zaragoza.

Sobre relato de Juan Campos Payo en “Esto es Toledo”

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