(Sobre relato de Antonio Delgado)

La historia narrada aconteció a mediados del siglo II d.C., cuando Toletum era una ciudad sometida al Imperio Romano y a sus costumbres. Aquellos días eran de grandes celebraciones, no en vano un hispano-romano había sido elegido para ocupar el trono, y los ciudadanos de su tierra se alegraban realmente. Las calles estaban bellamente engalanadas para la ocasión, la algarabía lo cubría todo y un inmenso gentío se dirigía hacia el Circo, donde se preparaba el plato fuerte de la fiesta.

El impresionante recinto estaba acostumbrado a cobijar eventos multitudinarios, pero en esta ocasión sus numerosas puertas eran insuficientes para dar rápido y fácil acceso a la densa multitud.

Ruinas actuales del Circo Romano

El espectáculo comienza con un desfile en el que participan todos los aurigas realizando ofrendas a los dioses, pretendiendo tal vez con ello lograr su beneplácito para las carreras. Entre todos los aurigas destacaba el joven Fulvio, cuya fama de invencible sólo era superada por la rapidez con que logró ascender, años atrás, en las legiones del César. Cansado de duras batallas, y licenciado con honores de héroe, había decidido establecerse en la imperial Toletum como profesor de equitación al servicio de Marcia.

Ésta era una joven patricia cuya fama se había extendido por todo el imperio por dos motivos: primero por su belleza sin par, y segundo por la enorme fortuna que había heredado de su padre, entre la que destacaban las cuadras repletas de caballos campeones. Cuando Marcia supo de la presencia de Fulvio en Toletum no dudó en buscarle para ponerle al frente de su cuadra, e incluso le regaló los cuatro espectaculares caballos blancos con los que Fulvio había ganado todas sus carreras.

Mientras los gladiadores se batían en la arena, Fulvio no podía ocultar su nerviosismo, pues en esta carrera se jugaba más de lo habitual. No sólo se había apostado sus caballos y sus escasos bienes, sino también su corazón, porque tras un corto período en las cuadras de Marcia se había enamorado de ella, y esta sólo le aceptaría si lograba vencer en la carrera. El joven auriga no lograba escapar de la presión a la que se encontraba sometido, sobre todo atormentado por el recuerdo de una escena ocurrida la noche anterior en la casa de la joven patricia. El motivo de su tormento fue la presencia esa noche de un antiguo amor de Marcia, que había llegado recientemente desde Roma.

Fulvio era capaz de controlar los caballos más rebeldes, pero era incapaz de controlar su propio corazón, dominado por los celos. A pesar de haber luchado en las más duras batallas no estaba acostumbrado a luchar por el amor de una mujer, por lo que ante ella se mostraba tímido y apocado.

Los más de quince mil espectadores rompieron en ensordecedor estruendo cuando las trompetas anunciaban el inicio de la carrera más importante, y sólo en ese momento logró nuestro joven héroe liberarse de sus atormentadores pensamientos. Todos los competidores se habían alineado en la salida, y el representante de Roma que dirigía los juegos dio la señal de salida. No tardó Fulvio en ponerse a la cabeza con sus cuatro corceles blancos, haciendo una demostración de su superioridad sobre el resto. Sólo habían transcurrido tres vueltas y el resto de cuadrigas se hallaban ya a una distancia considerable. Con poco que mantuviera el ritmo en las cuatro vueltas restantes sería el seguro vencedor de la carrera. Pero he aquí que, facilitado por su gran ventaja, pudo nuestro protagonista dirigir una mirada al palco que ocupaba habitualmente Marcia.

Una nube de ira nubló sus ojos, y un puñal de celos atravesó su corazón, cuando pudo comprobar que Marcia se hallaba acompañada de su antiguo amor, quien le cogía las manos, y sin prestar la más mínima atención a lo que ocurría en la arena. Cegado por la dura escena Fulvio perdió el control de sus caballos, y éstos a punto estuvieron de colisionar con la espiga central. Cuando se reincorporó a la carrera ya le habían sobrepasado media docena de cuadrigas, y difícilmente las hubiese alcanzado si no se hubieran visto envueltas en un accidente que ralentizó su marcha. La fortuna no quiso ser cruel dos veces el mismo día con el desdichado jinete, que logró de nuevo ponerse a la cabeza de la carrera.

Cuando se han cumplido seis vueltas, y sólo queda una para el final, Fulvio va en primer lugar seguido muy de cerca por otros aurigas, pues no logra poner en esta carrera la atención de otras ocasiones. Al llegar a la recta final y al pasar junto al palco de Marcia duda si mirar o no, y cuando se decide a hacerlo sus ojos se humedecen al comprobar que el palco se encuentra vacío, sin la presencia de su amada y el nuevo acompañante.

La carrera termina entre atronadoras ovaciones, y el vencedor es coronado con laurel atravesando la puerta triunfal. Pero esta vez no es Fulvio el coronado. Herido en el alma y hundido ni siquiera ha podido cruzar la meta, y se ha quedado detenido ante el palco de Marcia.

Despechado y arruinado el desdichado Fulvio no sabe que será de él. Ha perdido todo cuanto tenía, incluso después de lo ocurrido no se atrevía a pisar el suelo de la casa de Marcia, y el desengaño amoroso le ha calado tanto que se siente indefenso y sin fuerzas para rehacer su vida. Cabizbajo, abandona el Circo, sin conocer exactamente a donde dirigir sus pasos, lo único que desea es estar sólo para llorar sus penas.

