Cuenta Gustavo Adolfo Bécquer, en una de sus leyendas más conocidas, que durante la época en que la enemistad entre cristianos y judíos era más intensa vivía en una de las callejas más recónditas y escondidas de Toledo un viejo judío llamado Daniel Leví. Leví era bien conocido por todos, no sólo por la enorme riqueza que atesoraba, sino por su especial odio y saña contra los cristianos y todo lo que pudiera estar relacionado con ellos. Ya hemos dicho que tenía una inmensa fortuna, pero en cambio se pasaba todo el día entretenido en elaborar pulseras y cadenillas con las que luego negociaba. Junto a él vivía Sara, su única y joven hija, una bella judía pretendida por casi todos los jóvenes de su religión.

He aquí que cierto día, un joven enojado por sufrir los constantes rechazos de Sara, acudió a casa de Leví, que se hallaba inmerso en su labor artesanal. Acercándose a él le dijo:

¿Tienes conocimiento, Daniel, de que entre nuestros hermanos hay habladurías sobre tu hija?.

El viejo judío interrumpió bruscamente su labor, y levantó la mirada clavando sus ojos en los del recién llegado.

¿Y qué es lo que dicen esas habladurías?.

Pues varias cosas, pero sobre todo que tu hija se ha enamorado de un cristiano.

Al decir estas palabras calló el despechado, pues conocía el odio que el anciano tenía a los fieles de Cristo. Leví, bajando la cabeza y continuando con su labor, respondió:

¿Y cómo sé yo que esos rumores no proceden de algún enemigo que pretende perjudicarnos a mí y a mi hija?.

Porque yo personalmente les he visto reunirse en tu propia casa mientras tú acudes a las reuniones secretas con los nuestros.

¡Je, je, je! –rió malvadamente Leví-. ¿Acaso crees que pueden engañarme?. ¿Piensas que un maldito cristiano puede arrebatarme a mi única alegría sin que yo me entere?.

¿Es que acaso lo sabías?.

Claro que lo sabía –dijo el viejo semita levantándose y dando una palmadita en la espalda al mensajero-. Lo sabía desde hace tiempo, pero rezaba a Yahvé para que no lo supiera nadie antes de que yo lo resolviera. Ahora que lo sabéis tomaré las medidas oportunas. Vete y avisa a nuestros hermanos para que podamos reunirnos esta noche en el lugar acostumbrado. Dentro de un par de horas yo estaré con ellos y resolveremos este desgraciado asunto.

Aquella noche de Viernes Santo reinaba un silencio total, roto solamente por los pasos de algún viandante que se perdía en las riberas del Tajo. Mientras, en el embarcadero, el dueño de una pequeña embarcación murmuraba entre dientes:

Barca de Pasaje en la actualidad, junto a la conocida como “Casa del Diamantista”

¡Malditos judíos!. ¿Qué tramarán hoy, que no dejan de utilizar mi barca estando tan cercano el puente?.

Estaba pensando esto cuando apareció Sara, a la que llevaba tiempo esperando. La joven judía había escuchado la conversación que tuvo su padre por la tarde, y llena de preocupación quería enterarse de lo que su padre planeaba. Subiéndose a la embarcación le preguntó al dueño:

¿Ha pasado ya mi padre?.

Hace tiempo que lo hizo.

¿Iba sólo?.

Sí, pero después han pasado tantos que ni contarlos he podido.

¿Y no sabe cuál es el motivo de su reunión?.

Lo desconozco por completo, pero creo que esperan a alguien. No sé a quién ni para qué, pero supongo que para nada bueno.

Sara, preocupada, comenzó a tener oscuros presentimientos.

¿Se habrá enterado mi padre de quién es mi amado y querrá vengarse de él? –pensaba la joven-. He de llegar cuanto antes y detenerles.

Cuando la barca llegó a la orilla Sara puso el pie en tierra nerviosamente, sacó unas cuantas monedas y se las entregó a su guía.

¿Podéis decirme cuál es el camino que toman?.

No lo sé, pues cuando llegan a la peña del Moro desaparecen por la izquierda. Sólo Satanás y ellos saben a dónde se dirigen.

Sara comenzó a ascender por un tortuoso camino observada por el barquero, quien la perdió de vista cuando llegó a lo alto del cerro.

Por entonces existían en aquel paraje los restos de un antiguo templo del que sólo quedaban en pie sus muros laterales, envueltos completamente por frondosas enredaderas. Sara se acercó, y comprobando que del ruinoso edificio salía luz se escondió detrás de uno de sus muros. Desde allí pudo observar que en el interior se hallaba su padre, con los ojos enrojecidos por la cólera. Junto a él un gran número de judíos que realizaban extraños ritos. Presidiendo la ceremonia se hallaba una gran cruz de madera rodeada por un círculo de fuego, mientras algunos de los asistentes tejían coronas de zarzas o afilaban grandes clavos. Sara recordó entonces que los cristianos habían acusado a los judíos de cometer horribles crímenes, acusación que ella consideraba una calumnia para desprestigiar a los de su raza. Pero ahora, delante de sus ojos, tenía las tenebrosas pruebas que demostraban la cruda realidad.

La decepcionada hebrea no pudo contener su indignación, y se presentó en la entrada del templo causando la sorpresa de todos los presentes. Su padre, enojado, se acercó a ella raudo:

¿Se puede saber a qué has venido tú aquí?.

Ella contestó sosegadamente.

Vengo a recriminaros lo indeseable de vuestro acto, y a advertiros que en vano esperáis, pues di aviso al cristiano que estáis aguardando para que no venga.

¡Sara! –gritó su padre poseído por la cólera-. Tú no has podido hacerme eso. No puede ser cierto que hayas traicionado a tu propia raza. Si es verdad cuanto dices, ¡tú ya no eres mi hija!.

Bien dices, pues he descubierto que tengo otro padre que me ama realmente. Se trata de aquel al que vosotros clavasteis injustamente en una cruz. Gracias a vosotros ahora soy cristiana, y me avergüenzo de mi origen.

Leví, fuera de sí, se abalanzó sobre su hija, y cogiéndola salvajemente de los cabellos la arrojó a los pies de la cruz. Después dijo a todos cuantos estaban a su alrededor:

Hemos venido a matar a un cristiano y así lo vamos a hacer. ¡Ahí la tenéis!. ¡Tomad venganza de esta infiel que ha traicionado a su raza!.

Al siguiente amanecer la vida continuaba con normalidad en la ciudad de Toledo. Las campanas tañían llamando a maitines, y los ciudadanos deambulaban por las calles como otro día cualquiera. Leví, como de costumbre, se afanaba en sus labores artesanales a la puerta de su casa.

Pero nunca más volvió a saberse de su inocente hija…

Dicen que años después encontraron entre los muros del ruinoso templo una flor desconocida en el paraje. Cavando entre los restos del templo, buscando el origen de aquel portento, hallaron el esqueleto de una joven mujer.

Nunca se supo realmente a quién pertenecía aquel cadáver, pero aquella flor hoy se ha hecho bastante común en la zona, y es conocida como “La Rosa de la Pasión”.

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