No goza de la merecida fama, a pesar de su valía literaria, el poeta toledano Baltasar Elisio de Medinilla. Nacido en el año 1585, en el seno de una reputada familia toledana, fue el primogénito del matrimonio entre Alonso de Medinilla y Ana Arrieta Barroso, quienes tuvieron después dos hijas más.

Baltasar se mostró siempre muy devoto y aficionado a la teología, y poseedor de una gran erudición. El año 1603 fue clave en la vida del poeta, ya que fue cuando conoció a su admirado Lope de Vega, quien se convirtió en un gran amigo suyo. De hecho Lope de Vega acudió frecuentemente a Medinilla para pedirle opinión en muchas de sus obras, y dedicándole alguna de sus mejores epístolas.

Busto de Baltasar Elisio de Medinilla en el Cigarral del Angel. Fotografía de Merce Blanco

La obra del poeta toledano está compuesta por poesía tanto en latín como en castellano, entre la que destaca “Versos a lo Divino”, una colección de poemas dedicados a la Virgen y a diferentes santos, que todavía se conserva manuscrita. También destaca un poema narrativo titulado “Descripción de Buenavista”, la conocida finca que tenía el Cardenal Bernardo de Sandoval y Rojas, y donde hoy se levanta un conocido hotel, y que por entonces era el escenario de academias literarias.

Para conocer más respecto al autor recomiendo la lectura del siguiente artículo, publicado en el año 1920 en el boletín de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo

Nueva luz sobre la familia del insigne poeta toledano BALTASAR ELISIO DE MEDINILLA, y particular sobre su muerte y matador

Pero a pesar del talento literario de Baltasar Elisio de Medinilla, el suceso por el que es más conocido es por su dramática muerte, producida en la Plaza de Santa Teresa de Jesús, junto a la Puerta del Cambrón, pero que fue un misterio durante bastantes años.

Placa en la Plaza de Santa Teresa de Jesús, recordando el lugar donde fue asesinado el poeta Baltasar Elisio de Medinilla.

Parece claro que su asesino no fue otro que Jerónimo de Andrada y Rivadeneira, señor de Olías. Pero existen un par de versiones diferentes sobre el motivo.

La primera afirma que Medinilla mantenía relaciones con una hermana de Andrada, que sería la heredera de todos los bienes de su abuelo. Jerónimo, tratando de evitar que dicha herencia cayera en manos de Medinilla le asesinó antes de que la mencionada relación acabase en matrimonio.

Otra versión asegura que Medinilla no mantenía ninguna relación con la hermana de Andrada, pero sí una buena amistad con Jerónimo. En este caso, viendo la intención de su amigo de asesinar a su hermana para hacerse con la herencia, intentó evitarlo interponiéndose entre ambos, y sufriendo la cuchillada mortal que acabo con su vida.

Sea cual sea la verdadera versión no fue hasta muchos años después cuando salió a la luz el nombre del asesino, posiblemente a causa de su posición social.

Ello dio lugar a muchos relatos y leyendas sobre el trágico fallecimiento del poeta toledano.

LA TRAGEDIA DE MORETO

La tarde del 30 de agosto del año 1620 subían por la vega con parsimonioso andar y viva charla los tres caballeros toledanos más afamados de la época: Baltasar de Medinilla, Agustín Moreto y Félix Lope de Vega. Este último iba haciendo las delicias de sus acompañantes leyéndoles cancioncillas que había compuesto satirizando a distintos personajes afamados del momento, dando lugar a sonoras carcajadas y animada conversación. De esta forma se encontraban cuando se acercó a ellos un mendigo harapiento solicitándoles una limosna

En un primer momento se hicieron los desentendidos los caballeros, pero fue tal la insistencia del pordiosero que Medinilla y Lope de Vega terminaron cediendo y entregándole unas pocas monedas. Moreto se quedó rezagado buscando la talega cuando el mendigo acercándose le susurró al oído:

-Conozco un secreto que estoy seguro que resulta de vuestro interés.

Don Agustín puso en la mano del pedigüeño un escudo de oro diciendo:

-No me digas. ¿Y qué es eso que piensas que puede interesarme?.

-Tal vez os interese saber que esta misma tarde ha llegado a Toledo don Rodrigo de Alvear, a quien creo que deseáis ver desde hace tiempo. Al toque de medianoche tiene cita con el arcediano al final de la cuesta del Carmen, justo donde comienza el “prado de los ahorcados”. Si os apostáis frente al farolillo le conoceréis por usar capa de seda, bastón en su mano izquierda y desnuda espada en la derecha.

