Sancho de Castilla y Sandoval, hijo de Pedro I “El Cruel”, tenía apenas siete años cuando murió en la fortaleza de Toro (Zamora) a la corta edad de siete años. No estaba claro el motivo de su muerte, aunque siempre se barajó que fue envenenado por Enrique de Trastámara, hermanastro de su padre y a quien asesinó para arrebatarle su trono. Viendo en el pequeño un posible obstáculo para la sucesión pudo acabar con su vida, a pesar de que el pequeño Sancho no era el primogénito de su padre.

Los restos del malogrado Infante fueron trasladados al Monasterio de Santo Domingo el Real por orden de su hermanastra, María de Castilla, que también era priora de este toledano convento. Y allí permanecieron intactos los restos del niño hasta el año 2004, cuando fue descubierto casualmente en una remodelación del altar. Sin embargo hubo que esperar hasta el 2006, cuando el retablo donde estaba enterrado fue restaurado, y la circunstancia, con la autorización de las religiosas que actualmente se encargan del convento, fue aprovechada por un equipo multidisciplinar de investigadores para estudiar sus restos mortales e intentar averiguar el verdadero motivo de su fallecimiento.

sanchito

En este estudio, coordinado por el director del Laboratorio de Antropología Física de la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada, Miguel Botella, participaron también especialistas del Hospital Clínico de Barcelona, el Servicio de Salud de Castilla la mancha, la Universidad de Granada, la Universidad de Alcalá de Henares, y la Dirección General de la Policía Científica de Madrid.

Lo primero que llamó la atención fue el buen estado de conservación de los restos del Infante, que por las condiciones de clima y humedad estaba momificado. Esto permitió que pudiera realizarse una biopsia de los restos de tejido que aún se conservaban, como el corazón y los pulmones, con métodos poco agresivos para respetar al máximo la integridad de los restos. Además se realizó un TAC en el Hospital Virgen de la Salud de Toledo, a cargo de los doctores José María Pinto y Cristina Romero, que descartó que la muerte de Sancho fuera consecuencia de algún trauma o golpe violento.

Un estudio toxicológico completo, junto a pruebas de microscopia electrónica, descartaron la presencia en sus tejidos blandos de venenos habituales como el cianuro, o de metales pesados como el plomo o el mercurio. Sí que encontraron algún resto de arsénico en su cabello, pero era práctica habitual en su época utilizarlo para embalsamar el cadáver. Por eso se concluyó que la teoría del asesinato por envenenamiento debía descartarse por completo.

Las pruebas en cambio si que detectaron cierta inflamación pulmonar, posiblemente debido a algún proceso inflamatorio de tipo hemorrágico. Todo ello hace pensar que el hijo de Pedro I falleció de forma natural, posiblemente por una neumonía.

Tras hacer la investigación, los restos de Sanchito (como cariñosamente se refieren a él las religiosas), fueron depositados de nuevo en su lugar del hueco del retablo para continuar su descanso eterno. Allí descansa, con vestiduras de monaguillo, bien cuidado por las religiosas de Santo Domingo el Real.

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