Cuando va a cruzar el río se detiene en el puente, y apoyado en el pretil logra ver su triste reflejo en las cristalinas aguas. Mirando su imagen sobre las ondas de las tranquilas aguas comienza a pensar en lo que el destino le depara. ¿Qué hará ahora?. Sólo sabía manejar caballos, y se vería obligado a trabajar duramente para mantener una vida que no le resultaría agradable. Al contrario; su vida se convertiría en una carga insoportable. ¿No sería mejor acabar con ella?. Angustiado, optó el desdichado auriga por la más amarga decisión, y se subió al pretil dispuesto a poner fin a su vida en el fondo de las apacibles aguas. Pero he aquí que cuando tomaba impulso para saltar al caudaloso Tajo unas manos tiraron firmemente de él arrojándole al pavimento del puente.

Encorajinado se revolvió Fulvio, encontrándose cara a cara con un anciano, quien hubiera recibido su merecido del fracasado suicida a no ser por su avanzada edad. Enojado, le increpó:

-¿Por qué me entorpeces?. ¿Quién te has creído para entrometerte en asuntos ajenos?.

A lo que respondió prudentemente el anciano:

¿Acaso no es lícito detener al demente antes de que cometa desatinos?.

¡Yo no estoy loco! –respondió Fulvio-. He perdido todo cuanto tenía. Todo menos la vida. Y como a mí me pertenece, y no la deseo… ¡He decidido prescindir de ella!.

Está claro que sí estás loco –insistió el anciano-. ¿Acaso puedes demostrarme que tu vida te pertenece?. ¿Cuándo la has ganado o dónde la has comprado?. Mereces compasión y desprecio por tu cobardía.

Fulvio inclinó avergonzado la cabeza, pero pronto reaccionó dando un fuerte puñetazo en el pretil y exclamando:

Tú lo has dicho, soy un cobarde. No sé soportar la humillación de la derrota, y el único premio o castigo a mi falta de hombría será arrebatarme la vida a mí mismo. Pero he de advertirte que la única culpable de todos mis males es una mujer.

Si fueses honesto no culparías a nadie de tus males. Y si cometes la locura que tramas sólo servirá para que esa mujer se mofe de ti, creyéndose imprescindible para tu vida.

Esa mujer ha arruinado mi corazón, y las apuestas me han despojado de mi fortuna. Ya no me quedan fuerzas para rehacer ésta, y mucho menos ánimos para curar aquel.

Hablas como un chiquillo mimado. ¿No sabes que el mejor acero se fortalece a base de golpes, llegando a tener incluso mejor temple que el martillo que le golpeó?. Aprovechando el lugar donde nos encontramos voy a contarte la leyenda del río que corre bajo nuestros pies.

El anciano se recostó sobre el pretil, y comenzó su historia:

Hace millones de años nació en las altas montañas un torrente caudaloso que comenzó a trazar el camino de su existencia por los más dulces valles. Cruzaba con ambición extensas tierras tomando las aguas de cuantos arroyos encontraba a su paso. Pero cierto día una montaña se interpuso en su camino y ofendió su orgullo llamándole esclavo de los valles. El río quiso vengarse, y arremetiendo contra la montaña sólo pudo deshacerse en espumas mientras la roca se mofaba de él. Pero el río no cesó en su empeño. Rehizo sus fuerzas acumulando energía y arremetió violentamente contra su adversario. La colisión fue titánica y un potente estruendo pudo oírse en varias leguas a la redonda. La fuerza de las aguas era mayor que la de los truenos, y se oyó un grito de dolor lanzado por la montaña, mientras el río se apoderaba del peñón donde hoy se alza Toletum. En recuerdo de aquella hazaña el río recibió el nombre de Tajo, fortaleciendo con su espíritu las espadas que en él se bañan para recibir temple.

El anciano calló un instante, como queriendo extraer conclusiones a su propia historia, y al instante continuó, diciendo:

¿Por qué no sigues el ejemplo del río?. Has perdido esta carrera, pero eres insultantemente joven y te quedan muchas carreras en tu vida para poder ganar.

Tienes razón, desconocido amigo –recapacitó Fulvio-. Aún soy demasiado joven y me queda toda la vida por delante. Pero, ¿dónde?. No poseo nada, y sólo podré subsistir si me vendo como esclavo o pido limosna. Pero mi orgullo no acepta esto.

No es preciso que llegues hasta tal punto –le respondió el vetusto desconocido-. Cerca de aquí está la posada donde me albergo. Allí están las caballerías con las que comercio, y al amanecer partimos para Emérita Augusta. ¡Vente con nosotros!. Allí puedes recobrar tu fortuna corriendo en el Circo con mis caballos. ¡Ánimo, decídete!.

Fulvio miró por última vez las brillantes aguas del Tajo y se alejó del pretil. Después se colocó bien la arrugada toga y comenzó a caminar hacia la posada abrazado a su nuevo amigo.

Los sonoros pasos de los caminantes se fueron apagando lentamente, y cuando la silueta de ambos se perdió en el horizonte quedó solo el murmullo amenazante del río, surcando la sima que abrió muchos años atrás.

Sobre relato de: Delgado, Antonio: Leyendas de la ciudad del Tajo. Gómez Menor. Toledo, 1946.

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