Y sin mediar más palabra salió el mendigo corriendo dejando confuso a Moreto, así como a Medinilla y Vega, que todo lo habían presenciado pero nada habían oído. Intrigados preguntaron sobre lo sucedido a Moreto, pero éste sólo dio como respuesta:

-Nada de interés. Sólo son locuras de vagabundo.

Fatigados de su paseo por empinadas cuestas llegaron a Valmardón, donde don Agustín se despidió de sus amigos sin darles más detalles de su conversación con el pordiosero.

Cuando Moreto entra en su morada se dirige a su escritorio nervioso y jadeante, y de él extrae una carta amarillenta que besó emocionado.

-¡Pobre madre mía! –exclamó mientras se sentaba y abría el sobre, comenzando a leer con los ojos enrojecidos por la pena:

                ‹‹Querido hijo: desde hace tiempo me preguntas cuál es el motivo que ha causado tanto pesar durante mi existencia, y yo no he querido contártelo por no hacerte compartir mi sufrimiento. Ahora, que siento muy cercana mi muerte, quiero que sepas toda la verdad. Desde muy pequeño has observado cierta desconfianza de tu padre hacia mí que tal vez hirió tu corazón dudando de mi honor. No pienses, hijo mío, que hay algo de lo que deba arrepentirme. He aquí la causa de todo:

Siendo yo muy niña no tenía más amparo que el Cielo, pues fui huérfana y para vivir me vi obligada a trabajar en la compañía de farsantes de Toledo. Un día, ¡maldito día!, un caballero que se aprovechó de mi inocencia me pidió prestado para la representación un anillo que llevaba grabado mi nombre. Pero aquel anillo no me fue devuelto, pues fingió no poder quitárselo por su estrechez. No encontrábamos solución, y como él me pidió con tanto empeño la alhaja como recuerdo se la cedí no volviendo a saber de él por largo de tiempo.

Pasado un año conocí a tu padre en Valencia, y enamorados los dos nos casamos en breve. Siendo felices nos sonrió el amor durante mucho tiempo, hasta que Rodrigo Alvear, que así se llamaba el miserable, llegó un día he hizo crecer en tu padre la semilla de los celos mostrándole el anillo con mi nombre grabado.

Alvear fue tan miserable como yo inocente, y desde aquel día desapareció el cándido amor que tu padre sentía por mí, rompiéndose nuestra felicidad

Esa es, hijo mío, toda la verdad de mi pasado que tanto ha marcado mi vida.››

Con forzada calma el poeta guardó la carta enjugándose las lágrimas, y ciñéndose su espada salió a la calle.

En todas las torres y espadañas de la ciudad sonaban las campanas dando toque de ánimas, y todas las puertas se cerraban con violencia. Se acerca Moreto a la cuesta del Carmen embozado hasta las cejas, y se esconde junto a la puerta del arcediano espada en mano. No llevaba mucho tiempo cuando se abrió la puerta y apareció por ella una figura con capa oscura y largo bastón.

Moreto, sin mediar palabra, se abalanzó sobre la figura, huyendo en ella su templado acero. Después se oyó un golpe seco, a la vez que al suelo cayó pesadamente un cuerpo separado ya de su alma.

El poeta se inclino sobre su víctima buscando apresuradamente en sus rígidas manos la sortija de sus pesares que demostraría la honradez de su difunta madre. En aquel momento llegó la guardia.

-¡Por su majestad!. ¡Que nadie se mueva! –gritaron a la vez que Moreto emprendía veloz carrera de huida. Y como su morada no se hallaba lejos llegó pronto con pena y angustiado, pues si bien había tomado venganza no era don Agustín hombre malvado y sin conciencia.

En su casa le esperaba, como tantas otras veces, su amigo Lope de Vega para charlar sobre literatura. Moreto irrumpió en su casa nervioso y agitado, dándole rienda suelta a su dolor y disponiéndose a contarle a su amigo lo sucedido. Pero no había comenzado a contárselo cuando en la estancia entró precipitadamente un hombre pálido que decía con enredada lengua:

¡Don Lope!. ¡Don Agustín!. Perdonadme que os interrumpa de esta manera.

-¿Qué ocurre? –preguntó Lope de Vega-.

-¡Que en la puerta de mi señor, la que está en la cuesta del Carmen, acaban de darle muerta a Medinilla el poeta!.

-¡¡¡Dios mío!!! –exclamó don Agustín cayendo desmayado al suelo-.

Don Lope, al tratar de auxiliarle, vio con espanto que Moreto aún empuñaba en su diestra la espada ensangrentada que hundió imprudentemente por un grave e irreparable error en su amigo y maestro de hacer comedias.

(Sobre relato de Javier Soravilla)

 EL PRADO DE LOS AHORCADOS

Habían pasado unos pocos años, cuando lo narrado anteriormente ya había caído en el olvido. Agustín Moreto, a quien la justicia nunca pudo acusar del asesinato de su amigo Baltasar Medinilla, paseaba por la plaza de Zocodover junto a otros hidalgos. Ya no era el jovenzuelo que años atrás paseaba bromeando con sus amigos, y su porte actual mostraba mayor madurez y galantería.

Comenzó el cielo a cubrirse de grises nubes y a caer tímidas gotas de lluvia, haciendo que todos los paseantes se retiraran a ponerse bajo cubierto. Se disponía a hacer lo mismo don Agustín cuando un mendigo embozado en su mísera capa salió de los soportales del Arco de la Sangre, poniendo en manos del caballero una nota plegada, y sin mediar palabra desapareció precipitadamente por el mismo lugar que había venido.

Nuestro galán caballero no dio gran importancia al asunto, pero la lógica curiosidad hizo que se apresurara a abrir aquella nota que le había sido entregada de misteriosa manera. Una vez abierta pudo leer:

                ‹‹Si tenéis valor suficiente acudid esta medianoche al Prado de los Ahorcados.››

Quedó pensativo don Agustín al leer estas escuetas palabras creyéndose objeto de alguna burla, pero como no le faltaba valor decidió acudir a aquella cita tan misteriosa.

Y así lo hizo. Estaba cerca la hora indicada y el caballero, embozado en su capa, y empuñando con firmeza su espada, bajaba por la cuesta del Carmen, que desemboca directamente en el Prado de los Ahorcados.

Llegó enseguida a él, y mirando a su alrededor pudo comprobar que allí no había nadie.

-Que extraño… –murmuró-. Tal vez todavía no sea la hora.

En ese momento, como si el destino leyera la mente del caballero, doce campanadas indicaron que ya era medianoche.

Está claro –se dijo don Agustín a sí mismo-, que he sido objeto de burla. Lo mejor será que vuelva a casa.

Ya se disponía el poeta a emprender el camino de regreso cuando algo le hizo detenerse. Mirando a la horca vio que de ella colgaba un cadáver. Tal circunstancia disgustó sobremanera al caballero, pero se sentía incapaz de apartar sus ojos del cuerpo rígido del muerto.

Moreto, que era cristiano devoto, consideró que aquello era una alucinación causada por Satanás, pero por si no lo era descubrió su cabeza y comenzó a rezar una oración por el alma del ahorcado. Cuando terminó la oración levantó su mirada, que había puesto respetuosamente en tierra, y ve con estupor que el muerto comienza a moverse y extiende su brazo señalándole con el dedo.

Un escalofrío recorre el cuerpo del poeta, gotas de sudor frío brotan de su frente y se siente incapaz de apartar la vista del muerto, que no deja de señalarle retorciéndose.

Entonces vinieron a su mente recuerdos de hechos lejanos y ya casi olvidados. Recuerda que en el mismo sitio donde se encuentra en estos momentos dio muerte por una lamentable imprudencia a su amigo y también poeta Baltasar Elisio de Medinilla.

El mendigo que le entregó la nota, el lugar, la hora, la soledad… Todo coincide y todo se conjura para infundir terror hasta en el alma del más valiente. Don Agustín intentó leer de nuevo la nota que le había citado allí, pero cuando quiso hacerlo vio con asombro que el papel estaba en blanco. El ahorcado comenzó a dar sonoras carcajadas, y Moreto reconoce en él con espanto a su amigo Medinilla, que con los ojos enrojecidos le dice mientras le señala con el dedo:

-¡Fuiste tú!. ¡Tú me mataste!.

Al amanecer encontraron a Moreto en el suelo presa de un desmayo, y les costó mucho trabajo reconocerle, pues a causa del terror había envejecido varios años en una sola noche.

(Sobre relato de Fernando Aguilar Carmena)

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